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Provoca la exposición de Miguel Ángel y Leonardo da Vinci largas filas en Bellas Artes

La hilera para el acceso de estudiantes rodeaba el Palacio sobre Eje Central hasta llegar a Avenida Hidalgo. La de adultos mayores terminaba en Avenida Juárez y más allá, la del público en general sobre la explanada del Museo

 

Jorge Ricardo / Agencia Reforma

Ciudad de México

El primer día de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel en el Palacio de Bellas Artes, Esteban Núñez se despertó a las 5 de la mañana.
“Me imaginé que iba a haber muchísima gente desde el primer día y como yo vivo en la Colonia Renacimiento de Aragón, le pedí posada a un amigo que vive por Metro Cuauhtémoc, así que fui el primero, estaba oscuro y no había nadie”.
Hablaba, sonriente, parado al frente de la fila de estudiantes con un suéter de lana y una chalina en el cuello. Tiene 31 años, es traductor de cómics del japonés al español y no creía que vería obras de hace más de cinco siglos, directo del renacimiento italiano.
“Es impactante”, decía cerca de las 10 horas, cuando la fila para el acceso de estudiantes rodeaba el Palacio sobre Eje Central hasta llegar a Avenida Hidalgo. Otra fila para adultos mayores terminaba en Avenida Juárez y más allá, la hilera del público en general sobre la explanada del Museo.
Las exposiciones Leonardo da Vinci y la idea de la belleza y Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos estaban a punto de abrir. Empleados del museo informaban el costo de 49 pesos al público en general, gratis para estudiantes y adultos mayores con credencial.
“Pero con credencial vi-gen-te”, advertía Alma Bucio, una “mediadora” con playera anaranjada. “Deben de venir con tiempo, no es que diga, llegamos y a la media hora ya entramos, pues no, se les da su boleto y un ticket con la hora a la que podrán pasar”.
El público, lo mismo estudiantes de arquitectura de Puebla que vinieron especialmente a ver las piezas, que el señor Dionicio Perea, un pensionado, que se enteró en la televisión que estas muestras romperán récord y se vino a asomar, no parecían sufrir demasiado. Es el primer día, festejaban todos.
¿Da Vinci o Miguel Ángel? Ni uno ni el otro, los dos, decían aunque media decena de personas hablan con reverencia de “El documento” o “El Códice”, es decir, aquellos folios amarillentos, casi cafés, de 510 años –El códice del vuelo de las aves– donde Da Vinci planeó mediante descripciones y diagramas una posibilidad para que el ser humano tomara vuelo.
Detrás de Esteban Núñez, Mauricio y Yazmín decían que esta iba a ser su oportunidad para mirar La Piedad, una obra de Miguel Ángel, aunque en su versión de réplica. “Pero es una réplica que nosotros vimos en el Vaticano”, decía ella.
“Lo malo es que allá la vimos como a tres metros de distancia, ojalá que aquí la podamos ver de cerquitas, o si no, al menos que podamos darle la vuelta”, decía Mauricio.
Un museógrafo del INBA, bloqueando todavía la puerta, decía que es necesario solicitar por medio de estas líneas algo de apoyo: “Por favor, no traigan mochilas ni bolsas y, si pueden, tampoco traigan carreolas para agilizar el paso”.
Después se abrieron las puertas y las filas pasaron a ocupar el vestíbulo del Palacio. A las 10:13 ya se habían agotado los tickets de las 10 y de las 10:30 y se estaban entregando los de las 11 horas.
Una jovencita, estudiante de arquitectura que hace su servicio como mediadora también, estaba emocionada porque las autoridades del museo les dijeron que si hay tiempo los dejarán pasar a ver a las salas.
Mientras tanto, iba de aquí para allá dando indicaciones, preguntando qué buscaban, cuál horario y si ya traían el boleto. Entraba un grupo de 57 personas de Mexicali cuya agencia de viajes les ofreció entrar a primera hora a esta expo, entraban jubilados, estudiantes, desvelados, arquitectos, aunque sin llegar a verse aún el tumulto de ayer en la inauguración.
La muestra de Da Vinci cerrará el 23 de agosto; la de Miguel Ángel, el 27 de septiembre. El horario del museo es de martes a domingo de 10 a 18 horas. Al fondo del vestíbulo, en la pared, dos obras de Da Vinci y Miguel Ángel, casi se toca, en México cinco siglos después.

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