José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
Arrebatos carnales / 8
Blasfemo e irreverente pero no (tan) chismoso
Dice Francisco Martín Moreno que, tras la publicación de Arrebatos carnales, “no imaginé que algunos lectores me llamaran irreverente, entre otros calificativos, por haberme atrevido a bajar de sus respectivos pedestales a los grandes protagonistas de la historia de México y por exhibirlos como figuras de carne y hueso, con sus fortalezas y debilidades. No me he arrepentido de haberlo hecho –agrega– ya que con ello logré acercarlos más a nosotros para tratar de entender mejor su entorno y su circunstancia, y justificar, aún más, la admiración o el desprecio que podamos sentir por ellos”.
Olvidábamos decir que, al fin de cuentas, los Arrebatos carnales vienen en tres tomos, el primero de color rojo, blanco el segundo que empezamos a hojear, y el tercero verde (que apenas salió), a modo de la bandera nacional. Los tres con portada plastificada con las letras y el águila repujadas, gordos y anunciando al pie Las pasiones que consumieron a los protagonistas de la historia de México, son un irresistible bocado para los lectores enterados y para los que más bien se inclinan por el chisme trascendental.
Hasta ahora, Francisco Martín Moreno se ha metido en la vida íntima y hasta secreta de varios de nuestros ídolos nacionales, en entramados complejos y tan vertiginosos que no se deciden si son historia y literatura y puede uno quedarse de a seis. El autor ha mostrado y sacudido personajes y circunstancias históricas y, como su arsenal literario es amplio y diverso (chéquese su repertorio de voces narrativas, la aparición de la conciencia o de Dios para sacudir el árbol de lo más secreto…), ha producido un jugo impactante y atrevido, de agridulce sabrosura.
Para demostrar “que no me dejé impresionar por los comentarios adversos”, Martín mandó a la imprenta Arrebatos carnales II. Curiosamente, muchos lo señalaron como “hereje, blasfemo, descarado, insolente, cínico, procaz, sinvergüenza, impertinente y desconsiderado…”, pero no como chismoso. Los datos históricos de cada capítulo se amparan en la amplia bibliografía que aparece al final de los librones que comentamos. Casi siempre, al último, tras la última develación de uno u otro desliz o sobresalto sensual, terminamos sabiendo más de los arrebatados intríngulis y cochinadas de la vida política nacional. Si el lector no “siente” que el maestro José Vasconcelos “era así”, pos que lea lo que escribió Antonieta y se imagine; si duda del “verdadero” sentido amoroso de algunos versos de Sor Juana, que interese por El beso de la virreina, de José Luis Gómez y siga dudando, y si no cree que Pancho Villa se casó titipuchal de veces, pos que lo compruebe en el registro civil.
La última palabra
Buena parte de lo que ocurre en los encuentros emotivos y casi todos los conocimientos y argumentaciones históricas que el autor pone en boca de los personajes como si éstos las hubieran conocido en vida, hablan de una buena interpretación de datos más o menos sabidos o comprobados. Si un chisme evidente vaga por la dinámica narrativa de Martín Moreno es justamente el que corresponde a los encuentros sexuales que el título preconiza. La facilidad con que describe encuentros furtivos, cuerpos, caricias y sensaciones en circunstancias que no están en ningún otro libro (alcoba, celda o testimonio personal), remiten a una imaginación atrevida que se salva por la agilidad de su mirada narrativa y el lirismo con que procesa en el texto los momentos más sublimados de tanta cachondería secreta y estelar. Al final del breve aperitivo que ofrece antes de que pasemos a sus relatos, Martín se acuerda de las críticas que recibió el primer tomo de Arrebatos carnales y propone que “si realmente” es hereje, blasfemo, descarado, cínico, deslenguado, etcétera, “que sea el lector y no yo, quien, como siempre, tenga la última palabra”. Como transcriptores, lo mismo proponemos aquí.
La Güera Rodríguez
María Ignacia Xaviera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco Osorio Barba Jiménez Bello de Pereyra Fernández de Córdoba Salas Solano y Garfias, mejor conocida como La Güera Rodríguez, cuenta su historia en primera persona; ella misma se dibuja en el esplendor de su juventud, sabiduría e influencia:
“Nací con poder político, con poder económico, con poder social y cultural, pero sobretodo, con poder femenino. Todo junto: rica, muy rica, invencible, incontrolable, apetitosa y apetecible, seductora, culta y hermosa, singularmente hermosa… Reina, señora…, titular de vidas, haciendas y países. ¿Quién se iba a atrever a desafiarme si una misiva mía dirigida a los virreyes Antonio María de Bucareli, José de Iturrigaray, Pedro Garibay, Francisco Xavier Venegas, Félix María Calleja o hasta a Juan Ruiz de Apodaca o al que fuera, sí, al que fuera, bastaba para que se cumplieran todos y cada uno de mis caprichos?”.
De pechitos se mete, en su relato, La Güera en la política virreinal, y de cuerpo entero se restrega con la jerarquía católica, que, dice, “toda ella comía de mi mano, desde Matías Monteagudo, El Padre de la Independencia, ex inquisidor y canónigo, hasta el obispo Antonio Joaquín Pérez, de Puebla, o Juan Cruz Ruiz de Cabañas, de Guadalajara, o Miguel Bataller, el temido y aborrecible oidor”… Quizá el de La Güera es hasta ahora el capítulo en que los arrebatos de un personaje y la vida política, militar y desde luego religiosa del país se mezclan y cuecen tan juntos que casi llegan a ser uno solo. Para esto faltó que La Güera Rodríguez hubiera sido coronada Emperatriz, como era su propósito. Es también el capítulo en que los arrebatos carnales, siendo el eje de los retratos, terminan deslizándose a un segundo plano, cediendo páginas al relato histórico por el fuerte atractivo que éste ejerce sobre los lectores –para eso es efectivo su surtimiento de datos históricos, tan compacto, sencillo y eficaz como la receta de un guiso antiguo con varios ingredientes novedosos y permanentemente salpicado por una crítica mucho más virulenta que el chile piquín.
Y eso que el anecdotario sexual de La Güera es holgado y versátil. Va de un marido y un empleado a un cura, de otro marido a un pintor, uno que otro virrey y un puñado de arzobispos, hasta –pasada la coronación de Iturbide– un último marido próspero y aburrido con el que La Güera, aún “soportándolo”, pasó sus últimos días. Ella sólo quiere platicar sobre uno: Ignacio de Iturbide, “el amor de mi vida”. Antes, por fortuna, recuerda los demás.
Antes, echemos un vistazo a lo que escribió Artemio del Valle-Arizpe sobre esta “mujer excepcional”. En el texto de Francisco Martín, La Güera, que está platicándole su vida a sus amigas, cita los párrafos de La Güera Rodríguez, de Valle-Arizpe, como si ya los hubiera leído. Como la belleza y el talento de La Güera empiezan siendo el meollo de esta cuestión, y no obstante las flores con que ella misma se dibuja y celebra, van completitos:
“Desde su infancia fue de la más peregrina hermosura, llamando tanto la atención por la profusión de sus cabellos, que pronto fue conocida en toda la capital del virreinato por La Güera Rodríguez… Poseía doña María Ignacia Rodríguez de Velasco empaque, apostura; una gallardía de rosa de Castilla en alto tallo. El ademán fácil, con un sesgo de malicia, iba de acuerdo con el dicho gustoso y gracioso… ojos azules… Era armoniosa de cuerpo, redonduela de formas, con carnes apretadas de suaves curvas, llenas de ritmo y de gracia… alta no era… Era telenda, es decir, viva, airosa, gallarda. Llevaba todo el rostro siempre lleno de sonrisas.
“El color de sus cabellos, de oro fluido. Hablaba con lengua pintoresca, con mucho chiste torcía el sentido de las voces. La vida le fue siempre dulce y sabrosa. Anduvo a lo holgado y vivió a sus anchuras. Su talle elegante, su rubicundo color, sus ojos rasgados, la frescura de su tez, sus bien delineadas formas, y el más interesante conjunto de gracias, competían con la amabilidad de su carácter, con la dulzura de su voz, con la sutileza de sus conceptos, sagaz previsión, agudeza de talento, rara penetración y práctica del mundo”.
Primeros arrebatos
La Güera contrajo primeras nupcias, a fuerzas, a los dieciséis años. Ella y su hermana María Josefa fueron sorprendidas por el mero virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla “en plena faena” con un par de mozos que acababan de conocer. A insistencias del propio virrey, La Güera casó con José Jerónimo López Peralta de Villar Villamil, en 1794, y su hermana lo hizo con el hijo del marqués de Uluapa dos años después. Como “nos casamos sin habernos abrazado ni besado ni acariciado ni habernos prácticamente conocido”, con la rígida educación religiosa como ancla, La Güera pronto tiene problemas con su marido, al que no tiene empacho en calificar como un “pendejo”. Sin embargo, “a él lo nombraron Caballero de la Orden de Calatrava y el tiempo nos permitió tener tres hijas”: María Josefa, Paz y María Antonia, y un hijo: Jerónimo Villamil y Rodríguez, cuarto marqués de la Cadena.
En 1799 Simón Bolívar visitó Nueva España y le echó los perros a La Güera, que, a los veintiún años, lo vio muy chamaco y no le dio entrada. “Jamás me tocó, ni lo hubiera permitido”, afirma airosa. Por sus cartas vanidosamente comprobó que El Caraqueñito “se había ido a Europa enganchado, sin que la memoria le concediera tregua alguna para dejar de recordarme”.
La Güera también desmiente que haya tenido relaciones sexuales con Alexander von Humboldt, quien “si bien era apuesto y elegante…, no le atraían las de mi sexo”. “Ni modo, chicas –dice La Güera a sus amigas–, todo lo demás son fantasías e infundios”.
Un plan sacerdotal
Ese año, “el ampuloso canónigo de la Catedral Metropolitana” José Mariano Beristáin de Souza pidió a La Güera y a su marido –su amigo y compadre– lo “albergue en nuestra casa durante el día, para que pudiera dedicarse en cuerpo y alma a sus estudios bibliográficos, en tanto terminaban la biblioteca catedralicia”. Después, el cura “pidió a mi marido autorización para pernoctar en nuestra casa con tal de no perder tiempo y poder trabajar en las noches”. Cierta tarde, aprovechando que el marido tuvo que salir a Querétaro, el cura pidió a La Güera que por favor le baje un libro de los estantes altos, y ahí la atrapó. Le dio reverendo faje y la ama de casa respondió “como quise, dócil, maleable, obsecuente, cariñosa e incondicional, porque se trataba nada menos que de un sacerdote de la alta jerarquía católica de la Nueva España”. Se entregó una noche y otras más, “esperando a que mi marido no volviera de Querétaro jamás”.
Apagado el fuego con su “maestro” Beristáin, La Güera conoció al doctor Mariano Seret, El Pelón, “con quien me fui a la cama el día en que nos conocimos al terminar una misa…, donde fui presentada a este garañón que no conocía ni tenía la menor noción de la piedad”.
Pero de esta y otras revelaciones carnales de La Güera Rodríguez platicaremos la próxima pozolada.




