Julio Moguel
Los tropiezos (amargos) del salinismo
El quiebre del salinismo
Un tema superficialmente tratado por los analistas más leídos en los medios es el de la naturaleza o la profundidad del corte quirúrgico que el presidente Enrique Peña Nieto acaba de aplicar con los recientes cambios en el gabinete. Que si José Antonio Meade Kuribreña llega a la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) para aligerar presiones contra Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong, los dos grandes alfiles del gobierno; que si la presencia de Aurelio Nuño Mayer en la Secretaría de Educación (SEP) acompaña este proceso de despresurización (al tiempo en que permite colocarlo en la ruta de la carrera presidencial); que si…, que si…
A estos análisis sobre el significado de los cambios tácticos en el tablero les falta, en mi opinión, algunos acercamientos importantes. Porque no se identifica con suficiente claridad un hecho que, creo, resulta incontrastable y altamente significativo, a saber: la caída o quiebre de la “opción salinista” en el cuadro político de reconfiguración.
Habrá que recordar. Carlos Salinas de Gortari creyó, acaso ingenuamente, que la llegada al poder de Peña Nieto implicaba su regreso a las tablas del dominio y/o del co-comando del poder estatal. Así lo hizo saber de alguna forma cuando, en los amaneceres del sexenio, dijo que las reformas estructurales anunciadas por el nuevo presidente eran un logro “de época” cuyo origen podía ser fijado justo en su periodo presidencial (de 1988 a 1994).
Más aún: no poco peso tuvo su propia participación en el diseño del flamante gabinete con el que en 2012 Enrique Peña Nieto se impuso la banda presidencial. ¿Identifica usted los nombres de quienes fueron sugeridos o colocados por la mano de Salinas en el tablero de aquella negociación? Dejemos abierto el crucigrama para que usted mismo, querido lector, realice el ejercicio. Pero apuntemos algunos datos que ayuden a dilucidar.
Siga usted los pasos biográfico-políticos de Murillo Karam y encontrará algunas de las claves del vínculo tan íntimo que a lo largo de su historia ha tenido con Salinas. Pero deténgase en uno con especial atención: en 2014, en su calidad de procurador general de la República, exoneró a Raúl Salinas de Gortari de todos los cargos delictivos que desde mucho tiempo atrás se le habían imputado, con el premio de excedencia en numerario implicado en la “devolución” de más de 200 millones de pesos que “le pertenecían” y que se le habían retenido o confiscado.
Ahora busque usted mismo la información correspondiente a los pasos político-biográficos del nunca bien ponderado Emilio Chuayffet. Pero deténgase en algunos en especial: en 1989 –en el primer año sexenio de Salinas– fue designado procurador federal del Consumidor; en 1990 se convirtió en el primer director general del (recién fundado) Instituto Federal Electoral; en 1993 –aún en el sexenio de Salinas– lo nombraron coordinador de asesores del entonces secretario de Gobernación. Más aún: su papel como coordinador de asesores en Gobernación no fue más que el paso seguro a la gubernatura del Estado de México, ganada “a pulso” en las elecciones de 1994 bajo las siglas y colores del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Y algo más: tras unos cuantos meses como gobernador, fue designado (1995) secretario de Gobernación durante la administración de Ernesto Zedillo, acabando ese ciclo en el despido-renuncia al que dio lugar el desaguisado-masacre de la comunidad chiapaneca de Acteal.
Las limitaciones de espacio no me permiten seguir con mayores puntualizaciones, pero invito al lector para que le sigan la pista a otras biografías políticas de algunos funcionarios salinistas “caídos” en el actual tablero político institucional. Mas no quiero dejar de mencionar a algunos de quienes fueron unas de las primeras “bajas” del bloque salinista en el gabinete peñanietista, a saber: la de Francisco Rojas Gutiérrez, encaramado en la Comisión Federal de Electricidad. Y de su hermano Carlos Rojas Gutiérrez, quien, habiendo sido colocado desde el primer momento del sexenio a la cabeza del Instituto Nacional de la Economía Social (antes Fondo Nacional de Empresas de Solidaridad), fue prácticamente obligado a renunciar en 2013 por las pinzas punitivas aplicadas por el ya para ese momento todopoderoso Luis Videgaray. ¿Quién es o era Carlos Rojas en el sexenato de Salinas? Ni más ni menos que el secretario de Desarrollo Social –y como tal coordinador del Programa Nacional de Solidaridad–; secretario general del PRI en 1998; senador de la República en 2000.
¿Qué tenemos entonces a la vista? Una pérdida de fuerza política del bloque salinista dentro del poder estatal, en un ciclo que empezó desde hace tiempo (la renuncia o remoción de los hermanos Rojas fue en 2013) y que entra en una ruta firme con los cambios operados en el gabinete peñanietista para el segundo segmento de la línea sexenal (2015, en lo que queda; 2016 a 2018, en lo que sigue).
¿Y los salinismos sobrevivientes?
Una figura del bloque salinista –entre otras– permanece en el aparato estatal. La más destacada ocupa la cartera de Relaciones Exteriores y responde al nombre de Claudia Ruiz Massieu Salinas (fue, en su caso, un desplazamiento de la Secretaría de Turismo a la Cancillería). Tema que ha llevado a algunos analistas a pensar que don Carlos Salinas, el ex presidente, no ha perdido lugar.
Pero no engañemos a la inteligencia con esta particularidad. La ahora flamante dueña de la cancillería mexicana no tiene las capacidades ni los vuelos necesarios para hacer patria salinista en el escenario nacional; mucho menos en el proscenio internacional. Más aún: pareciera que alguien quiso hacerle una mala jugada al ex presidente de marras pues, ¿alguien lo duda?, la secretaria en cuestión acaso pueda seguir haciendo algo bueno en el ramo del turismo pero poco o nada verdaderamente significativo en la diplomacia mundial. Premio entonces de consolación para Salinas, si es que, en este caso específico, de premios se pudiera hablar.
Otros personajes del modificado gabinete de gobierno llevan el sello de la alianza con el multicitado Salinas de Gortari, pero nada o nadie que desde y para el bloque de fuerzas actualmente dominante pueda preocupar. La mazorca se desgrana y queda ahora en su más pura figura en el escenario que lleva de ahora en adelante hasta la ya muy cercana sucesión presidencial: funcionarios jóvenes y pretenciosos, muchos de ellos “cachorros” inexpertos en el quehacer político “de calle”, “barrio” o “pueblo”, ajenos a los códigos de gente que toda política pretendidamente hegemónica debiera contener.
La caída del PT, en el contexto
La pérdida de registro –ahora sí definitiva– del Partido del Trabajo (PT) es otra seña de los aires que operan en contra del impulso salinista transexenal. Ciertamente no hay en ello una relación directa e inmediata de causa y efecto, pues son de todos conocidos los yerros recientes –y otros no tan recientes– que dieron como resultado el referido proceso de liquidación. Pero para cualquiera que tenga dos dedos de frente y se informe de los hechos relativos del pasado no puede quedar ninguna duda de que el petismo nació y sobrevivió durante años como una opción política satelital del proyecto político del ex presidente en cuestión.
Sé de buena fuente y por contactos personales que en el petismo existen muchos militantes honestos y que verdaderamente quieren –o querían– transformar a su partido y, en el camino, al país (en el Distrito Federal, en Michoacán o en Guerrero, por ejemplo, con significativa distinción). Pero el cacicazgo de Alberto Anaya transformó al PT en una simple y crecientemente desgastada franquicia, con un esquema de alianzas y de posicionamientos políticos que rayaron seriamente en el más crudo oportunismo, sin ruta, rumbo o fin.
Distanciados de Andrés Manuel López Obrador, enganchados con el PRI o con el PAN en las últimas alianzas electorales, con un discurso brumoso en torno a los presentes y futuros del país, no tuvieron ahora la mano amiga de un Carlos Salinas para sostenerse y sobrevivir. Por ello se les hizo beber la cicuta con suficiente o con excesiva violencia simbólica y con todo el margen posible de lesa impunidad.
Con todo, la pérdida de registro del PT tiene algunas aristas positivas: se constituye en campo de oportunidad para que los militantes honestos del petismo remuevan a sus dirigentes enquistados y busquen-logren una nueva oportunidad.




