PÁGINAS DE ATOYAC
* Esos jardines de la sierra
Víctor Cardona Galindo
El titix es la repepena de la amapola. La cuarta rallada.
Hace mucho tiempo, allá en la sierra, en la casa de la abuela había amapolas moradas, rojas, anaranjadas y blancas. Se veían muy bellas en el jardín. Muchas veces nacían solas y brotaban de la basura húmeda. Pero un buen día alguien mal aconsejó a los hombres y se fueron al Filo Mayor a sembrar flores. Así comenzó un negocio lucrativo, de sufrimiento y miedo.
Vinieron extraños compradores de la goma y enseñaron a los lugareños a sembrar. Se incrementó la venta de mangueras y de fertilizante que iba para el Filo Mayor. Porque la mejor cosecha es la que se da por riego. Dicen que en la temporada de lluvia la goma es aguada y tiene menos precio.
La década de los ochentas fue la época de oro para el sector amapolero, no hubo Procampo que lo fomentara ni apoyos emergentes y tampoco la Secretaría de Agricultura constituyó una cadena productiva. El cultivo floreció en el sentido literal y figurado de la palabra.
En ese tiempo un kilo de goma de opio llegó a costar 40 millones de los viejos pesos, a pesar del bajo valor adquisitivo que tenía nuestra moneda, eso era mucho dinero. Hubo quien cosechó hasta 5 kilos y los colocó en el mercado.
La ciudad de Atoyac se llenó de sierreños, que vestían ropas caras y extravagantes. Con sombrero tejano, botas y cinturón piteado. La palabra “vale” se escuchaba por todos lados y los Vales, como se les denominó a los habitantes de la sierra alta, podían pagar bien los productos y las mercancías.
Se incrementaron las historias de valor y muchos adolescentes querían ser amapoleros.
A un compañero de la secundaria lo mataron los soldados en el Filo Mayor cuando regresaba del plantío a su pueblo. Era muy joven e inteligente, de una gran calidad humana y quedó tirado acribillado por la tropa en una ladera hasta que lo encontró la familia después de una exhaustiva búsqueda.
Acá en El Bajo cuando llegaba un nuevo rico había fiesta, mandaban traer a un guitarrista para que amenizara la parranda que duraba días. El hombre traía muchos billetes.
Un niño que usaba una cadena de oro gruesa en el cuello, decía que su papá tenía mucho dinero porque sembraba pipisa. Algunos ganábamos un dinero extra haciéndoles las tareas de la escuela a esos compañeros que traían cadenas de oro y trajes caros. Algo nos tocaba de esa prosperidad.
En El Ticuí, en los años ochenta y hasta principios de los noventa, eran cotidianos los sobrevuelos de los helicópteros de la Procuraduría General de la República, bajaban en el campo de aterrizaje y por las mañanas emprendían el vuelo hacia la sierra, de donde volvían hasta la tarde. Esos helicópteros eran una plaga para los jardines de la sierra y eran vistos como sinónimo de pobreza.
Se notaba cuando era la temporada de la cosecha amapolera, sobre todo en los cabarés como El Agua Azul, Las Vegas, El Impala, El Tiburón y La Copa de Oro sus sinfonolas, a todo volumen, escandalizaban con los corridos que escuchaban los sembradores. Muchos duetos y guitarristas recorrían los restaurantes y cantinas contando con música las historias de los narcos famosos. Corría mucho dinero. Por el camino a la sierra imperaban las camionetas Cheyennes del año y las antenas parabólicas adornaban hasta la más humilde casa.
Un nuevo rico mandó hacer libros de yeso y los empotró en la pared, todos los clásicos desde Shakespeare, Cervantes y Tolstoi estaban puestos finamente en un librero. Se veían bonitos pero no se podían leer.
Desde aquel tiempo el procedimiento ha sido difícil. Subirse una temporada a la sierra, buscar la falda de un cerro que sea inaccesible para el común de la gente, sembrar melgas de amapolas, regarlas con rehiletes, fertilizarlas y cuidarlas con rifle en la mano. Al principio no había tanto cuerno de chivo como ahora, aunque siempre ha sido regla que en la primera cosecha “hay que comprarse su buena armita, es indispensable para el trabajo”. Y cuidarse cuando ya está por dar porque a veces otro más vivo puede robarse la cosecha.
A Porfirio lo mataron “por tener una buena planta”. Cuando ya iba a cosechar lo esperaron en el camino y lo asesinaron a tiros. Con su cosecha de ese año le hubiera ido muy bien.
Siempre se han enrolado muchos jovencitos como ralladores y es que allá en El Filo, pagan el día al doble y con las comidas. Regresan con buenos billetes para beber y presumir la buena pistola o quedar muertos en un pleito de borrachera.
Desde 1996 al 2010 la plaza principal de la ciudad lució una fuente con figura de amapola. El arquitecto Hilario Arroyo, constructor del Zócalo, quizá sugirió con ese diseño que no sólo de productos lícitos vive Atoyac.
Esos jardines de la sierra dejan todavía una gran derrama económica: “Cuando les va bien a los de la sierra alta nos alivianamos todos”.
Para un sembrador de amapola la vida no es fácil. Se preparan con tiempo, compran latas de sardinas, atún y chiles en vinagre. Allá en la siembra se sufre. Con frecuencia se malpasan y su dieta la complementan con “la cacería de algún animalito”. A veces se comen las tortillas hasta con moho, porque se tienen que ir muy lejos para que los militares no puedan dar con el plantío. Buscan lugares propicios entre los riscales, “en lo más feo de la sierra para que el gobierno no destruya las plantas”.
Una vez ubicado el lugar se limpia como si fuera un tlacolol, porque el cultivo es similar al del maíz. En ocasiones se hacen hasta tres horas de camino del último pueblo. Son tres meses de sufrimiento y únicamente bajan lo indispensable para llevar comestibles y a ver a su familia. A veces piden fiado para poder sobrevivir y cuando venden la mercancía pagan sus deudas. “Ese dinero muchas veces no luce porque en los pueblos de la sierra la gente va sobreviviendo nada más. Son pocos los que administran bien su dinero”, dice una mujer que sabe lo que es sufrir en la sierra.
Los insumos y enseres los suben caminando entre riscales y cargándolos penosamente. Corren los peligros que conlleva vivir tanto tiempo en el monte, de vez en cuando los bajan picados por una víbora o por un alacrán. Se topan con los jaguares que viven en el roquedal, “afortunadamente no se han comido a nadie, aunque no deja de dar miedo”.
Los amapoleros duermen en cuevas y trabajan en esas cañadas cuidándose del gobierno porque si los agarran se pasan de cinco a seis años en la cárcel.
Hay diversas variedades de amapola, las más populares son la morada, la blanca y la roja; según un experto en el cultivo: “La más rápida es la roja a los tres meses ya se está cosechando. La blanca se lleva de cuatro hasta cinco meses para poder ser rallada”. Previo a lo cual “se hacen los ralladores con esquinitas de navajas de rasurar y se empotran en rajas de ocote. Se raspa con delicadeza menos de medio milímetro porque si se pasa de la medida se ahorca el bulbo y se seca, es muy sensible por eso se tiene que ser muy cuidadoso al hacer la ralladita, se prueba la navaja con el dedo, que sólo corte la piel de arriba. “Luego para recoger la goma, a un bote de chiles en vinagre se le hace una V para que pase el bulbo con suavidad y recoger la goma. Si es en las secas, se ralla y al día siguiente se recoge la goma, pero si es en temporada de lluvias la goma se recoge a las tres horas, porque si llueve se cae la gomita”.
La goma de opio que se cosecha en temporadas de lluvias es más aguada por eso es más barata. El peso de la goma depende de donde se produzca, porque si el terreno es duro la goma es más pesada. La que pesa mucho es la que se da en tierra roja, “en un terreno de 20 por 20 de tierra roja se da un kilo”.
Y si es tierra blanda (tierra negra) se necesita un terreno de 30 por 40 para un kilo. “La amapola blanca y la morada son más tardadas pero son más aguantadoras y rinden más”.
Ahora la semilla es barata con 500 pesos se puedes comprar aproximadamente un kilo. Para sembrarla se hacen camellones para la siembra. La amapola es muy frágil se quiebra con mucha facilidad. La semilla es como la mostaza, cuando se siembra, se tira espolvoreada con los dedos para que caiga en donde sea. Se desparrama con los dedos, ya cuando nació se deshija a los 15 días o más, quitando las matitas que estorban se hacen los surcos para cosecharla con facilidad.
Oliendo la goma varía el efecto. Algunos pueden sentirse livianitos como el aire, no se siente el cansancio. De los ralladores son pocos los que se narcotizan, “a muchos ya ni les hace. Esa gomita que huele como a humedad penetrante”. Cuando está chiquita muchos se comen la hoja, “sabe a lechuga”.
“Con una navaja hacen cuidadosos cortes horizontales en la bolita en la que están los pétalos, y le ponen al pie de la planta un bote en el que va cayendo gota a gota la goma de amapola”. Escribió Ezequiel Flores (El Sur 30/08/2005).
En el 2005 la goma se cotizaba “en 10 mil pesos en temporada de lluvias y 20 mil pesos en temporada de sequía; esta cantidad procesada representa 100 gramos de heroína en polvo”.
“De una hectárea se pueden extraer 15 kilos de un opio lechoso, similar a la savia, de la vaina de la flor que se usa para producir heroína y un plantío de estas características puede aguantar de 5 a 6 cosechas o rallas”.
A principios del 2011, en las secas, el kilo de goma estuvo a 26 mil pesos en el mercado local. “En las aguas casi no es negocio sembrar porque la amapola se hace poca” y en el 2010 la gomita que se cosechó en temporada de lluvia se vendió a 11 mil pesos el kilo.
Durante la temporada de lluvias del 2011 el kilo de opio estuvo a 8 mil pesos y en la cosecha del primer trimestre del 2012 el precio varió de 15 a 20 mil pesos según el patrón.
Para procesarla se necesita alcohol, sal y cal. El tiempo para hervirla depende de la textura de la goma si está aguada o dura. De un kilo se reduce hasta 250 gramos. Después de hervirla se tuerce en un trapo, lo que sale es tierra, se asolea y de ahí sale el polvo blanco que es la morfina. Después de ese trabajo rudimentario lo que sigue es cosa de especialistas. El valor del polvo en el 2011 tenía un costo por gramo de 100 pesos, en el mercado local. En la frontera norteamericana se cotiza en dólares.
El corrido que cantan Los Armadillos de la Sierra, “De la semilla a la bola” es ilustrativo de ese cultivo de alto riesgo: Me la rifé cuatro meses/de la semilla a la bola/mojadas y mal pasadas/chula se dio la amapola/cayeron cerca los guachos/dejamos la planta sola.
Estaba bien agüitado/tanto trabajo pa’ nada/ y que se me ocurre un plan/tenía que actuar de volada/ vamos a rallar de noche/ aunque la goma esté aguada. Le puse doble navaja/ a todos los ralladores/tiene que chorrear a gusto/ así le dije a los peones/ no tengan miedo compitas/tan dormidos los pelones.




