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Federico Vite

Di-versión

Patrick McGrath escribió la novela Constance (Penguin Random House Mondadori, 2014, 223 páginas) tres veces. La primera versión estaba hecha desde el punto de vista de la protagonista, una mujer con severos problemas sicológicos, alguien a quien usted le diría: “estás muy dañada”. El autor, con una larga obra publicada, le interesa trabajar lo que denominamos la sique humana.
Los laberintos de alguien que se siente querido, atractivo y deseado, pero al siguiente minuto cambia de estado anímico, de afectos e incluso de nombre. “Cuando terminé no estaba convencido. No me acababa de gustar la idea de que la narración estuviera a merced de una mente tan fría y tan extraña como la de Constance, así que escribí una segunda versión desde el punto de vista de su marido. Cuando acabé me di cuenta de que echaba de menos a Constance, así que escribí una tercera versión dándole la voz alternativamente a los dos”, así explica McGrath el cruce de miradas que es su novela. Nos enfrentamos ante un libro en el que resulta esencial el cambio de perspectiva. Es un relato fundamentado en las di-versiones de los personajes centrales, Constance y Sidney. Cada uno se mueve con montones de prejuicios; ella cree que nadie puede quererla y él que ella lo querrá cuando se dé cuenta que ha pasado todas las pruebas amorosas que coronan la felicidad de un hombre: infidelidad, locura y menosprecio. Ambos buscan un equilibrio nacido desde la enfermedad. Ninguno de los dos comprende las dimensiones de miseria emotiva, y baja autoestima, por las que transitan. El libro trabaja en esencia el desequilibrio sicológico, porque aterradoramente, parece decirnos McGrath, la locura se contagia.
El motivo por el que la protagonista acelera su proceso de autodestrucción en el relato es justamente cuando su padre le revela un secreto. Más que una verdad sospechosa, se trata de un mazazo, un golpe con el que no puede seguir viviendo Constance. Se vuelca en el pasado. Indaga y, para su sorpresa, ese secreto termina en derivas cada vez peores, cruentas y atroces. Ese vaho terrible de tiempos ya idos es justamente el artefacto que McGrath construye y deconstruye en la narración. Es lo que determina las atmósferas, todo depende del personaje que cuente esa parte de la historia; si es Constance, el libro se torna melancólico, violento e histérico, si platica Sidney, todo es obsesivo, siniestro y culpígeno.
La maestría en el arte narrativo de McGrath radica en la precisión con la que detalla la forma de ser de los personajes, el interior en ellos, y, con profundo manejo de este oficio, en describir las reacciones mórbidas con enorme meticulosidad. Estas tres características han determinado que este autor inglés se le considere como el más representativo de la llamada nueva novela gótica, donde se da rienda suelta a las pasiones desbocadas, las atmósferas son siniestras, opresivas y los hechos ocurren en gran medida en el interior de una casa tenebrosa.
En el más reciente libro de McGrath hay un profundo respeto por la sicología de los personajes, un caudal de hilos que el escritor va enredando para urdir la transformación completa de la historia; sobre todo, me asombra la alta intensidad dramática de este texto, en apariencia frívolo, pues se trata de una historia de amor; pero al ingresar a esas páginas uno se da cuenta que las atmósferas siniestras y lóbregas son apenas la punta del iceberg. Cada diálogo parece haber sido trabajado exhaustivamente para que el lector comprenda que no hay absolutamente ningún hecho aislado, nada sobra. Aunque quizá existan un regodeo en mostrar la demencia como un peldaño en el que se apoya la realidad amorosa. Pero finalmente, McGrath nos revela que la institución matrimonial, y el drama del fracaso en él, son profundamente sórdidos.
Me llama la atención que el autor trabaja desde un aparente naturalismo a los personajes para después pasar directamente a la sique y los comportamientos sin explicación lógica.
Toda la obra de McGrath aborda enfermedades mentales. Su padre dirigía el Hospital Psiquiátrico de Broadmor, en Berkshire (Gran Bretaña) y en cada uno de sus libros (Locura, Trauma, Spider, Grotesco, Agua y sangre, Port Mungo) desborda su maquinaria para intentar acercarnos a los personajes que lo obsesionan. Digámoslo así, si le interesa leer un autor que nace de mezclar los libros de Patricia Highsmith y Edgar Allan Poe, Patrick McGrath es el indicado.
Aunque es un libro bien acabado, hecho por alguien en la plenitud de su oficio, infiero que en este documento, el autor quiso ser espectacular, escandaloso, no tan depravado y oscuro como suele ser en los otros libros, como el terrible Spider, donde la parte filosa de la naturaleza humana corta al lector.
Javier Calvo se encargó de traducir la obra de este inglés poderoso, pero hay algunos giros verbales que realmente detonan un humor involuntario en la narración tensa y seria del autor, palabras que si hubieran sido traducidas por un acapulqueño bien tendrían la valía de de ser más punzantes que las del propio McGrath. Que tengan buen martes.

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