Julio Moguel
El beltronismo hacia el 2018
“¡Hermano: hay que morir!”
“Mon frère: il faut mourir!” (“Hermano, hay que morir”). Frase de Hegel en la que se condensa la cruda verdad de cualquier ser vivo que, ya en descomposición y en plena decadencia, se resiste tercamente a morir. Ese es el mensaje que el beltronismo ha enviado al peñanietismo en la ascensión del sonorense a la directiva del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En el acto que lo colocó frente al timón de mando de la enorme maquinaria tricolor, realizado el pasado 20 de agosto, dijo el personaje de marras: “Sería difícil ignorar las lecciones de la elección de junio pasado. Admitamos que los partidos políticos se han rezagado respecto a las demandas de la sociedad moderna. No son suficientes para ganar por sí mismos unas elecciones (…); en el caso del PRI, es imperativo que se plantee como tarea principal ser un auténtico instrumento al servicio de la sociedad”.
Se equivocará quien lea en estas frases un posicionamiento político de izquierda, pues el currículum de Manlio Fabio Beltrones no da para una interpretación como esa. Pero sí establece, en lo que dice explícitamente y entrelíneas, una clara y decisiva distancia con la perspectiva política de Peña Nieto y de su equipo, a saber: la de que no es posible gobernar con vuelo firme y a largas distancias si no se piensa en ganar y mantener el poder con y desde un proyecto hegemónico.
Hegemonía. Ese es el concepto que seguramente ha estado ausente en la trayectoria de los actuales tecnócratas gobernantes. (Cualquiera puede imaginarse que dicho término nunca apareció en los libros de texto que sirvieron para que Enrique Peña Nieto y su grupo acompañante obtuviera sus títulos académicos). Hegemonía: gobernar en la perspectiva de construir un margen relativamente aceptable de consenso. ¿Y a qué remite hoy el mencionado consenso?: en su mínimo, ganar para el proyecto gobernante no sólo las simpatías del ahora visibilizado “1%” (los más ricos de los ricos; la aristocracia del neoliberalismo financiero).
Mon frère: il faut mourir! Ese es el mensaje beltronista dirigido a los mandones del peñanietismo. “¡Se acabó tu tiempo!”, pareciera agregar la voz de quien toma en sus manos el mando del priísmo. Y pudiéramos imaginar que en el tenor de ese mensaje cabe otro mensaje en la mente de Beltrones: “No escucharon en su tiempo a Beatriz Paredes (ni a Reyes Heroles, ni a Colosio), víctima esta última de las ansias y pasiones desatadas de la cúpula tecnócrata”.
“¡El rey ha muerto, viva el rey!”
No podía faltar, en la reconocida inteligencia de Beltrones, otro mensaje iluminador de sus muy negras –aunque claras– intenciones frente a la tecnocracia hoy posesionada de Palacio, lanzado justo en el momento en que se dio a conocer que él sería el candidato “de unidad” de los priístas: cuando señaló que no habría en este caso “sanas distancias” entre el PRI y “el Presidente”. Fórmula –agregó el multicitado– que llevaría a que su partido no perdiera más el poder, como sucedió con estrépito en épocas pasadas.
Lo dijo también y con mayor claridad en un conocido medio de prensa: “Me ha extrañado que algunas mentes, incluso inteligentes, se sorprendan por algo que es tan fácil de comprender: nosotros, como partido, no somos el gobierno, pero somos el partido que está en el gobierno. De tal suerte que uno no se entiende sin el otro. Nuestra mejor función va a ser comunicarnos cuantas veces sean necesarias con el gobierno, para poder empatar estrategias que permitan consolidar el trabajo de las reformas (estructurales)”. Y, de paso, las lisonjas: “no será posible ocultar hoy, mañana y siempre, que (Enrique Peña Nieto) ha sido un presidente que le ha dado magníficos resultados a México en su conjunto”.
¡Pero que nadie se engañe con esta fórmula de amor, complicidad y connivencia de Beltrones con Enrique Peña Nieto! El sonorense simple y llanamente está jugando el juego conocido de quien lanza al aire, jubiloso, sus primeros gritos de victoria. ¿La traducción exacta del asunto? Dicho en una frase: “¡El rey ha muerto, viva el rey!”. (Beltrones sí ha leído más de tres libros).
Osorio Chong, lejos del 18
Para quien se haya alineado con Miguel Ángel Osorio Chong para jugar a la conocida lotería sexenal el ascenso de Beltrones a la directiva del PRI resulta ser una pésima noticia. Por eso el hidalguense no asistió al evento en el que el sonorense fue premiado con la altísima función de dirigir al priísmo. La no presencia del funcionario tiene la resonancia de un eco repetido por millones. ¿Cómo interpretarla?; ¿muestra de fuerza o de debilidad? No parece difícil la ecuación. Digamos nuestra hipótesis: el ascenso de Beltrones al poder mayor de los priísmos es una variable directa y dependiente del escandaloso fracaso del actual secretario de Gobernación para marcar una ruta de construcción hegemónica. (Sigamos utilizando este término gramsciano de tan útil pertinencia en nuestros días).
El fracaso de Osorio Chong no tiene por supuesto que ver sólo con sus inhabilidades. Porque no había manera en realidad de armar y sostener una ruta de construcción hegemónica en el enganche específico que, en su función, tenía el hidalguense con Peña Nieto. ¡Imposible meter un camello por el ojo de una aguja! En la perspectiva o el concepto de Beltrones el camino inverso sí es transitable, a saber: armar y sostener una ruta de construcción hegemónica en el deslinde –paulatino y a la sorda– con el peñanietismo en decadencia.
Los realineamientos pasan entonces por nuevas rutas. El bloque peñanietista –el “de a de veras”, el efectivo– concede a Beltrones la perspectiva política del necesario rescate “reformista”. ¿A cambio de qué? Aún no lo sabemos.
La inclusión de Carolina Monroy del Mazo –prima de Peña Nieto, diputada federal y ex presidenta municipal de Metepec– en la cartera de la Secretaría General del PRI no parece ser ningún obstáculo para que el sonorense se sienta suficientemente a sus anchas.
“Pero el cadáver, ay, siguió muriendo”
La devaluación del peso frente al dólar (por encima de los 17 pesos desde hace unos días), tanto como las bajas cotizaciones del petróleo mexicano en el extranjero, son el ruido de turbina que hoy ha hecho inaudible la voz siempre prometedora y optimista de Luis Videgaray, el secretario de Hacienda.
Mientras tanto, la farsa montada en torno a la Casa Blanca de la pareja presidencial y la del mismo ya mencionado funcionario hacendario (ubicada en Malinalco) viene a sumarse a otros de los innumerables yerros, tropiezos y engaños que han hecho perder a Peña Nieto y a su equipo cercano toda credibilidad y confianza. ¿La nota? Por si no la ha leído usted, estimado lector: Virgilio Andrade, titular de la Secretaría de la Función Pública, señaló en pasado vierneso que “el presidente y Videgaray” no tienen, frente al caso señalado, ningún “conflicto de interés”.
¿Qué comentario cabe en este caso? Se queda corto Andrés Manuel López Obrador cuando señala que se trata de una simple “farsa y tomadura de pelo”. Pero pareciera no existir el vocabulario adecuado para dar el señalamiento exacto del entuerto. ¿Robo en despoblado? ¿Delito de lesa patria? ¿Infamia? No lo sé. Habría que buscarle.
Ya se anuncian algunos cambios en el gabinete. ¿Antes del 1 de septiembre? ¿El mismo 1 de septiembre, en el informe presidencial? Veremos. Por lo pronto, parece claro que los cambios responderán a los realineamientos y ajustes que –en favor suyo o en contra– el ascenso del beltronismo impone.
Mientras tanto, en el pánico, ya hay por varios rumbos del país antiguos enemigos de Beltrones que se han ido a remojar la barba. ¿Lograrán pasar la prueba y realinearse? No lo sabemos, Pero lo que sí sabemos es que en el Titanic, ya en descenso, no hay suficientes balsas de salvamento para todos.
Postdata
Dos notas importantes requieren una aproximación especial. De ellas nos ocuparemos en próximas entregas. Una: el ajuste “a la baja” que Videgaray hace a las proyecciones económicas. De risa, sin duda, frente a todo lo que el secretario de Hacienda ha venido sosteniendo, pero decisivas en el marco de lo que hemos planteado en este artículo sobre el beltronismo.
La segunda nota compete a la pérdida de registro del Partido del Trabajo (PT). Malo sin duda en un cierto sentido, pero no tan malo en otro: el PT representa hoy por hoy, con y desde el mando supremo de Alberto Anaya, uno de las experiencias políticas de izquierda más erráticas y torcidas de nuestra historia.




