Federico Vite
Sobre la nada
Empacados al vacío. Ensayos sobre nada Cuadro Negro, México, 2015, 240 páginas.), de Brenda Ríos, es un documento que reúne 90 ensayos, textos breves en los que aborda tópicos diversos y socava la memoria desde diversos escenarios o ejes de reflexión.
De la literatura femenina pasamos al fenómeno visual de los intelectuales, volvemos al amor, a la soledad, a la infancia, a la amistad, a los artistas, el transporte público, las ciudades y el sexo. Presenciamos confesiones, como en el texto Desviación de la tesis I, en las que la autora advierte guiñando el ojo al lector, su amigo, su igual: “ […] yo sé de estas cosas raras de mirar, reconocer y casi —sin que nadie lo perciba— mirar de soslayo para no quedarse ahí , en ninguna parte”. Este libro es un concilio de miradas, tanto internas como externas, que dan cuenta del pulso en ciertos paisajes, micros-macros, que Ríos desmonta con la intención de entender qué tipo de procesos fisiológicos hay en ellos, pareciera un tratado de lo endógeno, aunque puesto en palabras de la autora la definición es minuciosa: “una cirugía elaborada y lenta, para no saber que el corazón explota a la mitad de su exploración”.
Empacados al vacío está hecho esencialmente con la intención de comunicar pulsiones vitales y lo logra. Ríos dispone, a manera de crónicas, cartas, fragmentos de una bitácora de viaje o anotaciones del diario personal, los elementos que componen estas variaciones sobre el espíritu de su tiempo. Deambula entre la máquinas de una época capitalista, glamurosa, tecnológica, sensible, cinematográfica, una época caracterizada por lo efímera. Ríos contempla las objetos y las personas, los escenarios por donde transitan estos personajes, para encontrarles el punto ciego; desde ahí genera las derivas de su pensamiento. Estamos ante ejercicios de la vista asistidos por la reflexión.
En un continente literario vano, como es el nacional —preocupado más por la geografía de los autores y el impacto mercadológico de ciertos libros, acongojado más por la burocracia de la literatura, es decir, someter los actos lúdicos de la lectura y la escritura a una obligación, porque eso propicia una exigencia absurda del deber leer los textos que ganaron un premio, del deber leer los autores que obtuvieron becas, el deber leer las libros que alguien, muy conectado en la farándula, se ha empeñado en reseñar defendiendo la indefendible la reproducción de temas y estructuras en las que se encuentra la producción editorial nacional. Hablo de un continente literario que gozosamente produce libros para ingresar a un sistema de competencias y que esta forma de expresión humana no busca una medalla sino comunicar. Por esos motivos, mi regocijo es doble al celebrar el nacimiento de un volumen cuyo interés sea el de comunicar con el tono aséptico de un cirujano juguetón, a ratos melancólico, que no recurre al melodrama para conmovernos, y da fe y testimonio de los hallazgos luminosos por donde también transita la vida. Es curioso que a pesar de que los libros remitan a personas, a libros, películas, objetos y afectos, en el fondo todo lo que los contiene, bien señala Ríos, es el lenguaje. Cito a la autora: “Existir es un hacer cohabitar nuestra mortalidad con la inmortalidad de la literatura”. Puesto así, Empacados al vacío podría comprenderse como esa cadena de migajas dispuestas sobre el bosque que nos conducen a nosotros mismos, a los simulacros que ejercitamos para redefinirnos. “Lo más cuidado que tienes es tu sueño. Tus conceptos totales. Tu almohada de satisfacción personal. Sonríes porque eres grande y tus reglas se asoman por debajo de la colcha para que no olvides los caminos correctos del crecer”, dice Ríos.
Se agradece el tono confesional del libro, la seriedad con la que desmenuza la inconformidad constante de quien trata con humanos, veo en esto un generoso símil del oficio de cantinero. Ilustro mi opinión con una cita: “Un artista puede darse el lujo de ser un patán, un macho, un galán de quinta, un seductor de clichés (que a veces funcionan) porque es un artista, y hay que caminar en algodones cuando ensaya horas en el violín, o se encierra a escribir o pintar; hay que perdonarle que olvide ser buena persona porque su arte justifica sus groserías y su falta de respeto ante los demás (sean o no artistas también). Los mitos de los grandes son como sombras ineludibles: si tenemos como referencia a Picasso o Lautrec o Rimbaud o Rivera y estas referencias operan sobre nuestra sensibilidad y capacidad de abstracción del mundo olvidando nuestro propio aparato emotivo y crítico, tenemos problemas”.
Este no es un libro de netas al estilo Jordi Rosado, documentos como el del comunicador cómico hay muchos. Pensemos en las raíces de un árbol que rompen el concreto, esa sería la imagen más aproximada de Empacados al vacío, una reunión de textos que buscan salir del raigambre, porque su manera de tocar el mundo es ésa: irrumpir para acompañarnos, como tener un amigo capaz de sorprender constantemente por sus dudad vitales, sus oleajes poéticos. Para justificar mi afirmación, nuevamente cito a la autora: “Podría ir al centro comercial, sentarme en algún lado a mirar los hombres de otras, hombres jóvenes y viejos detrás de las carriolas de marca, detrás de niños rosáceos sobrevitaminados, hombres que dicen sí a todo, aceptando la vida que pasa…”.
Otro rasgo a destacar es la prosa de Ríos, clara, sin la pirotecnia que apabulla al lector con retruécanos o excesos literarios; no posee la gracia de esos textos que engolan el lenguaje sólo para simular sapiencia, hipersensibilidad o amplísima competencia lingüística. El carácter de este libro bien podría encontrarse en el símil de la olla express: hay un cuerpo que está siendo pasado por fuego sobre la estufa; vemos el empaque metálico, cerrado, lo único que conocemos de eso es el olor esencial de la cocción y nos llama. Empacados al vacío conecta con el lector de forma primigenia, porque la autora pondera en este volumen la gracia que hay en las heridas. Su libro es de carne, una sensibilidad que palpita al reconocerse como objeto de lo humano sintiendo el peso de nuestra mirada. Es un documento que nos recuerda que la conversación es la materia del canto.




