Octavio Klimek Alcaraz
El futuro que queremos
Río +20, la Conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, celebrada en Río de Janeiro del 20 al 22 de junio, transcurrió con más pena que gloria. Puede decirse que concluyó con la desilusión prevista para la mayoría de las personas e instituciones interesadas en los temas del desarrollo sostenible o sustentable.
De alguna forma la revista Nature había publicado antes de la Conferencia de manera burlona las calificaciones de los tres grandes tratados firmados en la primera Conferencia de Río en 1992, que eran las siguientes: Cambio Climático, reprobada; Diversidad Biológica, reprobada; y Lucha contra la Desertificación, reprobada. ¿Puede todavía la humanidad evitar que la expulsen? (J. Sachs en diario El País, 19.06.12).
Fue una Conferencia de bajo nivel político. No asistieron los líderes del mundo y de los grandes países desarrollados, ni Barack Obama, ni David Cameron o Angela Merkel, por citar algunos nombres. Ellos tienen retos inmediatos como atender la crisis galopante de la economía europea o las próximas elecciones en los Estados Unidos. Además, con los actuales costos de rescate de las economías en crisis, no les interesa destinar más recursos económicos al desarrollo sostenible.
La declaración final aprobada de la Conferencia El futuro que queremos, es un documento aspiracional, de lo posible, e irónicamente no de lo deseado, de lo que queremos finalmente para atender la emergencia planetaria, como señala el título de la declaración. La declaración carece de medidas concretas, está llena de generalidades para solucionar los graves problemas del desarrollo a lo largo y ancho del planeta, y que se expresan claramente en sus distintas vertientes económicas, sociales y ambientales.
Seguramente los diplomáticos y los burócratas ambientales de las distintas delegaciones presentes en la Conferencia regresaron muy ufanos a sus países de tener un bello título para la declaración de Río +20 y de tener medio centenar de páginas escritas con buenas intenciones.
Por otro lado la Torre de Babel que se organiza en torno a este tipo de conferencias dio lugar al turismo alternativo de miles de personas de todo el mundo que llegan a manifestarse y hacer todo tipo de propuestas para salvar el planeta. Sabrán ellos qué tan importante es su presencia e impacto en las delegaciones de la Conferencia, que normalmente sólo por los medios de comunicación se enteran de estas movilizaciones afuera de los recintos oficiales.
Según las notas periodísticas hasta el Vaticano, que estaba presente en calidad de observador de la ONU, intervino para que en las conclusiones se eliminaran las reivindicaciones de género. Así se eliminó la expresión “derechos reproductivos”, que se refería a la autonomía de la mujer para decidir sobre su maternidad. En el documento aprobado tan solo se habla de “salud reproductiva” para no irritar a la Santa Sede.
A esto, la Sra. Mary Robinson, expresidenta de Irlanda –una nación muy católica– y excomisaria de Derechos Humanos de la ONU, “católica practicante”, se preguntó: “¿Pero qué pueden saber los célibes sobre las mujeres?” (diario El País, 20.06.12).
En la declaración se presentó el tema de la “economía verde” –el instrumento con las que las grandes empresas de este mundo desean mercantilizar a la naturaleza– como un instrumento indispensable para avanzar hacia el desarrollo sostenible. Aunque no se reconoce tampoco en la declaración, que la causa fundamental de la crisis ambiental, social y económica son los patrones de consumo, tanto del pasado, como actuales, de los países desarrollados. Sin embargo, con el concurso de algunos países avanzados, quedó de momento el propósito de que dada país defina sus políticas para lograr una economía justa y sostenible.
Por ello no extraña que en la declaración se ignore la deuda ecológica que los países desarrollo tienen con el resto de los países del planeta, y se posponga un fondo de financiamiento y de transferencia de tecnología. Aunque se admite que los países en vías de desarrollo no pueden afrontar los retos del desarrollo sostenible sin apoyo.
Otro asunto diferido es que el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), no logró ser fortalecido como una nueva agencia de la ONU, tipo organización Mundial de la Salud, aunque los países que suscriben la declaración se comprometen a fortalecer el papel del Programa.
Así podríamos seguir, no hay nuevos avances para proteger los océanos; ni decisiones claras para ir eliminado los subsidios a los combustibles e ir transitando a una economía baja en carbono o medidas concretas para erradicar la pobreza en el mundo.
En fin, espero llegar a Río +40 y conocer si logramos “el futuro que queremos”.
P.D. No hay de otra, el dinosaurio sigue ahí. Vamos a votar en conciencia por la libertad, la fraternidad, la justicia, la equidad; vamos a votar en contra de la corrupción, en contra de los que practican y aprendieron desde chiquitos frases como “un político pobre, es un pobre político”, “el que no transa no avanza”, “como nos arreglamos”, en contra de la falta de vergüenza y el cinismo de la cultura política que tanto daño ha hecho a México durante todo el siglo XX. Nuestros jóvenes no tienen esa memoria histórica, hay que informarlos de lo que han sido y son. El futuro que queremos para las generaciones del presente y del futuro es uno mejor al que nosotros tuvimos en el siglo pasado.




