Jesús Mendoza Zaragoza
Cuidar de los pobres y de la tierra
“Entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que gime y sufre dolores de parto”. Así introduce el papa Francisco su llamada urgente a detener todas las formas de depredación del planeta y a generar iniciativas para proteger la “casa común”, como lo llama. El 24 de mayo pasado, publicó su Carta Encíclica Laudato si (Alabado seas), sobre el cuidado de la casa común. Este documento, que presenta una propuesta integral para hacer frente a problemas ambientales como el calentamiento global, ha generado reacciones diversas en los ambientes políticos, sociales y, sobre todo, ambientalistas. Quiero señalar algunos de los aspectos de este texto, que es muy accesible y puede encontrarse en el siguiente enlace: http://www.vidanueva.es/wp-content/uploads/2015/06/Laudato-Si-ES.pdf
Un primer punto que llama la atención de este documento es que es totalmente incluyente en cuanto que tiene algo que decir a todos los habitantes de este planeta. Aunque Francisco ofrece un enfoque cristiano, sacando las consecuencias ambientales del mensaje del Evangelio, señala que todos los hombres y mujeres debemos y podemos hacernos responsables del cuidado de la casa común, pues compartimos un mismo destino. Cristianos, creyentes, no creyentes, todos somos responsables de la suerte del planeta y tenemos que asumir las consecuencias de ello. El tema de la casa común nos hermana y nos coloca en el mismo nivel; y constituye una plataforma para ponernos de acuerdo y para colaborar en acciones que salvaguarden el medio ambiente.
Un segundo punto que vale la pena considerar es que vincula de manera íntima la suerte de los pobres y la fragilidad del planeta. Conecta los desastres naturales con los desastres sociales y ubica las causas en lugares comunes. El abuso contra los pobres refleja los abusos contra el medio ambiente, pues se usan los mismos criterios en las relaciones sociales y ambientales, criterios de dominación, de saqueo, de depredación, de violencia. “Un verdadero planteo ecológico –dice Francisco– se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el medio ambiente y viceversa, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. El mismo sistema económico que maltrata a los pueblos es el que maltrata a los ecosistemas, las mismas actitudes y criterios que descartan a los pobres, son los que descartan al medio ambiente. El descarte se ha convertido en un paradigma de la modernidad, que en nombre del progreso tecnológico excluye toda consideración humanitaria o ética.
Francisco señala que la raíz humana de la crisis ecológica es el paradigma tecnocrático, que ha impuesto algo así como una dictadura de la técnica sobre todos los ámbitos de la vida del ser humano, sobre todo en la economía y en la política. La mentalidad de que todo lo que es posible a la técnica está permitido y tiene vía libre, ha generado un grave deterioro del ser humano mismo, que es avasallado por la obra de sus propias manos. La tecnificación ha tenido un impacto que favorece la innovación, la productividad y el mayor consumo pero también ha generado daños inmensos a la humanidad y al medio ambiente. Es necesario limitar y orientar la técnica para colocarla al servicio de otro tipo de progreso, más sano, más humano y más integral. Quienes tienen en sus manos las tecnologías las van manejando arbitrariamente, de manera que provocan tanto una degradación ambiental como social. La técnica separada de la ética, difícilmente es capaz de ponerse límites.
Francisco propone una ecología integral que vincule estrechamente a la humanidad con su entorno natural. El ser humano y la naturaleza no se pueden entender separados y en este sentido, no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Hay que hablar, por ello, de una “ecología económica” en cuanto que la protección del medio ambiente tiene que ser constitutiva del desarrollo. Lo mismo, hay que hablar de una “ecología cultural” que incorpore el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad y de las culturas locales, muchas veces avasalladas por la cultura consumista, tan dañina para el medio ambiente. Y, también, hay que pensar en una “ecología humana” que incluye la humanización de los espacios y de los entornos que sirven a las comunidades humanas para habitar, recrearse o trabajar. Por lo tanto, una visión ecológica integral nos pone en condiciones de resolver problemas sociales y ambientales al mismo tiempo.
Se requiere el concurso de todos, desde el ámbito internacional hasta las comunidades locales, desde los gobiernos hasta las organizaciones sociales, para dar una respuesta proporcional ante el grito de la tierra y el grito de los pobres, que se escuchan juntos. Necesitamos cambios culturales, sociales, económicos y políticos para hacer frente a este gran desafío ambiental. Necesitamos reeducarnos para lograr una relación fraterna con las cosas y con los entornos naturales. La construcción de la paz en nuestro contexto significa también dejar de agredir a la naturaleza, que es nuestra casa. La violencia de la que nos quejamos tanto ha ido generando muchas víctimas en el país, pero hay una víctima silenciosa, la tierra, que eventualmente puede reclamarnos las violencias que recibe de parte nuestra, cuando la convertimos en un basurero. Estamos a tiempo de vencer las violencias criminales, las violencias sociales y las violencias ambientales. Todas son parte de una sola dinámica humana. Y la paz requiere un nuevo paradigma: que cuidemos de los pobres y que cuidemos de la tierra.




