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Eduardo Pérez Haro

De elecciones y lecciones (II)

Para Juan Angulo.

Las elecciones federales revelan una merma de votos adherentes para los partidos tradicionales y más grandes, fundamentalmente el PRI y el PAN, pero en la política de control pagado (económica y políticamente) que tiene el PRI sobre el PVEM, Nueva Alianza (tras el despojo que le hiciera a la maestra Elba Esther como episodio constitutivo de la reforma educativa), y ahora Encuentro Social (ambos institutos creados indebidamente bajo controles corporativos de maestros normalistas y creyentes presbiterianos, respectivamente), el régimen obtiene lo necesario para asegurar el control formal del espacio legislativo para lo que le haga falta o para lo que se le dé la gana.
Así, pareciera que las cosas quedan igual que antes, pero no es de ese modo necesariamente, pues en el principio del régimen había una aspiración de hacer reformas estructurales aunque fueran para consolidar únicamente a las grandes empresas en el negocio y alcanzar el refrendo transexsenal del partido gobernante, pero tras la debacle petrolera, de la credibilidad institucional y del propio Presidente, no les queda más que rematar lo que se pueda y apretar controles “llueva o truene”, con lo que se prefigura un intento desesperado que puede ser muy costoso, i) para las sociedades de base y los movimientos sociales, ii) para la posibilidad de construcción de la democracia y, iii) para la historia, pues la profundización de la subordinación y el atraso nacionales se tornan inevitables, y no resultan un costo menor en la estructura, en la coyuntura y en el tiempo por venir.
Para el PRI sólo las rivalidades y rebatingas de grupos peores y más peores (Miguel Ángel Osorio Chong y Luis Videgaray, etcétera, ahí adentro ya no existen los menos peores, tal vez me equivoco y los haya más y más peores, pero esos están en el Verde, Nueva Alianza o Encuentro Social). A esto es a lo que se le dio en llamar “las elecciones donde los mexicanos votaron por las reformas estructurales”, y aunque no es verdad los números les permiten salir a decirlo, a pesar de las evidentes y publicitadas ilegalidades de todo tipo y tamaño que caracterizaron “las elecciones intermedias más votadas” como se ufanaron en resaltarlas tirios y troyanos de la partidocracia.
En la misma votación federal, la izquierda no sufrió grandes modificaciones, incluso creció, pero se dividieron los resultados y eso refuerza al PRI y a sus aliados como ganadores. Como partido, el PRD fue el más afectado y no era para menos después de su complicidad con el régimen mediante la firma del Pacto por México y su involucramiento con los crímenes de Iguala-Ayotzinapa, a la vez que su silencio en temas como Tlatlaya, o la Casa Blanca-Aristegui, por decir lo menos. Primero vivió el abandono de sus integrantes más emblemáticos como Cuauhtémoc Cárdenas, Alejandro Encinas o el propio Marcelo Ebrard, y después el de sus votantes que hicieron parte de la inconformidad con el régimen del Pacto al igual que se dolieron y se solidarizaron con los movimientos sociales como el de los padres de Ayotzinapa.
Morena y el Movimiento Ciudadano fueron los ganadores netos, pero tampoco ello nos puede llevar a suponer que por ese hecho la izquierda se reconstituye para la anhelada transformación democrática tras una clara posibilidad de ganar las elecciones de 2018. Su ascenso y relevancia se debe a una combinación de hechos dentro de los cuales existe uno de la mayor importancia, que está en la base de los electores y que no es privativo de estas formaciones políticas, pues ahí está también el fenómeno de los candidatos independientes, especialmente el de El Bronco.
Esto se observa no en la lectura de la elección federal sino en la local, la merma federal del PRI y el PAN tiene que ver con que una porción del electorado se inclinó por no votar (más de la mitad del padrón), otro porcentaje (5 por ciento) anuló su voto, pero de los que acudieron a votar, en muchos casos no votaron por los partidos gobernantes y se fueron a la búsqueda de otros o “el menos peor”, ahí se generó el realce de estos partidos que no cargan con los costos de mal gobierno o con los costos de la tradición de los partidos grandes tradicionales. El caso de El Bronco o el caso de Guadalajara, al igual que la competencia de Colima o San Luis Potosí, incluso la derrota priista de Querétaro responden a la búsqueda y determinación de alternativas de los electores, y he aquí uno de los fenómenos más importantes hacia los próximos comicios. Los votantes empiezan por tener claro qué es lo que no quieren y se lanzan a la búsqueda de lo que quieren, pero no tienen más opciones que las que hay (por ahora).
El Bronco está lejos de ser una expresión pura y virgen, pero se presentó fuera del PRI y el PAN, y eso le vino bien; ahora lo veremos en la escena, y no creo que su ser y el tiempo lo perfilen hacia la candidatura presidencial como algunos lo sugieren. Mas ese no es el asunto de fondo sobre los independientes, sino su significación en la construcción del entramado democrático y los riesgos de que se abra una vía para grupos de interés, poderes fácticos que están a la derecha de la partidocracia o en la ilegalidad, y que se frotan las manos ante la versión de los aplaudidos independientes y sus potencialidades. ¡Aguas! Ya Miguel Ángel Romero, en entrevista abierta por la televisión digital advirtió de la posibilidad de ver a Claudio X. González Jr. apuntalado por grupos empresariales muy poderosos, y eso no es un asunto menor para nadie.
Morena también se ha favorecido de esta circunstancia, no en el mismo grado, pero hay rastros de ello. Más bien, el fenómeno de Morena liga varios factores dentro de los que está este electorado ávido de opciones diferentes, sin duda los amloistas de corazón, que los hay muchos, y también el acarreo y compra de voluntades, e incluso alianzas ocultas que por supuesto no se reconocen públicamente, pero que las hay. Sin embargo, las debilidades más significativas de Morena no están en estos factores ni en el hecho de que aun sumando a Movimiento Ciudadano en ausencia del PRD no le alcanza para disputar la Presidencia de 2018, a lo que me dirán que eso se cubre en los tres años que siguen, y no lo voy a discutir; podría aceptarlo, empero el punto es su idea, su concepción, pero sobre todo su falta de relación con la agenda social de los movimientos, con el correcto entendimiento de la inconformidad ciudadana y con la falta de democracia proveniente de un partido que lo vimos fuera del #YoSoy132, de Ayotzinapa, de Aristegui, etcétera; sí con sus huestes pero no con el pensamiento crítico, la denuncia y las movilizaciones sociales.
Mientras los segmentos de sociedad en conflicto se movilizan en lucha por reivindicaciones claras y concretas, Andrés Manuel López Obrador prepara su partido, hace sus arreglos con personajes y cobija a incondicionales, parece un hombre al que no le gusta el disentimiento de sus pareceres y escucha poco. Eso dicen quienes están cerca, y eso lo hace muy parecido a los políticos tradicionales que no están ya en el ánimo de la gente; por si fuera poco, no es precisamente un erudito, más bien se deja ver con una idea justiciera premoderna y con poca claridad y elocuencia sobre los fenómenos actuales.
Convence a muchos adultos mayores, pero con los jóvenes no pasa muy bien, entonces cómo integra el sentir de la gente y cómo la gente lo incorpora como el mejor de sus representantes. ¡Ah! Y si acaso, forma y contenido de la democracia no cuentan, pues podrá ser pero habrá que decir que sin eso no hay manera de configurar una alternativa con preponderancia en el desarrollo democrático y de transformación para México, aunque reúna la fuerza para ganarle al PRI.
Y si fuere así, que se preocupe el PRI, pero para los mexicanos el asunto no concluye en sacar al PRI de Los Pinos, eso ya sucedió y no pasó nada, el asunto es transformar a México. Eso implica reconstruir o, mejor dicho, construir capacidades y condiciones que van más allá de acabar con la corrupción, como el susodicho lo consigna, y eso se hace con la gente. La relación entre democracia y cambio estructural, entre justicia y desarrollo es un asunto que empieza con las sociedades de base y termina con las sociedades de base, no es sólo cosa de gobernantes bien intencionados; los países, las naciones, las mueven las sociedades no los gobiernos. Ese es el tema de la democracia y sus instituciones.
Hay quienes piensan que, ya puesto el entramado procedimental de las elecciones la democracia ya no es tema y de lo que se trata es de terminar de desplazar la revolución violenta como opción, y entonces no hay que discutir la democracia sino acumular fuerzas y ganarle al adversario en las próximas elecciones, y pues esto sólo construye un ardid que termina por obviar la crítica de la izquierda y ofrecerle a los mexicanos lo mismo que la derecha, pero con honestidad valiente. Mas flaco favor le hacen, y para prueba basta un botón, ahí está la experiencia del PRD, el empoderamiento de la partidocracia versus el debilitamiento de la democracia, y la posposición del cambio para un México acorde con las necesidades sociales de ayer y hoy.
La tarea de los tiempos venideros no viene sencilla; los movimientos sociales no alcanzan a madurar sus procesos, sus direcciones se atascan en el camino, sus bases se debilitan y la historia de ir y venir, de auge y retroceso se repite. No será fácil, nunca lo ha sido, pero el asunto es que hay que reconocer que cada vez resulta más complicado, pues el adversario que se camufla en las redes de la democracia y cuenta con el control de medios de todo tipo, incluidos los de comunicación, se torna inaprensible, a la vez que complica la conciencia y la organización democrática. Habrá que volver la vista sobre la democratización de los medios de comunicación, producir los contenidos de una revelación clara sobre las fuerzas y debilidades de la transformación democrática que se precisa en la nación dentro del mundo globalizado, y avanzar en frentes definidos para estructurar las fuerzas de transformación. No hay posibilidades de cambio por la fuerza de la razón distributiva al margen de la política, ni política al margen de la participación social.

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