Anituy Rebolledo Ayerdi
Alcaldes de Acapulco (XXV)
En memoria de Luis Arredondo Flores, amigo muy querido.
Antonio Butrón Díaz
“El doctor Antonio Butrón Díaz fue alcalde de Acapulco no obstante su nacionalidad cubano-española”. El reproche es del cronista Alejandro Gómez Maganda (gobernador de Guerrero 1951-1954) en su libro Acapulco en mi vida y en mi tiempo.
Y es que el también escritor, historiador y diplomático pasó por alto que el puerto había sido gobernado desde siempre por hombres de nacionalidades diversas. Fuera cual fuera bastándole únicamente estar cerca del poder o ser favorito de quien lo detentaba absolutamente. Y estamos hablando concretamente de los treinta años de Porfirio Díaz.
Según los cronistas Francisco Tabares y Lorenzo Liquidano, don Antonio Butrón Díaz habría ocupado la alcaldía de Acapulco los años 1890, 1901 y 1902. En su primer año de gobierno, Butrón se enfrenta con una ciudadanía ferozmente alzada por los temores que provoca la presencia de lepra en el puerto. La pasea un grupo cada vez más numeroso, padeciéndola algunos en grados avanzados. Dos o tres han desembarcado de la nao de Manila y otro más llegado quien sabe de dónde. Vagan por calles en pos de la caridad pública y beben agua –para horror de la población– en las fuentes de abastecimiento general.
No faltarán quienes adjudiquen tan extraña migración a enemigos perversos deseosos de dañar la imagen de Acapulco (mismo argumento esgrimido cíclicamente más tarde para tratar de explicar las diversas crisis turísticas del puerto. Resultando finalmente que aquellos enemigos perversos estaban en casa).
–¡Que no hablen de lo que no saben, coño!, –responde el alcalde Butrón Díaz– ¿De qué prestigio hablan esos cachazudos si Acapulco no es diferente hoy mismo a lo que puede ser un anexo del infierno? Por lo demás, bien que conocía el médico la historia de la lepra y por tanto estaba cierto de que Guerrero era (es) una de las entidades con mayor incidencia del “mal de San Lázaro”.
La isla del Grifo
El obispo de la ciudad de México, fray Francisco García Guerra, sustituye provisionalmente al virrey don Luis de Velasco, hijo, quien debe viajar a Perú para asumir allá el mismo cargo (1595). Mientras entrega las llaves del poder. De Velasco recomienda a su sucesor atender una denuncia alarmante procedente de Acapulco donde, por cierto –le confía– posee una parcelita de frutales. La denuncia se refiere a la presencia de leprosos vagando por el puerto en busca de agua y comida. La gente se encuentra aterrorizada –le informa. –¡Imagínese, y yo voy para allá!
El prelado-virrey atiende inmediatamente la recomendación del funcionario cuyo cargo ocupará por espacio de un año. Dicta los acuerdos necesarios y al hacerlo se refiere a los principales propagadores de la lepra: los viajeros orientales y muy particularmente las “zorras”, las “changas” y las “comadrejas”.
–¿Estamos hablando de animales, su eminencia? –pregunta con lactante inocencia la monjita que toma el dictado del obispo García Guerra.
–No, Sor Teresa, no! Para que me entienda estamos hablando de mesalinas, leperuzas, coscolinas, rabizas, mancebas, güilas, sueltas y cuperquinas. ¡Putas, madrecita, putas, con perdón de la palabra!
–¡Avemaríapurísima!
Ya encarrerado, el prelado dispone de inmediato de controles sanitarios tanto sobre el grupo étnico conocido en Acapulco como “los chinos”, como a los pasajeros de Oriente. A esta medida seguirá la creación de un establecimiento para reducir a los leprosos a un aislamiento absoluto. El propio virrey escoge para ello a la isla del Grifo, llamada sucesivamente “San Josef”, de “Los Chinos” (quizás después de esta experiencia) y finalmente Roqueta. Evitada desde siempre por ser centro de operación de piratas, pudiendo más el miedo que el apetito por los tesoros enterrados en sus arenas.
La operación del isleño lazareto –transportación de enfermos, abastecimiento de alimentos, medicinas, ropa, etc.– estaba encomendada exclusivamente a personal indígena. Y es que por alguna extraña y desconocida razón los naturales eran inmunes al contagio del mal deformante. Ninguna otra etnia lo era. Ahora que tan arriesgados menesteres se ejecutaban a partir de un punto alejado de la población, por así exigirlo esta.
Icacos
Como lo informó el propio virrey De Velasco, aquí poseía una plantación de frutales exóticos particularmente del oriental ikako. Se localizaba en el extremo de la bahía que al ser colonizada adoptará el nombre de Icacos. La simiente habría sido traída por don Luis de Velasco, padre, también virrey de la Nueva España, durante un viaje a Japón. El “junior” llega al puerto para embarcarse con destino al virreinato del Perú, donde ocupará el mismo cargo . Se va cargado de icacos.
Dulce icaco
El icaco, también conocido como “ciruela de algodón,” es un fruto cremoso con la pulpa blanca jugosa y dulce de 2 a 4 centímetros de diámetro. En el interior de su semilla posee una nuez de sabor avellanado. Es insípido el de colores rosa, purpúreo, azul y negro. El dulce de icaco es un postre de Venezuela, aquí desconocido. Y a lo mejor no.
Para prepararlo se requiere de un kilo de icacos (aquí se obtienen fácilmente en la calle Vallarta). Una corteza de canela, quince clavos de olor, seis limones, medio kilo de azúcar, un litro de agua y rojo vegetal. Para su elaboración es necesario retirar la piel del fruto. Ello mediante una incisión en forma de cruz en el extremo del fruto. Se coloca en un recipiente de plástico y se agrega el zumo de cuatro limones, dejando remojar dos horas al cabo de las cuales resultará fácil retirar la piel.
En una olla con dos litros de agua se vacía el medio kilo de azúcar, la canela, los clavos de olor y se reduce el fuego a la mitad. Se agregan enseguida los icacos pelados, el colorante vegetal y los limones cortados en cruz. Se deja cocinar hasta que se forme un almíbar denso y la fruta esté en su punto. Invite.
La Roqueta, leprosería
Cuando la cura de la lepra esté aún lejana y se mantenga el aislamiento como su mejor profilaxis, científicos mexicanos sorprenden al mundo con un estudio avanzado sobre la endemia. Los doctores Rafael Lucio e Ignacio Alvarado presentan ante la Academia Mexicana de Medicina el Opúsculo sobre el mal de San Lázaro o elefantiasis de los griegos. Elaborado con base en las experiencias del lazareto de Xochimilco , el documento describe por primera vez una variedad de la enfermedad conocida como leprae lepromatosa difusa tipo Lucio. Sin duda la más importante aportación mexicana a la leprología universal.
Armado con la experiencia virreinal, el doctor Butrón Ríos decide crear aquí una leprosería o lazareto. ¿”Con qué ojos , divina tuerta”?, se pregunta y entonces decide costearlo él mismo. La erogación inicial es de cuatro mil pesos y el sitio ideal será como antaño la isla de La Roqueta. En su cumbre se construye una casona de adobe rodeada de amplios y frescos corredores. Incluye desde luego cocina y comedor. El dormitorio será una hilera de catres de lona cubiertos con pabellones y habrá agua suficiente suministrada por un venero prodigioso.
Los Cueva-González
(“Venero maldito”. Lo fue para la familia Cueva González cuando resida en La Roqueta, encargado el padre de la operación del faro. Jamás, aun en la peor sequía, osaron beber de aquella fuente así hubieran transcurrido un siglo de sus antiguos usuarios. Fue en una de aquellas sequías –narró a esta Contraportada el abogado Gilberto Cueva González– la que los obligó a dar de beber a los burros las bachichas de refresco abandonadas en la playa. No obstante, uno de aquellos dos equinos encargados de trasportar la carga a la cima, preferirá las sobras de cerveza. Nace así el primero de muchos “burros borrachos de La Roqueta”. Varios morirán de “cirrosis equina”). Saludos para Gil.
Los Liquidano
Los cronistas Liquidano-Tabares visitaron alguna vez la leprosería de La Roqueta (Memoria de Acapulco):
“A los enfermos se les caían en pedazos la carne de las mejillas, la punta de la nariz y las puntas de la falanges de pies y manos. Tenían llagas pestilentes y horribles en todo el cuerpo. Era la peor de todas las enfermedades y por ello la población le tenía pavor a ese lugar”.
Sucederá más tarde, durante una de las muchas revueltas locales, cuando los encargados del abastecer el lazareto desaparezcan sin ser relevados. La mayoría de los desesperados enfermos se arriesgarán a cruzar el canal, a nado o con la ayuda de maderos, para perderse en la selvática región. Dos o tres lograrán llegar a Pie de la Cuesta. Será el fin de esta y todas las leproserías del país, por inútiles, costosas y estigmatizantes.
Lepra en Acapulco
A propósito y solo como un dato que sustente nuestra afirmación sobre la incidencia de lepra en Guerrero y Acapulco, ofrecemos enseguida dos cuadros oficiales que hablan pormenorizadamente de ello. Narran la historia de la enfermedad comprendida entre los años de 1945 y 2011, exclusivamente, con datos obtenidos en un sitio oficial de la red. Se acreditan a Romero-Navarrete M., Arenas Guzmán, R. Castillo- Solana A, Buendía Rendón MA.
Es esta:
Antecedentes. En 1927 se publicó el primer censo de lepra en México, se reportaron mil 450 enfermos. Guerrero ocupó el octavo lugar con 69 pacientes.
Objetivo: conocer la frecuencia de lepra en Acapulco de 1945 a 2011.
Material y método: estudio descriptivo, retrospectivo, efectuado de 1945 a 2011, en el que se revisaron los listados nominales de casos de lepra en la Jurisdicción Sanitaria 07 de Acapulco.
Resultados: se encontraron 604 casos de lepra en 29 localidades y 125 colonias; la tendencia fue irregular, en 1998 se reportó el mayor número de casos (56), con intervalo de edad de 6 a 97 años, 348 (58 por ciento). Pacientes del sexo masculino.
El mayor número de casos se encontró en las décadas de los años 50 a 59 y 60 a 69 (20 por ciento cada uno). Por tipo, 276 (46 por ciento) correspondieron a casos lepromatosos, 118 (19 por ciento) a dimorfos; 115 (19 por ciento) a indeterminados y 95 (16 por ciento) a tuberculoides. De 2007 a 2011 se reportaron 74 casos distribuidos en 41 colonias y ocho localidades.
Conclusiones: en Acapulco la lepra sigue siendo en 2011 un problema de salud pública. Es importante reforzar la detección de enfermos y mantener actividades de información y educación a la población y personal de salud, en especial en colonias y localidades con casos en los últimos cinco años.
Palabras clave: lepra dimorfa, lepra lepromatosa, lepra tuberculoide,
lepra indeterminada, multibacilar, vigilancia epidemiológica.
Colonias y localidades
Diez colonias y diez localidades de Acapulco con casos de lepra de 1945 a 2011.
Nombre de la colonia o localidad, casos de lepra y porcentajes: Progreso, 56 (11 por ciento); Renacimiento, 29 (6 por ciento); Jardín Mangos, 22 (4 por ciento); Santa Cruz, 19 (4 por ciento); La Mira, 19 (4 por ciento); Jardín Palmas , 15 (3 por ciento); La Garita, 14 (3 por ciento); Centro, 13 (2 por ciento); Zapata 13 (2 por ciento); Jardín Azteca, 13 (2 por ciento). Otras colonias 306 (59 por ciento)
Puerto Marqués, 8 (9 por ciento); San Pedro las Playas, 8 (9 por ciento); Tres Palos, 8 (9 por ciento); Xaltianguis, 6 (7 por ciento); La Venta, 5 (6 por ciento); Pie de la Cuesta, 5 (6 por ciento) La Sabana, 5 (6 por ciento); Kilómetro Veintiuno, 4 (5 por ciento); Diez de Abril, 4 (5 por ciento); Llano Largo, 3 (4 por ciento); Resto de localidades, 29 (34 por ciento). Total 85 (100 por ciento).
Total: 519 (100%)
Fuente: Jurisdicción Sanitaria 07 Acapulco SSA.




