José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
La enigmática genealogía de AltamiranoHace ocho días intenté platicarles a los lectores pozoleros algo de la enorme y emocionada atención que el ingeniero Jorge Vargas Moctezuma ha puesto en la historia y la vida cotidiana de Tixtla, sin que faltaran ejemplos del nutridísimo anecdotario popular que con paciencia y picardía ha ido conformando. Quedamos en que los libros del ingeniero son puro Tixtla, y al dedicado a Altamirano le dediqué un párrafo. Y un sólo párrafo es injusto para la ardua e interesante investigación que Vargas Moctezuma hizo alrededor de la polémica genealogía del muy ilustre tixtleco. Ahora recuerdo que el día en que me hice de los libros de don Jorge, en el corredor del Ayuntamiento de Tixtla, frente al Jorge del mural de Jaime Gómez del Payán, estaba ahí para escuchar una conferencia a dos voces, dentro de la Semana Altamiranista: el cronista Alfredo Alcaraz y Vargas Moctezuma iban a disertar sobre el autor de Navidad en las Montañas. La plática de Vargas Moctezuma fue interesante, pero entonces me pareció enredosa y hasta “muy locochona”. A los días, hojeé Altamirano, El arcano de su origen (Consejo de Cultura de Tixtla,1984), donde viene casi todo lo que dijo en su plática, y, más que interesantes, súbitamente el libro y la conferencia se me hicieron paso a paso controvertidos y geniales. En el párrafo de hace ochos días señalaba que en 50 años bajo el cielo tixtleco don Jorge Vargas recordaba que “Altamirano fue, pasmosamente, de casta española por la línea patria y mestizo por la uterina”, con lo que muchos lectores corremos el riesgo de quedarnos pegados a la pared por la súper sorpresa. Nos quedamos, más bien, cortos: el autor distribuye diversas opiniones que existen sobre los padres, el nacimiento y la parentela de Ignacio Manuel Altamirano, algunas de las cuales provienen de investigadores y otras –las más– de personas allegadas de una u otra manera a la que se considera familia del Maestro. Como en Rashomon, de Akira Kurosawa, Vargas Moctezuma presenta varias versiones sobre un mismo hecho, y todas parecen verdaderas. Quizá, al final de esta esforzada y pozolera síntesis, que a ratos es síntesis de síntesis, quedemos casi como empezamos, como en el film de Kurosawa. Cuando salgamos de esta película tixtleca, el lector dirá. Lo más o menos sabido El marco general de este libro es la historia de México, del que se desprende lo referente a Tixtla y, ya aquí, a las particularidades de las familias involucradas en la misteriosa genealogía altamiranista. De entrada, don Jorge ofrece la versión más conocida, la que encontramos en muchas biografías de Altamirano. Inicia señalando que “en 1760 llegaron a Tixtla los peninsulares Joseph Antonio Altamirano y su esposa María de la Cruz Torreblanca. Tuvieron nueve hijos. El tercero de ellos, Juan Gervacio (1766), se casó con María de Jesús Astudillo (en 1792), con quien tuvo cinco hijos. “Por aquella época –recuerda– muchos mayorazgos, poseedores de bienes terrenales, recurrían a la competencia legal de adoptar niños indios para hacerse de mano de obra barata –o gratuita– consintiéndolos como hijos legítimos a partir de su bautismo en cuya fe se asentaba su paternidad”. A principios del siglo XIX, de Zitlala llegó a Tixtla “una pareja de indios con un niño recién nacido en sus brazos al que le buscaban padrino para su bautismo”. El criollo Juan Gervasio ya era un rico propietario dedicado a “la morera y a la industria de la seda” y aceptó al niño, al que (en 1802) le puso José Francisco Nazario Altamirano Astudillo. Éste entró a la escuela y dos veces fue alcalde, cuando la autoridad era “compartida por tres alcaldes: dos de razón y uno indígena”. Juan Gervasio conoció a Juana Gertrudis María de los Santos Mártires Basilio Bello, dieciochoañera de “distinguido linaje”, “blanca y poseedora de unos primorosos ojos verdes”, y se matrimonió con ella en 1831. Los casados se fueron a vivir a la casa (una manzana completa) de ella, la casa de los Basilio. Juan Gervasio y Juana Gertrudis tuvieron hijos y “al segundo, que fue bautizado el 13 de diciembre de 1834, le impusieron por nombre Homobono Serapio” (y enseguida aparece la transcripción del texto de la fe de Bautismo expedida por el párroco de San Martín Tixtla). Fechas, nombre y apellidos en pugna En capítulos que llama anexos, don Jorge empieza a jugar pócar con reyes y reinas tixtlecas, una partida interminable ligada a base de datos escritos y testimonios personales que empiezan con Pedro Taide Astudillo y Pablo Astudillo Guillemau y siguen con el tixtleco Alejandro Sánchez Castro, médico de cabecera de Álvaro Obregón. Aquí, con “la fecha”, empiezan los primeros lances de duda y contradicción. Sánchez Castro escribió que, según la fe de bautismo, “Altamirano nació el 12 de diciembre de 1834; pero como la señora Sierra Casasús, en su artículo Altamirano íntimo, reproduce una nota del maestro fechada el 22 de mayo de 1869 en la que él asienta que en esa fecha tenía la edad de 34 años, seis meses y 19 días, resulta de esto que su fecha de nacimiento es el 3 (tres) de noviembre de 1834”. Y agrega: “Tenemos la seguridad de que la señora Casasús recogió con fidelidad el dato a que nos referimos y como el Maestro se ufanaba de su magnífica memoria, ‘memoria de bronce’ según su propia expresión, debemos dar a esa aseveración todo el valor que merece. “En vista de estas discrepancias de las fechas, cabe pensar en dos cosas; primero: hacer conjeturas acerca de la autenticidad de la fe de bautismo, y, segundo: en la posibilidad de que el Maestro no hubiere recordado con exactitud la fecha de su nacimiento”. Sánchez Castro menciona ciertas alteraciones del documento (“lo negro de la tinta se ve más vivo que el de las otras”), plantea la posibilidad “de que hayan intercalado su fe de bautismo para hacer coincidir su fecha de nacimiento con el día de la virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre”, y “tenemos, pues –concluye– dos fechas como días de nacimiento del Maestro, una indicada por él mismo y otra basada en una prueba documental, quizá objetable”. Para Melchor García Reynoso (1912), quien se basa en peritajes caligráficos, lo asentado en el libro de Bautismos de la Feligresía de San Martín Tixtla es auténtico. Dice Jorge Vargas que don Melchor es el único investigador que se ha preguntado cuándo y por qué Ignacio empezó a llamarse Manuel. No sabe desde cuándo a Ignacio pegó Manuel, pero lo atribuye al padrinazgo que entonces era una institución religiosa y social. “Homobono, por el día en que nació; Serapio, por el día en que se bautizó; Ignacio por el deseo de sus padres y Manuel por la consideración al padrino”, don Manuel Dimas Rodríguez. Don Ángel Pola, contemporáneo de Altamirano, dejó escrito que los tatarabuelos de Ignacio Manuel “eran una familia de la clase proletaria en Tixtla, y la clase proletaria de Tixtla apenas tiene qué comer. Allí se pasa por rico con cuatro asnos”. Repite que “del matrimonio nació un varón y los esposos buscaron padrino de bautismo”, y el español Juan Altamirano lo aceptó como ahijado y le puso Juan Altamirano. Con los años, hereda y se casa y tuvo un hijo al que llamó Juan, quien, a su tiempo, también se casó y tuvo hijos. Un Juan entre ellos, pero también, “por una devoción tradicional de familia, desde el caritativo español, debía haber entre los hijos de la familia un Juan, un Manuel y un Ignacio. Por eso el maestro se llamó Ignacio Manuel…” Vargas califica a don Ángel de sentimental y está de acuerdo con el “testimonio discordante y axiomático” de don Melchor, quien en el archivo parroquial de Tixtla “sólo encontró del tronco Altamirano el nombre de Juan (único Juan en todo el padrón), como Juan Gervasio, quien recogió al indio Francisco, padre de Ignacio Manuel y abuelo de éste”. Altamirano, ¿expósito de expósitos? Desde principios del siglo XIX, la familia Basilio Bello estuvo prósperamente asentada en Tixtla. Juan Basilio fue padre de varios hijos; entre éstos estaba Juana Gertrudis María de los Santos Mártires, la madre de Ignacio Manuel Altamirano, quien “llegó a este mundo envuelta en un impenetrable misterio”. En la fe de bautismo, el cura apuntó que el 3 de noviembre de 1814 le puso óleo y crisma a Juana Gertrudis, “hija legítima de padre no conocido y (de) María Josefa Bello, española, hija de Manuel Bello, españoles vecinos de este pueblo”, lo que se contradice con su declaración matrimonial, hecha el 15 de noviembre de 1831: “Ante mí el referido cura propio compareció doña Juana Gertrudis Basilio, y en su persona le recibí juramento que hizo por Dios Nuestro Señor y la Santa Cruz… ofreció decir la verdad en lo que fuere preguntada… dijo llamarse como queda dicho ser doncella de diez y ocho años de edad, hija legítima de don Juan Basilio, difunto, y de Guadalupe Bello… y no firmó por no saber…” Como se ve, las cosas ya estaban bastante enredadas desde antes de que Nachito Manolo naciera. Desenredando el enredo –o enredándolo más– don Melchor dice que María Guadalupe tenía una hermana, María Josefa, quien “recibió a Juana Gertrudis al nacer”, en tanto que la primera la crió, la formó y entregó en matrimonio”. O sea que Juana Gertrudis “fue niña expuesta –o expósita– en el hogar de María Josefa puesto que la bautizaron ‘de horas’ de nacida sin que hubiera señales de parto por parte de ésta”. Don Melchor supone “que el padre desconocido de Juana Gertrudis fue un indio puro dadas las características físicas, raciales y genéticas heredadas a su hijo, el maestro Altamirano. Y que posiblemente la niña fuera familiar de las españolas Bello, nacida en ese hogar para ocultar un desliz. Insiste, pues –acota Jorge Vargas- en que el tronco paternal de Ignacio Manuel fue español por todas sus líneas”. Los mitos. El caso de la casa Tras exponer otros testimonios, el autor considera pertinente “desmentir algunos mitos que, por reiterativos, se han venido convirtiendo en apreciaciones axiomáticas. Primera: la familia de Altamirano no era menesterosa. Segunda: Altamirano jamás habló el náhuatl; no aprendió nuestra lengua a los doce años y menos que fue un salvaje. Tercera: Altamirano no fue indio de raza pura, su madre poseyó una tez blanca, manifiesta hermosura y ojos verdes. La última quimera contradice la revelación contenida en la documentación del archivo parroquial: que toda su ascendencia paterna fue española en todas sus ramas”. Curiosamente, los vistazos a los hermanas y al hermano de Juana Gertrudis nos da relaciones familiares en las que más de un testigo o investigador termina siendo pariente directito de Altamirano. El caso más destacado es el del profesor Melchor García Reynoso, “nieto de Domingo García y María Josefa Francisca Javiera Basilio, mamá del maestro Altamirano”. Entre los enigmas altamiranistas está por qué caranchos Ignacio Manuel no usaba el apellido Basilio, o qué pasó con la placa de piedra conmemorativa que durante mucho tiempo lució en la fachada de la casa de las Godínez (al norte del mercado), “donde el maestro Altamirano transcurrió sus años de infancia” (asunto que trata Herminio Chávez Guerrero en su biografía de IMA). Las hermanas Godínez retiraron la placa, ya que ésta señalaba la casona como el lugar donde había nacido el Maestro y temían que el gobierno se las embargara. Don Jorge cuenta que en cierta ocasión la mamá de las Godínez le contó a José Carmen Basilio algo (sobre el retiro de la placa) que, a su vez, éste contó a “varios integrantes del clan, entre




