Silvestre Pacheco León
RE-CUENTOS
*El toro de Mezcaltepec
En la campaña electoral por la conquista del municipio de Quechultenango en 1986, nos tocó recorrer la ruta del noreste que implicaba subir el cerro más alto de la cañada con dirección al volcán negro.
Salimos muy de mañana rumbo al pueblo de Mezcaltepec, asentado junto a una barranca en el pliegue de la ladera, casi en la cima del cerro.
Como su nombre lo indica, Mezcaltepec es un cerro cubierto de magueyes que se aprovechan para la fabricación del mezcal.
La fama de este pueblo se la da una familia de albinos muy conocida en la cabecera. Los Güeros, les dicen en la región a los hermanos Emigdio y Teodoro, dedicados a la fabricación del mezcal y también a su comercialización.
Los Güeros son también los líderes locales, quizá los primeros que se inclinaron hacia la izquierda, mucho antes que apareciera como opción electoral.
En los tiempos de Lucio Cabañas, se intentó crear en esa zona un núcleo guerrillero que no prosperó por falta de continuidad en el trabajo de los contactos.
Ahora le daríamos opciones a la gente para la política de tipo legal y partidista, con miras a fortalecer su industria, reconociéndola con el valor que tiene para ayudarla a salir de la marginación.
Mezcaltepec era de los pocos pueblos en aquella época que contaban con el servicio de una brecha que les servía para subir el fertilizante, y en esta ocasión nos sirvió para trasladarnos en camioneta.
La recepción que nos dieron fue muy emotiva y con abundante mezcal. En realidad nuestra visita fue para recibir la noticia de que en asamblea habían acordado votar por la oposición, y que se mantendrían en esa postura a pesar de las amenazas del PRI- gobierno porque, “al fin y al cabo, nada recibimos ni esperamos de él”
Nosotros, en cambio, hablamos de esa transición pacífica a la democracia que era necesario construir en el país para la incorporación al desarrollo de todos los pueblos olvidados.
Las armas y la violencia son opciones que debemos alejar de nuestra práctica, y en adelante debe ser la vía democrática la que nos ocupe, les dijimos.
Después de la plática vino el convivio, donde nuevamente lo que más abundó fue el mezcal.
En la euforia por los tragos, llegó hasta nosotros la invitación para salir de la comisaría hasta el corral de la milpa crecida donde muchos niños miraban interesados lo que ocurría o estaba a punto de ocurrir.
Para ponernos al tanto de los hechos, nos dijeron que Mateo, el muchacho sin sombrero que en esos momento labraba un leño en la sombra de un guamúchil, se enfrentaría a un toro bravo que estaba haciendo perjuicio desde el día anterior en la milpa que teníamos enfrente.
El toro, que era un animal conocido por su bravura, se había metido al corral de siembra saltando la cerca, y nadie había podido sacarlo, a pesar de varios intentos. El animal se había hecho dueño de la situación y comía a su antojo la mazorca propiedad de Sofonías, un hombre parsimonioso de ojos grandes e inexpresivos.
El dueño del corral, afligido por la situación, no hallaba la manera de salvar su cosecha, hasta que le contó el problema a Mateo, el joven que vivía en la otra orilla del pueblo y que muy a la mano pasaba por el lugar cuando iba de cacería.
–Si me das de regalo un litro de mezcal, yo te resuelvo el problema, le dijo a Sofonías, quien dudando del poder de Mateo le respondió que le daría dos litros, no uno, si lograba sacar al toro del corral.
El compromiso pronto se conoció en todo el pueblo, y cual más se acercó al lugar para mirar el papel de Mateo, quien luego de echarle un ojo al toro buscó un leño lo bastante fuerte y manuable, como del tamaño de su brazo pero más grueso y resistente.
Los conocedores dicen que, a propósito Mateo buscó un leño de Tepeguaje, madera conocida por su dureza y resistencia, que sólo se raja con hacha.
Con el leño en la mano, sin sombrero, Mateo que era un hombre de estatura regular y de cuerpo correoso, se metió al corral un poco lejos del toro y caminó hacia él con gesto decidido.
La gente que se había reunido alrededor del corral se mostraba nerviosa esperando la reacción del toro al darse cuenta de que alguien lo retaba.
Y ese momento no tardó, pues el toro volteó hacia el hombre emprendiendo instintivamente la embestida.
Mateo disimuló su miedo lanzando una mala palabra al toro bravo que caminaba decidido hasta encontrarlo. Iba con el hocico casi rosando el suelo y un bramido que espantaba. Su cuerpo era una mole de músculos con sus grandes cuernos por delante, puestos para embestir.
El animal negro u osco, como le dicen a los toros negros, tenía unos hermosos cuernos, redondos, que casi formaban un círculo. En las puntas remataban con un color más intenso, como el clásico del carey.
Quizá no era tan hermoso como el mitológico toro de Creta capturado por Hércules, pero quien se veía como Teseo, el ateniense que luchó contra el toro en las llanuras de Maratón, era Mateo, con el leño en la diestra en vez de la espada que usó el héroe de Atenas.
En cuanto el toro estuvo a la distancia para embestir y cornear a Mateo, éste lo esperó erguido, con un pie delante del otro y con la mano derecha sosteniendo el leño cuyo extremo descansaba en su hombro, como lo hacen los beisbolistas cuando van a batear.
Fue un golpe seco el que se escuchó cuando el leño se encontró con el hocico del animal, luego fue otro y otro y otro leñazo, que el toro embravecido resistió haciéndose unos pasos para atrás tomando impulso para una nueva embestida, pero Mateo lo había seguido, como le hacen los boxeadores cuando quieren tener al alcance de su mano al contrincante.
Fue un segundo embate sin tregua con el leño que pegaba en el hocico y en la frente del animal, hasta que la rudeza de los golpes lo hizo recular, y finalmente emprender la huida.
Entonces algunas gentes tomaron la iniciativa y persiguieron al toro a pedradas hasta que lograron que saltara la cerca y huyera para el monte.
El héroe vencedor fue vitoreado por toda la concurrencia, y en cuanto recibió su premio se dispuso a compartirlo, mientras nosotros nos alegrábamos de haber sido testigos de esa acción de arrojo y temeridad.
La otra sorpresa que nos tenía reservada la gira la vivimos en seguida: a la hora de despedirnos para continuar al siguiente pueblo que se encuentra en el mismo filo del cerro y se llama Aztatepec, miramos que nadie se quedaba, y que todos los habitantes que participaron en la reunión continuaban con nosotros acompañándonos bajo los frondoso árboles de ocote.
Entre nuestros acompañantes, sobresalía un grupo compacto de hombres armados que se desplegaron a la vanguardia en ambos lados del camino.
Ninguno de nosotros dijo nada hasta que casi llegando a Aztatepec nos encontramos con otro grupo igual, que iba a nuestro encuentro.
Ahí en el camino, en una ceremonia a la que no estábamos acostumbrados, el comisario de Mezcaltepec saludó a su par de Aztatepec y le dijo que entregaba nuestra seguridad en sus manos para que en adelante se responsabilizaran de llevarnos sanos y salvos hasta el siguiente pueblo.




