José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
Bajo el cielo tixtleco
Hace algunas jornadas altamiranistas me hice de unos libros del ingeniero Jorge Vargas Moctezuma, en los corredores del Ayuntamiento de Tixtla. Dos de ellos me los regaló el autor, los demás los compré. Casi todas son publicaciones caseras, con pasta de cartoncillo y engrapadas, editadas por el Consejo y/o el Centro de la Cultura de Tixtla, a excepción de 50 años bajo el cielo tixtleco, que lleva el sello de Ediciones Titán, SA de CV y Ediciones Sanley, sin siglas. Claro que me arrepiento de no haber comprado los demás libros del ingeniero que alguien ofrecía al público en una mesa dispuesta junto al mural de Jaime Gómez del Payán, justamente en la parte donde don Jorge aparece con la guitarra en la mano y un morral de libros con títulos tixtlecos en el hombro y otros pintados por ahí. El hecho es que de pronto estaba mirando a varios Jorges: el de la foto de la contraportada de 50 años…, el Jorge Vargas real –que me acababa de dedicar el libro– y, frente a nosotros, el Jorge Vargas pintado en la pared: una sola guitarra, pero los dos con su morral de libros y el mismo semblante, como en un calidoscopio picassiano. Cronológicamente, 50 años es el quinto libro en mi lista. Es también el libro más completo, respecto a Tixtla y a la biografía del propio narrador. Esto incluso cuando, novelescamente, el autor inventa un personaje –a modo de alter ego– que se llama José Astudillo Poctzin. La procedencia española y nahua de sus apellidos (con paralelismo en Vargas-Moctezuma) le sirve para desbrozar sus troncos familiares y ubicar socialmente a congéneres, vecinos y aun frastreros, y para empezar su particular historia de Tixtla. Por añadidura, el autor se reinventa como personaje: “Bien recuerdo la visita que realicé en compañía del ingeniero Jorge Vargas Moctezuma, cuando operaba una tienda de abarrotes de su propiedad, a la cercana población de Apango”, dice José Astudillo Poctzin, quien citará a su autor una y otra vez. Excepto este José y Princesa –su amor idílico–, todos los personajes que aquí aparecen son reales: sus tíos, tías y demás parientes, vecinos, comerciantes, funcionarios, políticos, bohemios. Aquí encontramos opiniones sobre Martín de Armendáriz e Ignacio Manuel Altamirano, Margarito Damián Vargas y Juan Bello Vargas, pero es innumerable la cantidad de tixtlecos destacados que aparecen, a modo de grupo con poder burocrático real y fuerte sentido de comunidad: Plácido García Reynoso, Sabás Alarcón Robledo, Pedro Astudillo Ursúa, Julia Jiménez Alarcón, Joaquín Mier Peralta y otros que de seguro están en el mural del Ayuntamiento, obra mayúscula que varios de ellos impulsaron durante el mandato municipal de Timoteo Valle Alcaraz, quien desde luego es el personaje central de un pasaje pictórico de Gómez del Payán. Aunque no nacieron el mismo año, el personaje de 50 años y su autor se parecen demasiado: es casi imposible separar uno del otro. Imposible, para quienes leímos Tixtla, Volcán de amores (sin pie ni fecha de impresión). José Astudillo Poctzin y Jorge Vargas Moctezuma nacieron en El Santuario, salieron a estudiar ingeniería petrolera en el Poli, trabajaron en el sureste y en el Distrito Federal o Chilpancingo… y regresaron a Tixtla. El hijo es pródigo porque partió, estudió, anduvo y volvió al terruño. Don Jorge confiesa que difícilmente aguantaba más de cinco años en un trabajo. Por el estilo José. No sólo aprendió ingeniería petrolera: aprendió a discernir sobre las cosas del mundo. Es así como su extrañeza por la tierra hace un gesto de cariño total, del que no se ausenta la autoestima histórico-racial: “Mi linajudo apellido (Astudillo) está enlazado con su antípoda Poctzin, carente de lustre entre la clase social opuesta. Ambos, unidos a mi nombre, que sobresalen entre los ordinarios del santoral, me ubican como un superconsumado mestizo. Mediocre, si así se le desea, porque floto en las medianías del abolengo y el populacho”. José y Jorge regresan a Tixtla, tratan de recoger todo lo que puedan sobre el pueblo, su familia y su propia vida, se integran política y artísticamente a su gente, decantan deleitosamente sobre la historia, los mitos, el paisaje (y sus maravillosos frutos), las costumbres, la comida (y las guisanderas) el baile y la danza tixtlecas, matrimoniándose, pero no incondicionalmente, con la emoción popular: “El día 3 se venera a la Cruz, la figura más antigua que el género humano ha mirificado. Taumaturgo distintivo de las órdenes religiosas, militares y civiles que pululan el planeta. El catolicismo la adoptó como su símbolo consagrado y los iberos que la abrazaron la utilizaron como elemento justificante de sus ambiciones colonialistas y genocidios colaterales”. Recuerda que lo primero que hicieron los misioneros y el Papa Pablo II fue besar el suelo “y los pies de los caciques. Presentaba a la cruz como oriflamático escudo y abría los brazos en señal de paz y humildad. Atrás venía la otra cruz, la irrogante y quebrantadignidades. La sometedora, punible y mortífera”. Sobre las festividades dedicadas a la Virgen de la Natividad apunta que restellan pasiones paganas y doctrinales: “La ciudad se engalana durante quince días. La calzada que une su templo con el centro se embollipa de interinos locales copados de la difusa mercadería. La colectiva exultación es infinita. Simbiosis en que cohabitan el piadoso recogimiento y el insolente libido. Saturnal de carne y espíritu. Desborde de estímulos reprimidos. Romerías interminables que desde alejados horizontes arriban anidando sus cargamentos de mandas, ofrecimientos, legados espirituales y demás rogativas en demanda de milagrosos favores”. Por ahí menciona Vargas la pérdida de lo sagrado, la romería religiosa se le vuelve “aluciante y alucinante”, un caos de humanos y máquinas, una vendimia báquica “coexistiendo en un confuso laberinto de sudor, bosta, hedores etílicos y metíficos flatos”. Ahí se escuchan salmos y corridos de narcos. Alcohólica “fiesta del pueblo en que se abandonan los menesteres productivos” y “muníficos mayordomos que en su soberbio hedonismo pervierten su patrimonio en aras del obcecado boato, fastuosa presunción, ilusoria jerarquía estamental e inciertos augurios de acceso a las gracias divinas”. Por si faltara, dice: “Tradición, folclor, hereditaria cultura, prodigio en decadencia cohabitando con el mortificante, abominable y lastimoso presente. La empresa del hombre es más tétrica que toda fantasía”. No es mejor su opinión sobre la ceremonia que se realiza el 9 de agosto en homenaje al general Vicente Guerrero, al que califica como evento utilitario: “Durante siete días –dice– se monta un esquema pseudocultural… que en sesiones por tarde o noche congrega a los habitantes para presenciar espectáculos artísticos de moda y alguna conferencia para justificar el denominativo y su coste, (al) que el gobierno estatal contribuye con magnanimidad, acto que ordinariamente transcurre con la sala vacía”. Y ora sí, pa’ que más. En este y los demás libros de Vargas Moctezuma todo es Tixtla, no hay una línea que no sea Tixtla. Cuando te digan, aunque fuera yo mismo el que te dijera no te quiero, no me creas, declama ensimismado y airoso el Capitán de Pablo Neruda, y así don Jorge y su pariente José. ¿Cómo se llama el hijo pródigo? ¿José? Pues bueno: como el hijo pródigo, Jorge y José no regresaron a destruir, sino a reconstruir y a construir. En su tierra, José revivirá un romance imposible pero, como Jorge, podrá reintegrarse a la sociedad tixtleca en forma productiva y tan feliz que al cabo de unos años Jorge ya había prodigado su regreso con la recopilación de mil y un recuerdos de su pueblo. El primer cuaderno de don Jorge se titula: Altamirano, el arcano de su origen (1984), donde recuerda la tesis de don Melchor García Reynoso que afirmaba que “Altamirano fue, pasmosamente, de casta española por la línea patria y mestizo por la uterina”, teoría, más que pasmosa, increíble. En Los cuentos del Mamacito (1984) empezó a recopilar anécdotas de personajes perspicaces de la vida tixtleca y ya fue más fácil conjuntar su Anecdotario tixtleco (sin fecha) y Tixtla, volcán de amores (1998), donde sigue con anécdotas que nos hablan de la vida y el ingenio de los tixtlecos y donde empieza a contarnos cómo le hizo para conseguir los cinco pesos que costaba subirse a un aeroplano que llegó a Tixtla, lo que le da pie para comenzar a relatarnos vivencias personales. Las anécdotas del Mamacito son vaciadísimas, algunas de antología, pero no se quedan atrás las de los y las demás, entre los que ubica a funcionarios trinchones, a tías decirosas del mercado municipal y a sus cuatachos los bohemios. ¡Llenaríamos El Sur de anécdotas tixtlecas, con los libros de Vargas Moctezuma! Sencillas, como la de la paisana que viajaba en camión por Paseo de la Reforma “y, cuando pasó enfrente de una de sus glorietas, se conmovió al descubrir la estatua ecuestre de Simón Bolívar. Ante los estupefactos pasajeros se hincó y santiguó al tiempo que exclamó: Ejejé…, ¡poca cosa! ¡Señor Santiago! El comandante le cuenta al alcalde que “doña Cleofas que vive en el Santuario le propinó un guamazo a doña Mago, del rumbo de Santiago, y viciversa”, y “la respuesta del edil no se hizo esperar: ‘Pues ya me estás turnando a la cárcel tanto a la tal Cleofas como a la tal Márgara. Y para sentar un riguroso precedente disciplinario, también me remites a la tal Viciversa”. Cuando el compositor Antonio I. Delgado enfermó y se temió su muerte Arturo Rodríguez “se autoprofetizó predestinado a rendirle un trascendente y obsequioso testimonio de su cultoría. Puso a trabajar su cacumen y al fin encontró el trofeo de su rastro cerebral: crearía, para la aciaga fecha que se acercaba, la más impresionante oración fúnebre que oídos humanos hubieran escuchado”. Estudió vida y obra del autor de Río azul, pues “la pieza fúnebre sería un dechado de probidad y aptitud. Nada quedaría al azar”. Diariamente acudía a la casa del maestro, a ver cómo seguía su salud, sin que la esposa de éste “recelara de su intención”. Cuando el compositor muere, Arturo ya tiene no una oración fúnebre, sino un compendio. En la ceremonia fúnebre “hubo representación gubernamental y de las autoridades burocráticas, educativas y sociales”, y Arturo no hubiera podido pasar si no fuera por Juan Nogueda Soto, que le echó una mano, y lo anunció: “El público guardó respetuoso silencio mientras Rodríguez, complacido y solemne, ascendía al estrado. “Las palabras con que inició su perorata al tiempo que sacaba de su brazo un grueso legajo, fueron: –Señoras y señores, ni soy el indicado, ni vengo preparado…” Antes de que se me olvide, en 50 años… hay una historia de amor prohibido. José ama a Princesa, joven tixtleca que viene de Estados Unidos al pueblo de vez en cuando. Más grandecitos, ella le corresponde. En pleno idilio, un regalo que él le lleva a ella los hace entender que son hermanos. “En Tixtla, para acercar las rutinas a la cotidianidad, en mi barrio para ser precisa –escribe Princesa, luego–, las uniones entre consanguíneos es ejercicio perenne. Mis padres, para no ir lejos, son primos hermanos”. El romance tiene los claroscuros apasionados de una película mexicana en blanco y negro, y es lo más narrativo e imaginativo de 50 años. Aunque su inclusión nos dé un texto de género híbrido: algo de historia, crónicas costumbristas, un reportaje social y personalizado mayúsculo. Algo de novela, pero sólo algo. En la carta-presentación, el cronista tixtleco Ildefonso López Parra dice que de la obra “en términos generales y tomando en cuenta que la has considerado como novela, me parece bien documentada, bien hilvanada y bien escrita, con el solo inconveniente de que mucha gente se va a quedar en ayunas, como se dice, porque no van a entender lo que nos dices en




