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Julio Moguel

Pedro Páramo y Fidel Castro (Paréntesis sobre literatura e historia)

Hacemos un paréntesis en esta colaboración, acostumbradamente política, para acercarnos a dos grandes acontecimientos de la historia moderna de México, América Latina y del planeta, no interconectados entre sí pero que pueden tratarse en este medio de manera conjunta por ser hechos cumpleañeros en este 2015, a saber: los 60 años de la aparición de Pedro Páramo, y los 89 cumplidos en días pasados por el cubanísimo Fidel.

Pedro Páramo: 60 años

Digámoslo pronto y sin temor alguno a cometer alguna pifia informativa: la novela de Juan Rulfo, aparecida por primera vez en edición del Fondo de Cultura Económica en 1955, constituye la obra mayor de la literatura mexicana de todos los tiempos, en niveles y logros que aún en nuestros días, a los 60 años de su aparición, sigue ofreciendo innumerables sorpresas a sus cada vez más numerosos lectores nacionales e internacionales. Dicho en los términos de Víctor Jiménez: “La fascinación de la obra no cesa y cada época aporta a su lectura nuevos ángulos de análisis”. Con las consecuencias expansivas de la referida fascinación en el plano nacional y planetario, concretadas en el hecho de que la novela “alcanza ya más de 80 traducciones diferentes a unos 40 idiomas y se encuentra a la venta en casi un centenar de países” (Víctor Jiménez, “Pedro Páramo: 60 años”, prólogo de libro de mismo título que, en edición de RM, está por circular en librerías).
Esta vía de implantación –y de reconocimiento– de Pedro Páramo en todo lo redondo de la Tierra corre, con aparente paradoja, en sentido contrario a cualquier esfuerzo institucional por difundirla o promoverla (léase este esfuerzo en su variante gubernamental o en la de alguna entidad privada que buscara propagarla o “mercantilizarla”), pues lo que hace crecer sus ediciones nacionales y de ultramar es la propia exigencia o demanda de la gente, crecientemente dispuesta a devorar de ella cada una de las letras y líneas de sus 69 fragmentos.
(El tema de la obra de Octavio Paz resulta altamente contrastante: premio Nobel de literatura y obsesivamente propagandizado por los medios oficiales, mantiene una clara tendencia decreciente en cuanto a sus capacidades o posibilidades de impacto. Las numerosas encuestas que en los últimos años se han aplicado en México y en el extranjero –en y desde España y México– sobre el tema indican que pocos lo conocen e identifican y que más pocos lo reconocen).
Dos libros vienen ahora a dar nuevas luces sobre la novela del escritor jalisciense. El primero, signado por el propio Juan Rulfo, que lleva por título Pedro Páramo en 1954 (editorial RM, 2014). Éste contiene los adelantos (fragmentos) de la obra publicados en diferentes revistas un año antes de su aparición en el Fondo de Cultura Económica; contiene también el borrador de la novela presentado por su autor al Centro Mexicano de Escritores (institución de la que entonces Rulfo era becario). Tres textos acompañan la obra: de Jorge Zepeda, “Itinerario de un texto”; de Alberto Vital, “De Tuxcacuesco a Comala. Los nombres en el camino a la creación de un lenguaje propio”; de Víctor Jiménez, “Pedro Páramo en 1954”.
El segundo libro es coordinado por el ya mencionado escritor Víctor Jiménez, y está por aparecer en librerías. El título: Pedro Páramo: 60 años (también publicado por la prestigiada casa editorial RM).
Con ensayos de especialistas de diversas nacionalidades sobre la novela de Rulfo, se convertirá sin lugar a dudas en un texto de lectura básica para quienes gustan leer buena literatura (o buenos ensayos sobre literatura). Con autorías del propio Víctor Jiménez, Jorge Aguilar Mora, José Miguel Barajas, José Luis Bobadilla, Dylan Brennan, José Carlos González Boixo, Paulo Moreira, Fukumi Nihira, José Pascual Buxó, François Perus, Francesca Polito, Adrián Gerardo Rodríguez, Victoria Saramago, Alberto Vital, Douglas Weatherford, Heriberto Yépez, Jorge Zepeda.
(Los días 20 y 21 de agosto el libro será presentado en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México).

Los 89 años de Fidel

Todos los grandes hombres son bêtes; todos los hombres representativos, o representativos de multitudes. Es un castigo que Dios les inflige. Charles Baudelaire.
Debe ser muy cómodo llamarse Fidel, a menos que los apellidos que sigan a estas cinco letras sean, consecutivamente, Castro y Ruz. Porque cargarlo, como lo carga el de la Isla, debe generar una especie de vértigo sobrehumano. ¿Cómo verse en el espejo e identificarse con esa imagen que todo mundo ha visto y reconoce, en sus variadas formas por el correr del tiempo, desde hace alrededor de 60 años? (El asalto al cuartel Moncada se llevó a cabo el 26 de julio de 1953). ¿Cómo despertar una y otra vez, cada día desde los 62 años transcurridos a partir de ese asalto aventurero, ya con 89 años a cuestas, diciéndose, sin que para ello sea necesario pronunciar una sola palabra: “Yo soy Fidel Castro Ruz”?
El nombre –este específico nombre– se separa de su dueño y se convierte en signo, símbolo, marca. Poder autonomizado que ya no le pertenece a quien lo porta, sino a muchos. ¿Muchos? Para ser más precisos: a millones, y de diferentes épocas, que viven o han vivido dentro y fuera de Cuba.
Pero en este caso no sólo el nombre. También la imagen. Porque, ¿quién no reconoce de un solo golpe de ojo, en foto, afiche, pintura, dibujo, video, televisión o cine al magnífico barbudo? Seguramente hay algunas áreas del mundo en las que la imagen referida no alcance a reconocerse o a identificarse de inmediato, pero podemos apostar que estas áreas son apenas unos cuantos lunares en el monstruoso cuerpo planetario.
Grave problema entonces debe ser llamarse y tener la imagen inimitable de Fidel Castro. Y no, por supuesto, para el mundo que lo mira, sino para quien, portando imagen y nombre, se observa en el espejo y dice (seguramente sin decirlo o sin hablarlo): “Yo soy él: el del cuartel Moncada; el que se remontó a la Sierra Maestra para hacer una revolución social y derrocar a Batista; el primer jefe de Estado de América Latina que habló y delineó una perspectiva de gobierno socialista; el que retó a muchos poderosos de la Tierra e incendió varios llanos y sierras con las armas guerreras de su pueblo; el que confrontó durante décadas al terrible Imperio mayor de Norteamérica (marcando sus dominios a sólo unos cuántos kilómetros del monstruo); el que…”, etcéteras y más etcéteras, en una lista de circunstancias y de eventos en los que no sólo privan las líneas de su heroicidad –y las heroicidades de su pueblo–, sino también las de grandes y pequeños tropiezos y fracasos, menores y mayores, que cualquier persona informada puede en su momento revisar y ponderar.
Enorme o, mejor dicho, gigantesca carga es entonces la que tiene quien porta el nombre y la imagen de Fidel. Con un agregado que vale la pena establecer: él ha decidido llevarla consecuentemente a cuestas, alargando en sus máximas posibilidades de duración la vida, con sus 89 años en curso.

Nota de fuga

No tuve el honor de conocer a Fidel en forma personal, aunque estuve a punto de hacerlo en un par de ocasiones. Pero no me hizo falta para identificar algunas de las claves de su fuerza, imantación, longevidad. Porque sí conocí –conozco y me he reunido con él en algunas ocasiones– al comandante Ramiro Valdés (participante en la Revolución desde la odisea del Granma), quien sigue a pie juntillas, sin dudarlo, las enseñanzas de aquél (¿o será que ambos se completan y complementan?). Vivacidad sin límites; capacidad de escucha; rechazo implacable al ocio improductivo; entrega total a “la causa”; fidelidad estricta. Pero más aún, y es eso lo que quiero resaltar: cuando uno está frente a él da la impresión de que sólo tiene que extender el brazo para bajar una estrella. Sin que ello marque ningún rasgo de prepotencia o de altivez.
Queriendo colmar mis ansias de novillero pedí un día al comandante Valdés que me permitiera escribir su historia, o parte de su historia. Acaso una biografía. Pero él me miró desde esos ojos nerviosos de marinero y rápidamente me dijo, palabras más palabras menos, con suma caballerosidad: “Julio, no es este el momento; mi luz, si tengo, corre en el flujo de luz que ahora y siempre proyecta nuestro comandante Fidel”. Guardé entonces un respetuoso silencio.

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