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El mar, el sol y la arena de Acapulco siguen siendo para todos los sectores sociales

Karla Galarce Sosa

“¡Aviéntate, aviéntate!”, le gritó Luis a Santiago desde el agua en playa Tlacopanocha. “Nel, luego me duele, está bajito”, contestó reservado desde el malecón y cuando recién se acercaba una ola que rompió estruendosa en la arena.
Los gritos de niños y adultos se escucharon al unísono, varios fueron arrastrados o revolcados.
Luis, Santiago y cuatro niños más saltaban del extremo más cercano a la playa del malecón, utilizaban las escaleras de ascenso y descenso de pasajeros de lanchas y yates como trampolín. Se convirtieron en “cazadores de olas” durante toda la mañana, hasta que el padre de Santiago fue por ellos para comer pasadas las 3 de la tarde.
La tradicional playa Tlacopanocha, ubicada en el corazón de la ciudad, recibió ayer a un mayor número de bañistas locales a escasas familias de turismo nacional y a un extranjero que caminó, sin detenerse por la playa rumbo a la avenida Costera.
La indumentaria de la mayoría de los bañistas, no era tan atrevida como la que portan los turistas en la zona Diamante o parte de la zona Dorada.
En Tlacopanocha había mujeres que nadaban con vestidos o largas bermudas, niños que utilizan pantalones y playeras de manga que cubrían por completo sus brazos y adolescentes que usaban mallones para nadar.
Aunque sin música que ambientara a la franja de arena como en las famosas playas Copacabana, Condesa Icacos, o la mismísima Caleta, a donde se instalan enormes bocinas con todo tipo de música, Tlacopanocha cuenta con una amplia variedad alimentos que los vecinos de los barrios tradicionales preparan al momento y venden a precios accesibles.
Aunque esa playa carece de un mercado de artesanías cercano, o un parián de artesanías en la playa, las ramas de árboles cercanos –ceibas y almendros– sirven de exhibidores para diversos artículos de playa como flotadores, salvavidas, juguetes y atuendos en general. Los árboles parecen adornados con globos e inflables desde que los comerciantes los cuelgan para la venta diaria.
Las artesanías son ofrecidas por un comerciante que llega a remo a bordo de una panga, no obstante sólo se queda en ella durante unos minutos en la arena y se va, sin anunciarlo con el llamado del caracol.
La playa no es el único distractor de los visitantes y citadinos en el centro de la ciudad, todavía se observa a niños y adultos pidiendo arrojar una moneda al agua a los turistas, para que ellos la busquen a pulmón y sin visores bajo el mar.
También hay familias que con pequeños anzuelos pescan desde la orilla del malecón con hilos y finas cuerdas de pescar.
El desfile de turistas cesó antes del mediodía, pues el sol de las 3 de la tarde obliga a cualquiera a esconderse bajo la sombra de un árbol, hacerse a la mar a bordo de algún yate o arrojarse al agua desde el malecón sin pretexto alguno.
Los vendedores de boletos ofrecen paquetes promocionales a los escasos peatones que osados, caminan bajo el inclemente sol para disfrutar del paisaje que ofrece un solitario paso peatonal en el malecón. Sin embargo, sólo llegan al abordaje los turistas que desde sus hoteles contrataron los paseos, las lanchas o los pequeños yates para continuar disfrutando del “calor de Acapulco”.

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