Jorge Camacho Peñaloza
Aylan
*Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños. Gibran.
De pronto, cuando todos creíamos que la globalización había triunfado, la imagen de Aylan yaciendo en la arena nos restregó en la cara a todos su fracaso. Una diminuta y amorosa figura, inerte, indefensa, pagando con su vida el egoísmo y codicia de la salvaje humanidad en que nos hemos convertido.
Qué equivocado estaba creyendo que la globalización significaba el acercamiento de la humanidad con la volátil presencia de las marcas económicas en todo el planeta, con las operaciones financieras hechas en cualquier lugar en tiempo real, con el avance de la democracia en casi todas las sociedades, con la redes sociales, con la creación y asimilación de patrones culturales en todo el mundo gracias a la música, el cine y la televisión. Qué equivocado estaba. Nada tan distanciado como el hombre del hombre mismo, como la humanidad de Aylan.
El liberalismo y después la globalización fueron capaces de romper fronteras y hacer libre el flujo de los mercados, financiero y recursos materiales, las marcas por todos lados, no así la libertad para los hombres y las mujeres, esa libertad fue negada para la humanidad, libertad y globalización para las cosas no para la humanidad. Aylan y muchos niños más de África y América Latina, de México y Guerrero, han fallecido olvidados por la globalización y sus secuaces, los grandes capitales y sus gobiernos.
Aylan y su pequeña y hermosa humanidad es una tragedia con la que no sólo ha muerto él, con el hemos muerto un poco todos, pobres de todos nosotros la humanidad lejos de ser civilizada, desarrollada, avanzada, todo lo contrario, salvaje y retrógrada, ¿qué hace falta para perder la humanidad y pasar al reino animal?
A Aylan no le dimos la mano tú, yo, nosotros, ustedes, él, ella, todos los que cabemos en todas las personas conjugadas y con todos los adjetivos referidos a nuestra condición social. Lo abandonamos, lo dejamos morir, y ante esta pérdida tan grande de Aylan, no podemos hacer menos que culparnos un poco si nos queda un poco de humanidad, de indignación.
Aylan ha develado con su diminuta humanidad el fracaso del sistema político mundial, de sus organizaciones políticas y económicas, de los poderosos gobiernos y corporaciones económicas mundiales, de los nombres de Forbes, del orden mundial. ¿Cómo transformar este orden fracasado?
Vuela vuela palomita y ve y vuela alto y ve y dile a Aylan que no se fue solo y que se llevó un pedazo de corazón de muchos que todavía tenemos esperanza en la humanidad.




