José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*Arrebatos carnales / 12
Diego Rivera, el pintor erotizado
Antes de partir “en un muy corto plazo, a un viaje eterno, hacia el infinito y sin regreso”, Diego Rivera decide confesar cosas de su vida “sin falsedades ni invenciones, como las que conté a biógrafos, novelistas e historiadores, unos más mentirosos que otros, al igual que yo”. Advierte que quiere detectar en su mente los momentos “de placer y de éxtasis” que vivió, anunciando los primeros nombres de las mujeres de su vida como un cartel de fantasías. No se olvida del principio, y, así, resulta que nació en 1886, en Guanajuato, donde fue registrado con el nombre de Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez. Hijo de Diego Rivera, maestro, masón, que apoyó incondicionalmente sus primeras inquietudes artísticas, al punto de que cuando Diego apenas tenía diez años lo ayudó a ingresar a la Academia de Bellas Artes de San Carlos.
Poco antes había abandonado la instrucción militar, por considerarla “contraria a la razón, a la discusión y al diálogo” y tan dogmática “como la Iglesia católica”. Los maestros académicos asfixiaban su creatividad, pero también presume que fue alumno de José María Velasco, Santiago Rebull y de “quien sin duda fue el dibujante mexicano que más influyó técnicamente en mi carrera, don José Guadalupe Posada”… En 1906, su padre le consigue una beca de dos mil pesos oro para estudiar en España, a la que viaja “con un ojo lleno de alegría y el otro lleno de lágrimas y coraje”, pues “poco antes de mi partida… conocí la masacre de Río Blanco, aquella huelga declarada con toda justicia por los obreros mexicanos que fue repelida a balazos por el anciano tirano” Porfirio Díaz.
En España causó curiosidad su corpulencia, su estrafalaria vestimenta de pintor y, en especial, sus “ojos saltones de rana a medio morir, que parecía tener la capacidad de contemplar cuanto acontecía en 360 grados a la redonda”. Allá –dice– “empecé a sostener encuentros sexuales ocasionales con modelos y mujeres livianas” del mundo artístico, a las que enamoraba, antes que por la vista, “por el oído”: “Les encantaban mis palabras, mi espontaneidad y, sobre todo, el cinismo con que yo aprovechaba para llevarlas a la cama a la primera oportunidad…” Muchas se alejaron de él, “porque decían que era irascible y colérico”…
Angelina, una rusa singular
España, siente, le queda chica, y decide viajar por Europa. En Brujas conoce a la pintora Angelina Beloff, “una rusa singular, con pechos sobresalientes, nalgas magnéticas…, sencilla, de mirada traviesa, atractiva, de manos ágiles y voluptuosas… con las que manejaba el pincel con gran destreza”. Con ella viaja a París, donde siente que su emoción pictórica se insufla y renueva.
En 1910, Diego viaja a México para montar una “señora exposición”, en el sobrentendido de que al volver a París se casaría con Angelina. La exposición fue un éxito, Diego fue reconocido como el gran pintor mexicano, pero el hecho de que fue inaugurada por Carmelita Romero Rubio, esposa de Porfirio Díaz, “en ese trágico noviembre de 1910”, lo hace arrepentirse de haber venido a presentar sus pinturas. Regresó a París, “para encontrarme con el amor de mi vida, Angelina Beloff”.
Ya comentamos que la vena carnal y sentimental de cada héroe o heroína de Francisco Martín Moreno corre a la par que la línea histórica en que el personaje en cuestión inscribe sus arrebatos carnales. En ambos asuntos el autor se ha documentado más que suficientemente y en ninguno inhibe su imaginación. De por sí los libros de Martín están llenos de procesos políticos y arrebatos históricos, y en ocasiones éstos son tan sintéticos y abarcan tanto que, antes que aplastarlos como a los pisos de un pastel, vale la pena refifarlos completos, con su dosis de desilusión, coraje y rechiácida crítica. En lo que escribe sobre su regreso a París, Diego medita sobre la imposibilidad de “suponer o imaginar la cadena de fraudes electorales que todavía sufriría mi país después de la Revolución, cuando todos creíamos haber pagado el precio suficiente para ser libres. Ni hablar: Álvaro Obregón le robaría los sufragios a Alfredo Robles Domínguez; Plutarco Elías Calles a Ángel Flores, quien sospechosamente moriría envenenado con arsénico unos meses más tarde. Obregón… asesinaría a Arnulfo R. Gómez y a Francisco Serrano para llegar al día de la elección como candidato único… Después vendría el odioso Maximato en 1928 con la imposición primero de Emilio Portes Gil, luego Pascual Ortiz Rubio, El Nopalito, quien le ‘ganaría’ a José Vasconcelos después de que se falsificaron los votos, se asaltaron casillas a mano armada y desaparecieron urnas llenas de sufragios. Cuando El Nopalito renunció, siguió la vergüenza de Abelardo Rodríguez y Lázaro Cárdenas, sin méritos para ello, hasta acabar con otros desfalcos electorales como los que se dieron en el caso del general Juan Andrew Almazán, apoyado en secreto por los nazis en 1940, y como el de Miguel Henríquez Guzmán, ejecutado por Miguel Alemán cuando impuso a Adolfo Ruiz Cortines. ¿A dónde íbamos, carajo?”
Íbamos en que Diego Rivera regresa a París y en junio de 1911 se casa con Angelina Beloff. Viajan a Normandía y de vuelta a París se la pasan cogiendo y pintando. En 1915 nació Dieguito.
Diego hace amistad con Pablo Picasso, Juan Gris, Francis Picabia, Ángel Zárraga, Adolph Gottlieb, Moise Kisling, Louis Marcoussis, Tsuguharu Foujjita, y con Guillaume Apollinaire, Max Jacob, Blaise Cendrars, Jean Couteau y Élie Faure, aunque fue con Amedeo Modigliani con quien tuvo una “auténtica e intensa camadería”, no exenta de chismes y discusiones.
El pintor habla de penurias, frío y miedo (que, advierte, de ninguna manera acabarían con sus afanes creativos), justo cuando estalla la Primera Guerra Mundial y su hijo Dieguito muere de meningitis o de frío “ante la imposibilidad de comprar siquiera carbón para calentar la habitación”. Su muerte “lastimó mi relación con Angelina, quien… devastada me pedía otro hijo”, pero Diego recuerda cómo lo fastidiaban los chillidos del niño mientras él pintaba (al grado de que amenazó con tirarlo por la ventana si Angelina no lo callaba) y se niega a revivir esa experiencia…
Marevna, amor a primera vista
Se pregunta Diego cómo reconciliarse con las acciones atroces que ocurren en México (los gringos acaban de invadir Veracruz, “como en 1847”) y en su vida, “hasta que me encontré a Marevna Vorobev-Stebelska, sin duda alguna un amor a primera vista”.
En la cama, Diego le cuenta a la joven rusa con aspiraciones de pintora “historias de salvajismo, de antropofagia y de las más variadas formas de guisar la carne humana”, además de otros cuentos crueles que iban de la verdad a la mentira y eran parte de la fama de mitómano chistoso que el pintor se creó en París. Marevna lo llamaba El Tierno Caníbal.
Para contarlo pronto, Diego invitó a dormir a Marevna al estudio que compartía con Angelina. Ahí, Marevna supo que Diego ya no quería tener hijos con su esposa, y decidió embarazarse “con el ánimo de atraparme”, y “una noche de 1918” le dio la buena nueva. Diego está feliz y corre “gozoso a casa a informarle a Angelina de mi próxima paternidad”. A ésta no le causa ninguna alegría la noticia. “Necesitaba compartir la emoción con alguien e intenté hacerlo con la persona menos indicada”, dice todavía Diego, como quien no sabe lo que dice. Abandona a Angelina y se va a vivir con Marevna “como marido y mujer, durante medio año”. Y es que la tremenda calentura que la bella caucásica mostraba en la cama abarcaba todo su temperamento, hasta que en cierta ocasión, mientras él se despedía, ella “me dio una puñalada en la parte trasera del cuello, que de haber cortado la yugular y de no haber sido por la cercanía de un hospital al que llegué bañado en sangre, sin duda alguna habría muerto”.
Considerando que era imposible vivir con Marevna (lo podía degollar mientras dormía), cuando nació su hija Marika “en un hospital de beneficencia pública (1919) me negué a reconocerla alegando que había sido ‘hija del armisticio…’”, y volvió con Angelina y “su atmósfera comprensiva”…
Paredes para la Revolución
Diego recibe la noticia de que su padre agoniza y decide viajar a México. Se despide de Angelina y de Marevna. Remata pinturas y deja dinero para los gastos de Marika, a la que, sin embargo, recalca, “nunca reconocería”.
Angelina lo esperaría. Diego enviaría dinero. Si no le iba bien en México, “volvería a su lado, para luchar juntos a brazo partido por la vida”. Ora que, si le iba mal y Angelina y Marevna no podían sostenerse por sí mismas, “dicha circunstancia no podría asfixiar mi creatividad”, pues “ninguna razón era válida como para atentar en contra de mi arte”.
Rivera llega a México durante la presidencia de Obregón y de inmediato el secretario de Educación Pública José Vasconcelos pone a su disposición “un buen número de paredes para que, con otros artistas, empezáramos el gran movimiento mural de la Revolución Mexicana”.
“La pasión por mi país –suspira Diego– me estallaba en el pecho. Haríamos historia juntos. En cada pared, un grito”. Empezó a coleccionar las piezas de arte prehispánico que juntaría en el Anahuacalli, “la casa del Anáhuac”.
Claro que se acuerda de Angelina. Sabía que, en París, mantenía el rincón de su estudio tal y como él lo dejó. Le escribía tanto que “en ocasiones, llegaba a recibir el mismo día hasta tres o cuatro cartas de ella”. En las últimas “insistía en venir a México para estar a mi lado”, cuenta Diego, quien la invitó a hacer el viaje “pero sin enviarle el dinero para el pasaje”. Para entonces, el pintor ya había conocido a la actriz Lupe Rivas Cacho y andaba muy acelerado con ella.
Lupe Rivas Cacho, la bella intocable
Impresionado por la belleza y el talento de la Rivas Cacho, Diego se las ingenió para conocerla y enamorarla con chistes jocosos. Ya dijo que las conquistaba por el oído porque las hacía reír a lo lindo con sus cuentos. También Lupe Rivas Cacho llegó a pedirle que le contara e inventara más, y más, que la llenara de mentiras…
La relación con Lupe se frustró porque, al fin actriz, casi no lo dejaba acariciarle los senos o las nalgas pues se le podrían desfigurar, porque se movía demasiado y la sofocaba o porque el “hocico” le apestaba “a madres”. Y él, ¡tan “enamorado de su cuerpo”!
Lo bueno es que una noche en que fue a ver a Lupe Rivas Cacho al teatro, supo que “María Marín le contó de mi presencia en México a su hermana Lupe, quien vivía en aquellos tiempos en Guadalajara”, con lo cual la vida sentimental de Diego daría un giro que difícilmente podría prever, a pesar de sus dotes orbiculares: “Más tarde Lupe, mi Lupe, pero Lupe Marín, la buena, me hizo saber que había decidido romper sus relaciones con José Guadalupe Zuno, el futuro gobernador de Jalisco, el cursi Rastacuero, porque no se decidía a ser político o pintor, para venir a conquistar a Diego Rivera. Ya veríamos quién conquistaría a quién. ¡Qué hembrón! ¡Qué bruto! ¡Qué barbaridad!…”
La próxima semana, en esta mesa, El pintor erotizado, como apela a Rivera el autor de Arrebatos carnales, Francisco Martín Moreno, platicará cómo le fue con esta Lupe, mientras seguía andando con la otra.




