Alarma al fílólogo Ernesto De la Peña el retorno del PRI; es un partido ventajista, dice
Silvia Isabel Gamez / Agencia Reforma
Ciudad de México
Aquí está, amparado por sus dioses tutelares: a su derecha, Wagner, y al frente, el gran Dante. Ernesto de la Peña, políglota y filólogo, no dicta cátedra, detesta la pedantería. “Aprender es darse cuenta de los océanos de ignorancia en que uno vive. Es un hecho lamentable, pero así es”.
En noviembre cumplirá 85 años, pero desde que tenía 40 en cada década ha sufrido una crisis de salud. Acaba de remontar una más que lo ha dejado con los riñones dañados y el corazón crecido, obligado a someterse a diálisis y estar conectado a un tanque de oxígeno. “He estado al borde de la muerte varias veces, pero no se olvide de que mala hierba…”.
Por su estado delicado, no podrá viajar para recibir el Premio Internacional Menéndez Pelayo, un galardón que lo honra, afirma, porque desde joven admiró al erudito español, “un prosista maravilloso”. Desde Santander, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo informa que aún no existe una fecha de entrega, pero será en el curso de julio o agosto.
Es martes y en su oficina se vive también la resaca de las elecciones. “Me preocupa (el regreso del PRI a la Presidencia) porque por una larga experiencia sabemos que es un partido ventajista y que ha hecho muchas trampas. Independientemente de eso, yo creo que Peña Nieto no tiene la estatura para ser un gran presidente”.
La vuelta del PRI se explica en parte porque México es una nación que olvida pronto los agravios. “El mexicano es un pueblo sin memoria”, lamenta.
Si aprendió más de 30 lenguas, desde el copto hasta el catalán, no fue por disciplina, sino por puro gusto. “Quería leer a los grandes autores en su lengua original. Y es para mí un placer, intransmisible si quiere, leer a Homero, Virgilio, Dostoievski, Shakespeare, Racine, en su lengua”.
Cuenta que su admiración por el romano Apicio y su obra De re coquinaria, considerada el primer recetario occidental, hizo que buscara reproducir, con un grupo de “tragones” que se reunía en su casa, recetas como el hipocrás, un vino tinto con especias.
Al glotón ilustre que fue De la Peña, los médicos lo tienen acotado. “He bajado mucho de peso, pero antes lucía una muy sabrosa y muy cara panza”. Su debilidad eran el paté de ganso y el caviar. “Es por respetar la dieta que estoy aquí y pienso seguir”.
Ahora está encantado con la novela de Jonas Jonasson, El abuelo que saltó por la ventana y se largó. “Pienso leerla rápidamente porque el puro título es un estímulo”. No tiene cien años, como el protagonista, pero confía en llegar a cumplirlos.
Antes que nada, el joven Ernesto de la Peña quería vivir. “Y he vivido. Decía un amigo mío: tú has vivido de día y de noche”. El tiempo le alcanzó para un pasado parrandero, “la duda ofende”, donde bailó con entusiasmo el tango y el chachachá.
“Cuando entraba al Club de los Artistas, la orquesta me reconocía y empezaba: ‘el profesor se encuentra aquí/ el profesor de chachachá’. Yo me meneaba pa’cá y pa’llá feliz de la vida”.
Desde hace 29 años está casado con María Luisa Tavernier, especialista en vinos, maestra en letras españolas. “Ha sido mi complemento, mi compañera, mi amiga. Todo”. De sus anteriores uniones tuvo tres hijos: Mireya, ya fallecida; Ernesto –director del Centro Cultural Ignacio Ramírez El Nigromante en San Miguel de Allende–, y la menor, Patricia.
En el terreno de los pendientes, confiesa que le faltó viajar. “No conozco Londres ni San Petersburgo ni Suiza. Y lo que visité lo disfruté a medias, porque en mi primer viaje a Europa con María Luisa pesaba cerca de 120 kilos, caminar una cuadra era un esfuerzo”.
Estudioso y traductor de la Biblia, es un católico que se volvió agnóstico. “Como argumentación es resplandeciente, pero es bordar sobre el vacío. A mi juicio, la existencia de Dios no es demostrable. Desgraciadamente, creo que todo acaba aquí. No me resigno, pero creo que así es”.




