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Raymundo Riva Palacio

ESTRICTAMENTE PERSONAL

*Peña, ¿adiós a la tríada?

La Presidencia tripartita era un dogma en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Su diseño era el de una burbuja donde había delegado el trabajo ejecutivo entre sus tres pilares, que además de sus tareas diarias, tenían que cumplir con otras obligaciones: el secretario de Gobernación como encargado de las negociaciones en el Senado, el secretario de Hacienda como responsable de las negociaciones en la Cámara de Diputados, y el jefe de la Oficina de la Presidencia, a quien le encargaron la relación con los líderes de los partidos. Los tres jugaban con los actores políticos, interactuaban con ellos e impedían que entraran de manera regular a la oficina presidencial. La Presidencia Tripartita era monolítica, donde sólo a veces permitían asomarse, con voz y voto, al consejero jurídico, Humberto Castillejos, y a Francisco Guzmán, jefe de asesores. De ahí en fuera, nadie más.
La toma de decisiones las tomaba ese pequeño grupo, donde había fricciones que resolvían con sus acciones compartimentadas. La tríada era a quienes les creía todo. Las quejas sobre el secuestro del presidente por ese trío iban creciendo, desde los grupos de interés que por definición resintieron el cambio en el acceso al jefe de Los Pinos, hasta aquellos durante años cercanos, que ya no eran escuchados. El Peña Nieto de la Presidencia no era el Peña Nieto en el estado de México. Incluyente en Toluca; excluyente en la ciudad de México. Insensible a la crítica –entre otras cosas porque prácticamente no lee nada, y los informes que le llegan todos los días están edulcorados y alineados a una agenda de propaganda en televisión–, no parecía que nada podría hacer mella en esa muralla.
Pero la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán, que lo pescó en el aire mientras viajaba con casi todo el gabinete de seguridad a Francia, podría ser, como una primera hipótesis de trabajo, el parteaguas de su administración. Quien vio a la comitiva en París, la notó nerviosa y sumamente seria. Paradójicamente, El Chapo lo colocó en una realidad que difícilmente había visto: que su método de conducción política endogámico, no daba para más. La fuga le arrebató al criminal y lo dejó sin brazos operativos. Durante más de medio año mantuvo acéfalas posiciones clave en el gobierno y contuvo ajustes en el gabinete o nombramientos estratégicos como el del embajador en Estados Unidos, manejando sus propios tiempos políticos.
Qué pasó por la cabeza del presidente durante todos estos días, sólo él lo sabe. Pero lo que se ve hacia fuera es un cambio radical. Dos designaciones reflejan que las cosas se modificaron sustancialmente en Los Pinos. La primera es el nombramiento de Miguel Basáñez como próximo embajador en Washington; la segunda, entregar el PRI a Manlio Fabio Beltrones. Las dos decisiones están por fuera de la lógica de poder de la Presidencia tripartita que asumía el poder como si el mandato lo tuvieran ellos.
Basáñez no sale de ese grupo. Las ternas que trabajó Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia, no lo tenían integrado como una opción. Basáñez, entre otras cosas, no pertenece a la generación de la tríada, pero si al entorno familiar de Peña Nieto, a quien conoció de muy joven, en los inicios de su carrera política, al haber trabajo estrechamente con su tío, el ex gobernador mexiquense, ex secretario de Estado y aspirante derrotado a la candidatura presidencial, Alfredo del Mazo González. Su designación cortó las maniobras políticas del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, que buscaba en esta melé sacar el mejor provecho de la crisis política tras la fuga de El Chapo Guzmán, y despresurizó la lucha soterrada con su gran amigo, el secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, que se inclinaba por el cónsul en Los Angeles, Carlos Sada. Peña Nieto regresó al abrevador mexiquense y escogió a uno de los suyos, no a uno de los que buscaba la Presidencia tripartita.
El caso de Beltrones es similar. “¿Al PRI –decía uno de los más cercanos al presidente antes de la elección del 7 de junio–, ni locos”. El PRI, sin el candado para impedir que el presidente aspirara a la candidatura presidencial, era considerado en el equipo peñista como una jugada de muy alto riesgo. Amigos del presidente fuera de influencia de la tríada, llegaron a sugerirle que lo considerada, pero Peña Nieto no mostraba ni con gestos lo que pensaba. Las veces que Beltrones o algún otro líder priista buscó encontrar una señal, se topó con un muro. Todavía el miércoles a media mañana, el futuro era tan incierto, que en los últimos días Beltrones se dedicó a arreglar sus oficinas privadas.
Con Beltrones jugó como lo hizo con Basáñez, por instinto de sobrevivencia y trascendencia. Por un lado, se puede ver la necesidad de oxígeno por fuera de la Presidencia tripartita, que en materia de resultados está en déficit durante la primera parte del sexenio, y por el otro, la necesidad de poder contar con voces fuera de esa triada con las cuales interactuar. Para muchos, dentro y fuera del gobierno y del PRI, es una buena señal la que manda el presidente con las dos designaciones recientes. Cambiar un modelo que se agotó en la conducción del país, también. Peña Nieto recupera la Presidencia única con dos pequeños golpes de timón. Lo suficiente. El del mandato es él; nadie más. A quien se juzgará por los resultados es a él, no a una    tríada, por más poderosa que haya sido.

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