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Silvestre Pacheco Léon

GUERREROS SIN REPOSO

Doña Estela Salmerón, la hija del fotógrafo de Zapata,
en su cotidianidad en Chilpancingo

“Recuerdo que cuando le presenté a mi papá la primera fotografía que iluminé, la miró y me dijo: ¡Este es un Juan Colorado!”.
“Como se dio cuenta que me quedé desconsolada por las palabras que me dijo, mi padre buscó inmediatamente la manera de remediarlo, y entonces me explicó que debería fijarme en los atardeceres, para descubrir la manera como los colores intensos contrastan con los tenues. No eran lo mismo el resplandor de los rayos del sol, que la luz de las estrellas, dijo convenciéndome”.
“Y es que a la muchacha de la foto yo le había pintado su vestido color de rosa, y sus labios rojos. Era mucho color, después me di cuenta”.
Doña Estela Salmerón pertenece a la dinastía de los fotógrafos guerrerenses que dan fama al estado. Nació en la capital Chilpancingo, en la calle Zaragoza.
Tiene 74 años y vive ahora ocupada ayudándole a su hija menor en la atención de su pequeña miscelánea, en una de las calles del centro de la capital.
Me propuse conocerla a raíz de una entrevista que le hicieron para la televisión local en la que resaltó su papel de fotógrafa, oficio que aprendió desde su niñez y culminó al frente de uno de los dos estudios más concurridos de la capital, durante toda la década de los 1980.
Cuando por fin localizamos su casa nos atendió Ceci, la hija menor, quien como se acostumbraba en las viejas familias, se quedó a vivir con la mamá, y se llevan como dos buenas amigas.
Doña Estela, sorprendida ante la propuesta de entrevistarla, nos habló de sus antecedentes familiares, resaltando la contribución de su padre, don Armando Salmerón Moctezuma, al desarrollo de la fotografía, y de la relación que estableció con don Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur, quien le solicitó que fuera su fotógrafo oficial.
Después de esa breve plática aceptó la entrevista, citándonos para la tarde del otro día en que la encontramos más guapa y alegre, un tanto nerviosa porque le dijimos que le tomaríamos algunas fotos.
“Le van a dar machetazo al caballo de espadas”, nos dijo bromeando con aquello de que la fotógrafa sería fotografiada.
Para la entrevista nos atendió en la parte alta de su casa, para mayor privacidad, donde vive rodeada de fotografías familiares y de las que han dado renombre a la familia como la que su padre hizo del general Emiliano Zapata, en la toma de Chilapa por parte del Ejército Libertador del Sur.

Una mujer a la altura de su estirpe

A la mano tenía algunos reconocimientos que le ha hecho la Universidad Autónoma de Guerrero y mostraba orgullosa el libro que ha recogido lo más valioso del archivo fotográfico familiar, Los Salmerón, un siglo de fotografía en Guerrero, obra de los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Blanca Jiménez y Samuel Villela, editado en 1998.
Doña Estela luce atractiva. Es una mujer guapa y de envidiable salud. Sólo toma pastillas para el control de su presión. Sale poco a la calle porque al paso de los años se le ha agudizado el problema de una lesión de cadera provocado por el golpe que recibió de una camioneta manejada sin precaución, al cruzar la calle Alemán, frente al cine Colonial. Desde entonces usa bastón para apoyarse al caminar.
Nos contó que desde los ocho años se aficionó a la fotografía, y eran, junto con su padre, los dos únicos miembros de la familia que tenían acceso al “cuarto oscuro”, o laboratorio fotográfico, donde trabajaban el revelado de las fotos. “El cuarto oscuro era el lugar de trabajo al que sólo mi papá y yo podíamos entrar”, dice doña Estela orgullosa, quien también recuerda que en aquella época todo el trabajo de revelado se hacía manualmente y la oscuridad total en el cuarto era necesaria.
Cuando le pregunto porqué dejó la fotografía, hace un gesto como de molestia y nos dice que hablar de eso es para ella desagradable porque no lo hizo por su voluntad, sino que fue víctima de la envidia. Casi intempestivamente tuvo que dejar el local que ocupaba a un costado del antiguo Palacio de Gobierno, porque la casa cambió de dueño. Dice que la encargada de cobrar la renta le ocultó que la dueña estaban vendiendo el inmueble y que como inquilina ella fue la última en ser notificada de que debía dejar el local, con la amenaza de que echarían sus enseres a la calle.
Eso fue una decepción para doña Estela, porque dice que sentía que no hacía mal a nadie y que de haber sabido que la casa que ocupaba con su estudio fotográfico se vendía, quizá hubiera podido comprarla.
A raíz de esa mala experiencia dice que se dio cuenta del valor que tiene la amistad porque cuando iba llorando por la calle con la amenaza del desalojo, uno de sus vecinos que pertenecía al grupo de cristianos que ella misma dirigía, la consoló y le ayudó a buscar solución a su problema.
Cuenta doña Estela que en ese mismo rato supo que la casa donde ahora vive se ofrecía en renta, con tan buena suerte que la dueña resultó ser una de sus comadres y amiga de su mamá, de tal manera que se cambió inmediatamente y tuvo por fin el estudio fotográfico en su propia casa, porque terminó comprando la propiedad.
Sin embargo y quizá sin saberlo, cuando doña Estela mudó su dirección, la fotografía estaba viviendo una nueva etapa al incorporar los adelantos tecnológicos que dejaron obsoleto el trabajo manual. Apareció el rollo fotográfico, luego la fotografía instantánea y finalmente la digital, avances que requerían también de nuevos valores, porque los hijos de doña Estela siguieron otros derroteros en sus vidas.
Nacida en 1937, la primera fotógrafa en el estado vive intensamente los recuerdos que la plática desgrana. Su casa en la calle Zaragoza es una exposición de fotografías entre las que sobresale la del general Emiliano Zapata, en traje de charro, montando su caballo alazán.
La historia de esta mujer guerrerense de 74 años, cuya familia es originaria de Chilapa, resulta singular, porque siendo quizá la única en el estado que desde niña se aficionó y aprendió el arte de la fotografía, con posibilidades para construirse un futuro intelectual y social destacado, se casó temprana e inesperadamente. Apenas había cumplido sus quince años y vivido la fiesta acostumbrada para su edad, cuando su pretendiente se la robó.
“Mi marido era mucho mayor que yo. Se llamó Felipe Gómez Meza. Él tenía 21 años. Era sobrino de don Alejandro Gómez Maganda, quien fue gobernador del estado, nacido en San Jerónimo, en la Costa Grande, y estudiaba en Chilpancingo la preparatoria, mientras yo todavía no terminaba la primaria”.
Cuando le pregunto los pormenores de ese hecho que marcó su vida, me cuenta: “Lo conocí en mi fiesta de cumpleaños. Alguien lo invitó porque antes yo ni lo había visto, pero desde entonces ya no me soltó”, dice riendo, y prosigue: “Hasta dejé de salir a la calle porque le tenía miedo. Me robó con todo y libros”, nos cuenta.
“Una tarde nos encontramos cerca de la plaza cuando venía yo de mi clase de piano. Me dijo que no le tuviera miedo, que me invitaba a tomar un refresco y que platicaríamos un rato, antes de regresar a mi casa, pero ya llevaba su plan y venía con él un señor moreno de la Costa, a quien odié muchos años, porque le ayudó a llevarme en un coche que contrataron aquí mismo”, dice evocando sus recuerdos.
Después no sólo se casaron, sino que vivieron felices algunos años en la costa con la familia de su marido a quien aprecia y recuerda porque la quisieron siempre. “Siempre me reciben con mucho cariño y siguen visitándome”.

Una empresaria en época de machos

Luego de un breve tiempo en que se fueron a vivir al puerto de Acapulco, cuenta doña Estela que allí aprendió también la técnica del óleo en el estudio fotográfico Ayerdi, que era propiedad de su tía.
Cuando estuvo de regreso en Chilpancingo, ya con el dominio de las técnicas modernas de la fotografía que aprendió en Acapulco, su marido no sólo le permitió trabajar, sino que le montó su propio estudio, que competía con el de su hermana Evita, ambos en el centro de la ciudad. “Mi marido no sólo me dio permiso de trabajar

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