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Fernando Lasso Echeverría

Don Porfirio Díaz Mori a 100 años de su muerte

Al inicio del año de 1915, a punto de cumplir 85 años, el general Porfirio Díaz –con varios años de estancia en París– aparentaba ser tan eterno, como los famosos árboles de Tule existentes en las afueras de la ciudad de Oaxaca. A pesar de sus años, continuaba caminando muy erguido por la avenida del Bosque de Boulogne, apoyándose con un elegante bastón de empuñadura de oro, y reflejando una severa y elegante imagen que se volvió muy familiar para el vecindario, aunque en esa época empezó a sufrir un Síndrome de Mennier (relacionado con el oído), que por los mareos que le provocaba, tenía que mantenerse acostado hasta que le pasaban. Se cuenta que cuando en su exilio entraba a algún restaurante parisino, los parroquianos se levantaban de sus asientos para demostrarle su respeto y admiración al ex presidente de México.
Del último gabinete que presidió, sólo quedaban cuatro de sus integrantes: Enrique Creel que radicaba con su familia en Los Ángeles; Olegario Molina en la Habana; José Limantour en París y Leandro Fernández que permanecía en la ciudad de México, a pesar del movimiento revolucionario. El resto ya había fallecido. Su secretario de Justicia, Justino Fernández, había muerto el 19 de agosto de 1911 a los 83 años; un año después –septiembre de 1912– murió en España a los 64 años don Justo Sierra, su ilustre secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes. Casi al mismo tiempo murió también don Ramón Corral su secretario de Gobernación, cuando había cumplido apenas 58 años; finalmente, en diciembre de 1913, falleció su secretario de Guerra y Marina Manuel González Cosío a los 82 años. El resto de sus colaboradores cercanos ya había desaparecido, como por ejemplo el general Bernardo Reyes muerto a balazos sobre su caballo en febrero de 1913, intentando tomar el Palacio Nacional al inicio de la “Decena Trágica”; y aunque su secretario particular don Rafael Chousal, murió hasta 1916 en un sanatorio cerca de San Sebastián España, éste ya tenía varios años internado allí, perdido para su familia y sus amigos a causa de un estado demencial que se le manifestó poco después de haber salido exiliado rumbo a Europa.
En París –quizás acariciando la idea de volver a México en cualquier momento– don Porfi-rio y su familia vivieron desde su llegada y durante varios años, en el hotel Astoria, de donde salieron a principios de 1914 para residir con Carmelita su esposa, en el número 23 de la avenida del Bosque de Boulogne, inmenso parque junto a su departamento, que él y su esposa recorrían en ocasiones. Díaz estaba por cumplir 84 años en septiembre de ese año. Fue en la primavera de 1915, cuando su salud empezó a declinar y en mayo ya no salía de sus habitaciones y frecuentemente se sentaba frente a un gran cuadro que le había regalado el famoso paisajista José María Velazco, quien había plasmado en él, el valle de la ciudad de Oaxaca del siglo XIX. De hecho, las últimas semanas previas a su muerte, hablaba mucho de Oaxaca; recordaba mucho a su madre doña Petrona y a su hermana Manuela y hablaba con fervor de regresar a su estado natal y trabajar una hacienda platanera “que le daría para vivir, mientras le llegaba la muerte”, pidiéndole a su familia que fuesen depositados sus restos en la Iglesia de La Soledad de Oaxaca, junto a los de su madre.
La tarde del 2 de julio de 1915, acostado en su lecho y muy debilitado, empezó a decir incoherencias hasta perder el conocimiento, y falleció, alrededor de las 6 de la tarde del mismo día. Al cadáver le practicaron embalsamamiento y fue sepultado hasta el 6 de julio en el cementerio de Montparnasse, en un ataúd cu-bierto por la bandera de México, que mostraba sobre su vértice la espada de honor del difunto, lugar en donde hasta la fecha se encuentran sus restos, pues satanizados por los gobiernos posrevolucionarios nunca pudieron ser trasladados a México. Su tumba es muy visitada, y se caracteriza por ser una pequeña capilla ubicada en la división 15 en los límites del cementerio, que tiene como remate –debajo de la cruz– el antiguo escudo mexicano con el águila de frente y las alas abiertas.
Don Porfirio Díaz Mori es un personaje histórico indudablemente muy polémico, pero recordando con reflexión sus 30 años de gobierno, es de pensarse que don Porfirio pudo haber sido considerado hasta la actualidad, un héroe de la Patria, si no se hubiese aferrado codiciosamente al poder y se hubiera retirado voluntariamente uno o dos periodos antes de que estallara la Revolución. Si bien durante su administración hubo excesos de poder autoritarios y antidemocráticos –pues gobernó con la espada desenvainada– y existía una gran pobreza en el 90% de la población, México había logrado progreso notable en varias áreas de la economía, por el capital extranjero invertido aquí y por otro lado, el país vivía con tranquilidad y con un bandolerismo reducido al mínimo. Se hablaba en ese tiempo de un orden y una paz efectiva en el país, aunque ésta fuera “sepulcral” como dicen sus detractores; sin embargo, habría que recordar en qué condiciones asumió el poder don Porfirio, después de su golpe de Estado contra Lerdo de Tejada. Antes del porfirismo, México era un país dividido e ingobernable, por las luchas inacabables de los liberales y los conservadores; los levantamientos permanentes de fuerzas opuestas al gobierno en turno, y las guerras regionales impedían que el país progresara.
Sin embargo, no fueron las razones sociales las que detonaron en forma fundamental la Revolución armada de 1910; ésta fue provocada básicamente por motivos políticos… por la pasión por el poder de don Porfirio, al cual se aferraba neciamente, argumentando que todavía tenía cosas importantes que hacer en el gobierno, hecho que evitaba que llegaran nuevos grupos políticos al mando de la nación. Él, pudo haber logrado una sucesión pacífica y conservar su estatus y el de sus familiares y amigos –sin revolución de por medio– hasta el día de su muerte. De hecho Díaz decía que tenía dos candidatos para sucederlo o al menos mostró en algunos momentos en forma mañosa su simpatía real o fingida por ellos: uno era su compadre José Ives Limantour, el genio de las finanzas y secretario de Hacienda que encabezaba al grupo de Los Científicos que se distinguían por practicar mucha administración y poca política; y el otro, su amigo incondicional Bernardo Reyes, secretario de Guerra y Marina, a quienes por su lado, les daba esperanzas de que serían sus sucesores; sin embargo, don Porfirio nunca tuvo la intención de dejar el poder y en cada fin de sus periodos gubernamentales se volvía a reelegir, a pesar de lo declarado al periodista norteamericano Creelman, en la famosa entrevista que éste le hizo: “He esperado pacientemente a que llegue el día en el que el pueblo mexicano esté preparado y maduro para escoger a sus go-bernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado”. Estas declaraciones de Díaz inquietaron notablemente a grupos políticos que en forma embozada o abierta anhelaban el poder y se empezaron a organizar.
Reyes y Limantour, tenían una fidelidad indiscutible a don Porfirio y a su investidura; a Limantour lo había conocido a los 12 años de edad, en casa de sus padres que eran franceses emigrados y amigos personales de él; posteriormente ya con estudios terminados, José Ives ingresó a la política con una diputación y una senaduría por distintos estados como se acostumbraba en aquellos tiempos; posteriormente ocupó puestos secundarios en la Secretaría de Hacienda y al asumir Díaz su cuarto periodo, lo nombra secretario de esta institución, a pesar de las críticas que recibió por ser Limantour francés de nacimiento; de ahí en adelante fue el encargado de las finanzas del país hasta el final del gobierno porfirista; al parecer, el ser mexicano naturalizado, hizo que don Porfirio lo desechara como posible sucesor.
Reyes era el más popular de ellos; don Bernardo era un buen militar; también se distinguía por su cultura e intelectualidad, a tal grado que don Porfirio le pidió que fuera su biógrafo. Por otro lado, había demostrado una ho-nestidad a toda prueba, en su largo desempeño como funcionario. Reyes –originario de Jalisco– gobernó Nuevo León durante 10 años y dejó una profunda huella que lo hizo ejemplar para todos los gobernadores del país. Fue precisamente su buen papel como gobernador, su capacidad y la gran popularidad que ostentaba, lo que logró que don Porfirio se fijara en él para nombrarlo secretario de Guerra y Marina al morir el general Felipe Berriozábal que era el titular, y Reyes puso orden en un ejército mal organizado, mal armado, mal vestido e indisciplinado, cambiándolo en forma total.
Pero la popularidad arrolladora de Reyes en todo el país, molestaba el ego de don Porfirio y poco a poco fue cambiando su percepción sobre su cercano colaborador; Díaz, llegó ver al creciente “reyismo” –manifestado por multitudes en las calles que se distinguían portando un clavel rojo­s– como una amenaza para él, situación que provocó que finalmente lo cesara en su puesto, le impidiera volver como gobernador de Nuevo León y lo exiliara en Europa, a donde lo mandó a “estudiar sistemas de reclutamiento para el ejército”, escenario que don Bernardo aceptó dócilmente, en vez de rebelarse y sacar a don Porfirio del poder con facilidad, pues tenía el mando del ejército y la mayoría de la población lo quería y lo admiraba. Es indudable pues, que al general Reyes le faltó coraje y determinación en el momento en el que debió haber decidido cambiar el destino del país, pero la admiración, afecto y fidelidad que le tenía a Díaz lo frenaron, aún cuando su misma familia lo alentaba.
La salida de Reyes del país provocó mucho desencanto entre sus partidarios, quienes al perder a su líder, se suben al carro de Francisco I. Madero, quien fue el que aprovechó la gran ola de descontento popular por la reelección de Porfirio Díaz que había menospreciado don Bernardo. Al caer Díaz, Reyes vuelve al país dispuesto a conquistar los lauros que poco antes había hecho a un lado, pero era demasiado tarde, pues los claveles rojos no volvieron a aparecer ante un movimiento maderista apabullante, y luego, ya electo Madero, intentó colaborar con él, pero la actitud tibia y débil del nuevo presidente lo decepcionó e inicia otro exilio, ahora en Estados Unidos, en donde se fue enterando del fracaso paulatino del gobierno maderista que él intuyó desde un principio; en diciembre de 1911 vuelve al país con intenciones de tomar el poder por las armas, pues en forma absurda vivía engañado creyendo en la existencia del antiguo reyismo y es tomado prisionero, encarcelado y liberado después, en el inicio de la Decena Trágica, en donde tomó la determinación imprudente de tomar el Palacio Nacional a galope de caballo y con pocos hombres, y fue muerto por una descarga de ametralladora.
La revuelta de 1910 –que no revolución, porque el movimiento armado no cumplió sus objetivos sociales– fue pues, un movimiento que llevaba como objetivo fundamental el cambio de gobernantes, e iniciada por grupos políticos que habían permanecido ajenos al poder por no ser gente cercana a don Porfirio. Madero encontró el terreno fértil para acabar con el régimen, pero cometió graves errores que lo llevaron al fracaso político y a la muerte después: inocentemente, deja al gobierno porfirista íntegro –sin don Porfirio al frente– en un interinato fuera de lugar (como si no hubiese habido una revolución triunfadora) mientras se llevaban a cabo las elecciones presidenciales, en las cuales re-sultó electo, y luego, incumple los compromisos sociales del Plan de San Luis, que lo enfrentaron con el zapatismo.
Don Venustiano Carranza, ex reyista y terrateniente coahuilense rico de abolengo como Madero, ya presidente, mandó hacer una nueva Constitución, en la cual fueron agregados sin su aprobación, varios artículos radicales y verdaderamente revolucionarios, por un grupo de diputados liberales encabezados por Mújica: el 3º, el 27, el 123 y el 130, que hicieron a nuestra Carta Magna un documento ejemplar para el mundo, pero que Carranza trató de impedir que formaran parte del documento; luego destituye a su paisano el carismático general Lucio Blanco, por haber expropiado una hacienda de Félix Díaz y haberla repartido a los campesinos; después mandó matar a Zapata, que era una verdadera “piedra en el zapato” de su gobierno, por sus pretensiones de repartir tierra entre los campesinos de Morelos; después quiso imponer a su sucesor, hecho que lo enfrentó con Obregón, quien lo mandó matar y se apodera del poder con el Plan de Agua Prieta. Don Álvaro firma con Estados Unidos los entreguistas y vergonzosos Tratados de Bucareli. Después, Obregón impone a Calles, provocando la sangrienta rebelión delahuertista y acaba con los más de 50 generales de su generación que se oponían a su decisión. Finalmente intenta y logra reelegirse y Calles, lo manda matar antes de que tome posesión; después, don Plutarco impone el famoso maximato y gobierna varios periodos hasta que lo exilia Cárdenas. Llega Ávila Camacho al poder con su incomodísimo hermano Maximi-no, psicópata cuyos abusos pusieron en vergüenza al régimen, hasta que lo matan porque pretendía suceder en la presidencia a su hermano, y en su lugar, llega Alemán y sus 40 amigos a la primera magistratura, mismos que formaron la primera generación de cachorros de la Revolu-ción, millonarios en serio, luego pretendió reelegirse sin éxito; siguió el autoritarismo patológico (digno de Porfirio Díaz) de Díaz Ordaz, con la matanza de Tlatelolco; luego, la megalomanía autocrática de Echeverría, que endeudó gravemente al país y que también intentó la reelección, pero fracasó; después llega, el frívolo López Portillo, que despilfarró todos los dólares prestados al país y desperdició la oportunidad de sacar a México de la pobreza…y de ahí en adelante, llegan al poder, todos los presidentes méxico-norteamericanos que se apoderaron del país y lo han estado entregando paulatinamente al país del norte y a los grandes empresarios “nacionales” mediante políticas económicas neoporfiristas, e igualmente, sin disminuir la pobreza de la población. Por todo lo anterior, no entiendo, porqué no permiten que lo que queda de los restos de Don Porfirio en un panteón francés, sean traídos a México. ¿Que los espanta si con honrosas excepciones, han sido peores que el viejo dictador? *Presidente de “Guerrero Cultural Siglo XXI”.

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