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Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

*El túnel que destrozó al gobierno de Peña Nieto

En todas partes se recordó ayer que después de la recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán en febrero de 2014, el presidente Enrique Peña Nieto dijo que sería imperdonable que el capo del cártel de Sinaloa volviera a fugarse.
Encarcelado en el penal del Altiplano, la prisión reputada como la de máxima seguridad del país, sin embargo el capo logró escapar por segunda vez la noche del sábado, mediante una maniobra inimaginable y sorprendente por su sencillez escolar: un túnel de mil 500 metros, imposible de construir sin la existencia de una amplia y sofisticada red de complicidades y sobornos descomunales.
Sabía el presidente que una segunda fuga sería un golpe demoledor para él, como en efecto lo es ahora que lo imperdonable ha ocurrido, pues no se explica sino como consecuencia de actos gigantescos de corrupción y complicidades de los que es responsable su gobierno.
En realidad es algo peor que imperdonable que el delincuente más buscado del país y ahora otra vez del mundo, haya podido evadir una cárcel considerada inexpugnable, pues el hecho pone de manifiesto la incompetencia y la profunda corruptibilidad que caracteriza a las instituciones de seguridad de México. Y con ello, exhibe el fracaso de la política de Peña Nieto contra la delincuencia organizada y la violencia que viene asociada a ella.
Junto a las descargas de burla popular que se produjeron de inmediato, ayer también se dieron por truncadas las aspiraciones presidenciales del secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, de quien dependen los reclusorios. Pero eso es lo de menos, pues la fuga de El Chapo Guzmán socava la integridad del Estado mismo, más allá de la afrenta, como dijo Peña Nieto después de mantener durante demasiadas horas un silencio bochornoso sobre un acontecimiento que pone una marca de hierro a su sexenio.
“Esto representa sin duda una afrenta para el Estado mexicano, pero también confío en que las instituciones del Estado mexicano, particularmente las encargadas de seguridad, estén en la altura, en la fortaleza y en la determinación para reaprehender a este delincuente”, dijo el presidente en París tras declararse “consternado” por la fuga.
Sin embargo, las palabras de Peña Nieto no encuentran sostén y correspondencia en la realidad, pues al hablar de las instituciones habla de su gobierno, y es su gobierno el que no pudo retener en prisión al mayor delincuente mexicano.
La única opción que el gobierno federal tiene para mitigar el impacto brutal de esta espectacular fuga, es que la reaprehensión del capo se realice en cuestión de horas y días, pero conforme avanza el tiempo se reducen las probabilidades de que eso suceda. El Estado mostraría así su capacidad de reacción, para levantarse de la lona y recuperar el control perdido. Pero si la recaptura de Guzmán Loera se obtuviera después de estas primeras horas y cuando más días, el daño causado al gobierno del PRI será definitivo e irreversible.
Sobre ello, un articulista del diario español El País escribió ayer que “la segunda fuga de El Chapo destapa de nuevo la trama de traición, corrupción y complicidades sobre la que se asienta el Estado profundo mexicano. (El Estado) no será igual que antes ni el propio Chapo será el mismo, con 58 años pertenece ya a una generación pasada en el nuevo hampa mexicano, pero la burla de su huida hunde a México aún más en la frustración y el desaliento”. Es verdad: ni el Estado ni el gobierno serán los mismos después de este acontecimiento. Pero no es México el que se hundirá más en el desaliento y la frustración, sino el gobierno de Peña Nieto.
La fuga de El Chapo Guzmán exhibe otra vez el verdadero rostro del país al que Peña Nieto insiste en gobernar cubriéndolo ante el mundo con gruesas capas de maquillaje. Sucedió lo mismo cuando se produjo la matanza y desaparición de estudiantes normalistas en Iguala, hecho que el presidente quiso resolver mediante la fabricación de una versión falsa que se estrelló frente al muro de la indignación social nacional e internacional.
Con la evidencia de la fuga de El Chapo, se confirma que el gobierno federal no puede contra el crimen organizado y el narcotráfico, que no ha desmantelado ni quiere desmantelar las estructuras financieras que oxigenan día a día el comercio de las drogas y destina derramas millonarias hacia las autoridades de todos los niveles, y finalmente que precisamente por lo anterior, este nuevo episodio ha provocado una crisis de seguridad de gran magnitud cuyo desenlace es imprevisible y para la cual la Presidencia no tiene ni discurso. Es, sin duda, la señal del fracaso de Peña Nieto.

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