Anituy Rebolledoo Ayerdi
El avión que cayó al mar
Para don Pablo Sandoval Cruz, un guerrerense que ha hecho de la lucha social una vocación de vida
Acapulco insular
A partir de que Acapulco queda comunicado con el exterior por la carretera nacional México-Acapulco, dejando atrás su condición insular de varios siglos, su conexión aérea con el mundo será relativamente rápida y eficaz.
Transcurridos dos años de la apertura de la Ruta 95, empiezan a llegar al puerto ligeras avionetas tripuladas por los precursores de la aviación mexicana. Rafael Chante Obregón Santacilia, bisnieto de don Benito Juárez, será el primero. Le seguirán Francisco Sarabia, Julio Zínser, Franz Bieler y Carlos Panini.
Las primeras apariciones de un aparato volador en la Bocana, para una vuelta rigurosa a la bahía antes de posarse en tierra, provocará reacciones diversas entre los habitantes del puerto, comprensivas frente a un suceso inédito. Mientras las beatas, por ejemplo, corrían al templo creyendo cercano el fin del mundo, la chiquillería se lanzaba alharaquienta a las calles en un vano intento por “alcanzar” el ruidoso artefacto. Este desaparecía pronto de la vista de todos enfilándose hacia la playa de Hornos, donde bajaba dando tumbos.
Un auténtico boom aéreo detona en el mundo la fabricación en serie del Ford Trimotor (1925), cuyo hito histórico se escribirá en 1927 con el vuelo trasatlántico del Espíritu de San Luis. Tripulado por Charles Lindbergh cubrirá en 33 horas la distancia entre Nueva York y París.
México no se queda atrás en la búsqueda de marcas aéreas, aunque a veces con desenlaces fatales. Como el del coronel Pablo Sidar y su copiloto Carlos Rovirosa, muertos el 11 de mayo de 1930 al intentar un vuelo sin escalas entre México y Argentina. Tripulaban el Ejército Mexicano, un biplano Douglas 038, desplomado en suelo costarricense.
El aviador mexicano Roberto Fierro dedicará a los caídos en Costa Rica su hazaña aérea del 21 de julio de 1933. Volará de Nueva York a México en 16 horas con 30 minutos, haciendo trizas el record impuesto por Amelia Earhart, la célebre aviadora estadunidense. Fierro se desempeñará hasta en tres ocasiones como comandante de la Fuerza Aérea Mexicana.
Sarabia
Francisco Sarabia, aviador duranguense con grandes afectos en Acapulco, pulverizará nueve años más tarde la marca del general Roberto Fierro. Consumirá 10 horas con 47 minutos y 5 segundos entre México y Nueva York, siendo el primer mexicano aclamado por la Gran Manzana. Ya de regreso, imaginando seguramente el recibimiento de héroe que le esperaba en su patria, Sarabia pierde el control del Conquistador del cielo. El motor enmudece produciéndose la picada sobre la ciudad de Washington, cayendo cerca del río Potomac.
Las rutas
La aviación civil mexicana, iniciada por Alberto Braniff en 1910, tendrá en la década de los años 30 un desarrollo espectacular. Aeronaves de México vuela por primera vez a Acapulco en 1934 y Mexicana de Aviación operará la ruta 10 años más tarde con aviones de 12 asientos. Ya para 1936 operarán en el país hasta 12 empresa aéreas.
Las rutas aéreas del sur fueron cubiertas por la empresa Transportes Aéreos del Pacífico (Oaxaca-Pinotepa-Ometepec-Tututepec-Pochiutla-Acapulco y Acapulco-Ayutla-San Luis Acatlán-Ometepec) y Servicios Aéreos Panini (México-Arcelia-Pungarabato-Huetamo-Morelia-Huamuxtitlán-Tlapa-Cuajinicuilapa-Ometepec). El piloto Alfredo Zárate Leyva volaba su aparato entre Acapulco y Petatlán.
Sólo en 1957, cuando Western Airlines inaugura su vuelo Los Ángeles-Acapulco, el aeropuerto de Plan de los Amates es objeto de algunas mejoras. Casi 10 años más tarde se inaugura la nueva terminal con su pista de tres kilómetros. Entonces recibirá una treintena de vuelos internacionales por temporada, incluso de la lejana Australia a través de su línea Quantas. Todavía en 1974 (20 de octubre) bajará en esa pista, ante la expectación general, el Concorde, el avión supersónico franco-inglés ya difunto. Pista que hoy usan únicamente zanates, chicurros y uno que otro zopilote despistado.
El aterrizaje
Para abrir y acondicionar el primer campo aéreo de Acapulco, en 1930, se cuenta con la participación de los soldados del 11 Batallón de Zapadores al mando del general Jesús Beltrán. Trabajan en duras jornadas sobre el predio donde hoy se ubica el Auto Hotel Ritz, entre el parque Papagayo y la Gran Plaza. La pista –vil terracería–, es inaugurada con toda la pompa y circunstancia por el alcalde Nicolás Reyes (marzo de 1931), figurando como invitados de honor los pilotos Obregón, Zínser y Sarabia. Una enramada albergará las oficinas administrativas y la sala de espera, a cargo las primeras del joven José Pepe Villalvazo.
El necesario aeropuerto para Acapulco, obligado por la modernidad y el impulso turístico, se inaugura en Pie de la Cuesta el 11 de junio de 1946. Refiere el cronista Carlos E. Adame que comenzaba en la laguna de Coyuca de Benítez y terminaba en la playa con su pista asfaltada, hangar y oficinas modestas.
La novísima terminal aérea determinará la apertura de nuevas rutas terrestres y entre ellas la camionera “Pasito-Parque Cachú-Mozimba-Campo Aéreo” y la de “Transportes de lujo al Aeropuerto”. Integraban esta última, con cinco “fordcitos” del año, Rafael Camacho, Jesús Hernández, Raúl Walton, José Villalvazo, Leobardo Cano, José María Dávila, Fructuoso Román y Ramiro Sosa, entre otros. El viaje costaba 10 pesos.
La tragedia
Aquél 9 de septiembre de 1939 diluvia en Acapulco. El temporal azota al puerto desde varios días atrás. Es el clásico tapaquiahue o lluvias ininterrumpidas hasta por cuatro semanas. La bahía permanece cerrada por un gruesa cortina de agua y opacos telones de bruma.
El rugido de una avioneta reclamando pista libre sorprende al vigilante del campo aéreo en plena faena: “Petateando con la ñora”, según sus propias palabras. Lo menos que pudo imaginar el hombre fue que con aquél tiempo de perros pudiera llegar algún aparato. ¡Chingadamadre! Abandona refunfuñando la enramada y corre mientras se abotona los calzones para descubrir el campo invadido por animales.
–¡Vaca, vaca, vaca! ¡Arre caballo, úchale burrito! El vigilante hace aspavientos y se desgañita frente a la soberana indiferencia de los rumiantes. Entonces maldecirá haber agotado la dotación de su máuser tirando al blanco. ¡Chingadamadre!
Soldado de primera perteneciente al 32 Batallón de Infantería, Antonio Pérez Martínez tenía, entre otras encomiendas relacionadas con la seguridad del campo aéreo, la de ahuyentar al ganado acostumbrado a pastar en aquella alfombra verde.
–¡Y es que nadie me avisó, cabrones! –reprocha.
La avioneta regresa luego de sobrevolar la ciudad. Toma la Bocana como eje para perfilarse de nuevo sobre el campo de Hornos. Casi roza los lomos de los semovientes en un vano intento por asustarlos. El soldado Pérez tendrá que lanzarse pecho tierra y consumir una buena ración de lodo.
Hay un nuevo intento de acercarse a la pista sólo que ahora el aparato empieza a toser y a perder altura. Lame de plano el oleaje encrespado. Resultará inútil el intento desesperado del piloto por elevarlo. Seco y macizo sonará la panza de la avioneta al golpear sobre la granítica superficie marina.
El rescate
–¡Ya me cargó la chingada! –aulla el soldado Pérez al tiempo de emprender la huida.
–¡Córrele, vieja, porque de por sí me van a echar la culpa!
Carmen Razo, altiva morena azoyuteca, conserva la calma para contener con energía la desazón de su compañero, a quien le ordena con energía:
–¡Tú ayuda a los del avión, yo voy a dar aviso al puerto!
Frenada su huida, Antonio Pérez se lanza al mar y nada hasta donde la nave flota precariamente. Su primera acción será destrabar la puerta atorada, ayudado desde adentro por Ramón Zúñiga, ayudante del piloto Alfredo Zalce Leyva. Éste será el primero en salir con la cara cubierta de sangre urgiendo a gritos:
–¡Todos fuera, todos fuera, rápido, rápido o esta chingadera se hunde!
Muy pronto llegarán marinos de la Base Naval para auxiliar a Pérez en el rescate de las víctimas. Los lesionados serán llevados al hospital naval a bordo de una lancha rápida. El Balandro S-1 transportará los cadáveres hasta el malecón, de donde serán llevados al anfiteatro del Hospital Civil Morelos.
Para entonces, todo Acapulco ha invadido la playa a partir del fuerte de San Diego y hasta la playa de Hornos. Y es auténticamente todo Acapulco soportando angustiado la incesante ventisca. La tragedia cala hondo en los porteños y no se harán esperar los actos de emocionada solidaridad.
Chabe Batani
Conmueve particularmente a los acapulqueños el deceso del comerciante Odilón Espino Ramos y de su hija Natividad. Venían de Petatlán para adquirir aquí, en Los Precios de México, el vestido que ella luciría en su fiesta de 15 años una semana más tarde. La tercera víctima mortal será Gregorio Reynoso, sub recaudador de Rentas de Tecpan de Galeana.
En un drástico contraste, la sociedad local festejará la sobrevivencia milagrosa de la señorita Isabel Batani Sotelo, perteneciente a una familia prócer del puerto, a la que se dedicarán diversas acciones de gracias en el templo de N.S. de la Soledad. Doña Chabe formará más tarde una sólida familia con Gildardo Salas, simpático personaje acapulqueño conocido popularmente como El marqués de Llano Largo.
También supervivientes, los petatlecos doctor Carlos García Méndez y Emilio Solís, el piloto y dueño del aparato Alfredo Zárate y su ayudante Ramoncito Zúñiga.
La tragedia opacará aquél 9 de septiembre de 1939 el lanzamiento del semanario Trópico, cuyos reporteros ofrecerán en su número siguiente la mejor crónica del suceso.
–¡Pa’ los pendejos! –estalla el soldado Pérez Martínez a bordo de un camión de pasajeros con destino a la ciudad de México. Seguro que si me quedo me van a echar la culpa, me van a querer cobrar la avioneta y hasta consejo de guerra me van a formar…
–A’i luego te escribo, Carmen –su último grito.




