Fernando Lasso Echeverría
Miguel Hidalgo Costilla y Gallaga, el hombre
En 1743 llegó a la Villa de Pénjamo un caballero de noble cuna (hijo de españoles… pues) llamado Cristóbal Hidalgo Costilla, nacido en Tejupilco al oeste de Toluca. Pénjamo estaba enclavado en un valle al oeste de Salamanca y al norte de Morelia. Don Cristóbal llegaba a este lugar para hacerse cargo de la administración de una hacienda llamada San Diego Corralejo, ubicada en el mismo valle, que era propiedad de una viuda acaudalada residente en la ciudad de México. Seis años pasó don Cristóbal inmerso en esta tarea sin cambio alguno, hasta que llegó entonces una familia encabezada por Manuel Mateo Gallaga quien había arrendado otro rancho –San Vicente del Caño– a la patrona de don Cristóbal, situado apenas un par de kilómetros al sur de Corralejo. Este hombre venía acompañado por su familia: esposa, cuatro hijas y una sobrina de 17 años, de nombre Ana María Gallaga Mandarte y Villaseñor, quien había quedado huérfana a temprana edad, y por ello estaba a cargo de sus tíos. Don Cristóbal –ya en su tercera década de edad– se prendó de esta damita y terminó casándose con ella en la iglesia de Pénjamo, instalándose en la Hacienda de Corralejo que él administraba, y procreando con Ana María cinco hijos, llamados José Joaquín, Miguel, Mariano Cesáreo (quien murió muy pequeño), José María, y Manuel Mariano; con el nacimiento del último de ellos ocurrido en 1762, murió la madre por complicaciones del parto, dejando huérfano a nuestro personaje (de 9 años) y a sus hermanos, y provocando que una de las hijas de don Manuel –María Rita– acompañada de su hermano José quien era sacerdote, se trasladara a Corralejo un largo tiempo y funcionara como madre sustituta de los pequeños.
El registro parroquial de Miguel –que fue bautizado en Cuitzeo de los Naranjos– refiere que nació el 8 de mayo de 1753 en la Hacienda de Corralejo y que el nombre completo que recibió fue el de Miguel Gregorio Antonio Ignacio. En ese entonces, gobernaba la Nueva España en nombre del rey español, el virrey Francisco de Güemes, mejor conocido como el Conde de Revillagigedo, que logró un periodo de gran estabilidad en el virreinato. Don Cristóbal, el padre de familia, se encargó de darles a sus hijos su educación básica, sin embargo, pocos años después, en 1764, decide mandar a Valladolid (hoy Morelia) a su hijo mayor y a Miguel quien tenía 12 años de edad, con la finalidad de que prosiguieran ahí sus estudios. Esta ciudad era la capital eclesiástica de la región, pues tenía quince iglesias y once conventos, hecho que hacía que todo en ella tuviera un aire clerical insoslayable. El objetivo de don Cristóbal era el de que ingresaran al Colegio de San Francisco Javier de la Compañía de Jesús, que era parte de la extensa red de escuelas jesuitas gratuitas en la Nueva España que gozaban de gran prestigio, y en el que ingresaron con la recomendación de su tío materno el padre José Gallaga.
La capacitación de Miguel y su hermano iba en forma satisfactoria y relevante pues éstos habían demostrado gran capacidad y disposición para el estudio, no obstante, ésta se ve interrumpida por la expulsión de los jesuitas del imperio español en 1767, cuyas autoridades monárquicas –apoyadas por otras órdenes religiosas que intrigaban a los jesuitas– veían con envidia y codicia las grandes riquezas que esta orden había acumulado, y la gran influencia que tenían en la población. Muchos fueron los que alzaron la voz y los puños para defenderlos; revueltas y desconciertos fueron las consecuencias de la orden monárquica de expulsarlos, pero todo fue en vano; el destino de esta gran orden religiosa, con una visión muy propia como guías dentro del catolicismo que los hacía entrometerse en política de manera constante, estaba sellado. La expulsión de los jesuitas vino a truncar los estudios de los hermanos Hidalgo, quienes fueron testigos de cómo las milicias reales escoltaron a sus maestros en dirección a Veracruz, para ser enviados a Italia.
Lo anterior obliga a don Cristóbal a enviar a sus hijos a Tejupilco buscando cómo ayudar a sus hijos a que se eduquen y se formen; ahí se alojan con su tía María Costilla; durante su viaje y su breve estancia en esa población, Miguel va tomando conciencia de la enorme diversidad étnica y lingüística de su nación; es en ese lugar donde entra en contacto con el otomí, lengua de los indígenas de la zona, y decide aprenderla, logrando en poco tiempo su dominio elemental, que con los años perfecciona. Sin embargo, es su tío el cura José Gallaga quien convence al padre de los jóvenes de que lo mejor para ellos es continuar sus estudios en Valladolid; ahora, su institución sería el respetado Colegio de San Nicolás Obispo, en donde se formaban bachilleres orientados al sacerdocio. En ese lugar, Miguel estudió artes y filosofía, terminando su preparación como bachiller en 1770, ganándose el mote de Zorro entre sus compañeros, por astuto y taimado; es entonces, cuando se traslada –con su inseparable hermano y toda la generación– a la ciudad de México para obtener su título en la Real y Pontificia Universidad de México, única institución que podía otorgar títulos dentro del territorio novohispánico en esa época.
Luego de este hecho, Miguel y su hermano deciden continuar sus estudios sacerdotales, para lo cual necesitan cursar el segundo bachillerato de Teología, cosa que logran otra vez en Valladolid, y tres años después –nuevamente en la ciudad de México– se ordenan sacerdotes sin mayores complicaciones, no obstante las dificultades pedagógicas que enfrentaron; se ignora, si realmente existía vocación religiosa en los hermanos Hidalgo para llevar a cabo tal fin, o si simplemente escogieron este destino porque en esa época el oficio religioso era uno de las pocos caminos –junto con la milicia– que tenían los criollos de la Nueva España para superarse social y económicamente. Antes, Miguel da muestras de sus inquietudes mundanas y se fuga con frecuencia del dormitorio del seminario para probar un poco de la vida terrenal, pero es descuidado y pronto lo descubren y es castigado sólo con una expulsión temporal, gracias a la intervención de su tío, el padre Gallaga. Enterado su padre de sus faltas, le reprende con dureza a distancia, y le hace ver el riesgo de echar a perder su futuro, situación que Miguel sopesa y vuelve al seminario más discreto y cuidadoso, pero no más obediente. El gusto por las damas –que le duró toda su vida– caracterizaba a Miguel; por otro lado, tocaba guitarra, violín y mandolina y era afecto a las serenatas y a los juegos de azar como las cartas y las peleas de gallos.
Ya como sacerdote practicante, Miguel se distingue como orador; sus réplicas son brillantes y su oratoria es cuidada y respetuosa si le habla a sus superiores, o astuta e irónica si compite contra rivales. Gozaba demostrando su ingenio cuando hablaba en público; era un tanto exhibicionista y disfrutaba de los halagos; domina el latín, pero aprende el francés –el leguaje culto de la época– hecho que le permite conocer a fondo la filosofía francesa, que representa en ese momento la punta más avanzada de la civilización; por otro lado, estudia también el italiano y otras lenguas indígenas además del otomí que ya dominaba. Todo este bagaje de conocimientos sumados a su gran intelecto, le abren las puertas del Colegio de San Nicolás. En agosto de 1775 presenta un examen de oposición para la cátedra de filosofía y después de aprobarlo en forma brillante, fue admitido como profesor del Colegio.
En 1776 corre entre la población de la Nueva España una noticia increíble: sus vecinos del Norte, los colonos ingleses que ocupaban la costa del Atlántico entre la bahía de Virginia y Rhode Island, consiguieron su independencia, después de un proceso armado revolucionario. El hecho es insólito; por primera vez una nación americana se desligaba de su metrópoli europea, situación que impactó de manera profunda el ánimo de los criollos novohispanos, grupo social al que pertenecía el padre Miguel Hidalgo. El anhelo velado de independencia, de ser dueños de su propio destino, despierta de su tranquilo reposo. En ese momento, ya no es un sueño inalcanzable.
Sin embargo, en ese tiempo, el joven profesor obtenía triunfo tras triunfo, hecho que lo mantenía muy ocupado; Hidalgo era una estrella en ascenso cada vez más brillante, que destacaba en todas sus actividades, sin embargo, sus aires de superioridad y rebeldía, le habían ganado también muchas enemistades. En 1784 llega a Valladolid un nuevo obispo: Antonio de San Miguel, quien fue recibido por la sociedad de Valladolid en forma espectacular y majestuosa, y quien por cierto, llevaba con él a su primo el Dr. Manuel Abad y Queipo. Dentro de las celebraciones por la llegada del nuevo obispo, el jefe del cabildo eclesiástico convoca a un concurso, en donde los participantes debían escribir un ensayo sobre el mejor método para estudiar teología. Hidalgo compite con su famoso ensayo titulado Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica, en el que cuestiona a fondo el método de enseñanza vigente, y critica la bibliografía que se ocupa en el programa docente; el joven cura Hidalgo gana el premio y es felicitado ampliamente por sus compañeros e inclusive por el nuevo obispo, quien le agrega al premio una carta personal felicitando a Miguel en forma muy elogiosa, a pesar de ser atacado el autor por sus enemigos –clérigos de viejo cuño– que consideran su trabajo herético y no muy ortodoxo; con el apoyo del nuevo obispo, Miguel logra que se reforme el curso de teología y se incluyan sus sugerencias, y encuentra en Abad y Queipo un hermano de pensamiento, con quien comparte el gusto por la filosofía francesa y sus ideales sobre la ilustración. El trabajo se multiplica, pero Miguel es feliz, rodeado del cariño y la admiración de sus estudiantes. Es en ese entonces, cuando el maestro Hidalgo –ya rector de San Nicolás– conoce a un nuevo alumno –José María Morelos– que contrasta por su edad con sus compañeros, los niños del primer curso.
En 1790 –año en el que muere su padre, casado por tercera vez– el rector Miguel Hidalgo, es una de las personas más respetadas de la sociedad, pero también con enemigos poderosos que observan cuidadosamente todos sus movimientos; que toman nota de sus comentarios en actos públicos, en tertulias en las cuales era infaltable el joven rector, en conversaciones indiscretas en la calle o en el colegio, mismas que son hechas llegar al obispo. De esta estrecha vigilancia se sabe que Miguel tiene relaciones con una jovencita casada con un hombre viejo, con la cual ha procreado dos hijos, hecho que resulta escandaloso para una persona de elevado rango en la Iglesia… Las quejas llegan a niveles alarmantes, y el obispo San Miguel –a pesar del afecto y respeto que le profesaba a Hidalgo– reconoce que su mejor teólogo lleva una vida poco apegada a los valores católicos. Ni su “hermano” intelectual Abad y Queipo puede o quiere interceder por él, e Hidalgo es removido como rector de San Nicolás y “exiliado” como cura interino en la pequeña Villa de Colima, cargo muy modesto comparado con el de prestigiado rector del afamado colegio, donde sirvió 26 años. Al poco tiempo es llamado por su superior, y es cambiado a la Villa de San Felipe en Guanajuato (apodado “torres mochas”, porque nunca se concluyeron las torres de la iglesia) con la finalidad de que rescatara de los franciscanos esa iglesia, que era la que más recursos económicos recaudaba en la región y por ello, esta orden no la quería entregar al obispado. El inteligente y educado cura no tiene demasiados problemas para hacerse del control. Sus dotes como teólogo, su prestigio, su talento, su carisma y su astucia, logran que finalmente los franciscanos entreguen el curato. Su estancia ahí le cambia la vida; logra reunir a toda la familia Hidalgo, incluyendo a sus pequeñas medias hermanas, producto del tercer matrimonio de su padre.
En ese lugar, el ahora ya Don Miguel, emprende una nueva existencia. Los libros y la teología van pasando a segundos términos, y descubre nuevas actividades que llenan su espíritu. Entabla una especial relación con la comunidad de San Felipe; acude regularmente a la capilla de los naturales para oficiar misa; se interesa por su modo de vida y por sus carencias. Va tomando conciencia de la profunda disparidad entre blancos e indígenas, que –intuye– envenena todas las relaciones y destruye la base social de la Nueva España. Comienza a ocuparse también de mejorar la vida material de los indígenas. Les enseña alfarería, un buen complemento para sus limitadas actividades económicas y los “indios” le corresponden otorgándole su cariño y respeto. Crea una gran huerta detrás del curato y se empeña en su producción, enseñándoles a los naturales la siembra de nuevas especies botánicas, y nuevas técnica de cultivo. Deja atrás el lujo de la ciudad, y su atuendo se vuelve más descuidado, figura que se convierte en distintivo de su persona pues ya nunca lo abandonará. Al morir su hermano mayor, quien estaba a cargo del curato de Dolores, don Miguel pide su cambio a este pueblo, a donde lleva novedosas industrias artesanales, como el gusano de la seda, los apiarios para producir miel y los cultivos de uva, que benefician a la región y en especial a los indígenas del lugar.
Mientras Hidalgo se adapta a su nueva vida de cura pueblerino, los acontecimientos siguen su rumbo en el mundo. Hasta la Nueva España, llega la nueva de que el pueblo francés se ha levantado en armas contra su soberano iniciándose la Revolución Francesa (1789), que lleva a la decapitación del soberano francés (1793), hecho que aumenta la inquietud independentista de los novohispanos. España y sus gobiernos coloniales se ponen en guardia, y la Inquisición –órgano de control ideológico y político de la monarquía– entra de inmediato en acción y juega un papel muy activo en esos años; todos los simpatizantes de la república o de la independencia son acusados de herejes, luteranos o ateos. Las denuncias y los procesos se multiplican, la élite intelectual criolla es la más vigilada y muchos de sus miembros aprehendidos, lo cual aviva el fuego ya de por sí incontrolable. Sin embargo, la Inquisición no podía estar en todos lados, y había numerosos miembros del clero bajo que simpatizaban con el movimiento y promovían las nuevas ideas entre sus feligreses; entre ellos se encontraba Hidalgo quien hacía franco proselitismo. Esto provocó graves ataques en su contra, de parte del Cabildo Catedralicio de Valladolid, que reavivó su odio contra don Miguel y lo hace víctima de acusaciones de todo tipo, esperando que el cura se rebele y dé motivos para que lo puedan aprehender, pero fallan.
Los horizontes de Miguel Hidalgo se ensanchan, tomando mayor conciencia de su rol social y de las oportunidades para su nación; un fuego interior lo va consumiendo, que pronto habrá de incendiar a la región entera, y ya liberado de sus obligaciones religiosas y con más de cincuenta años a cuestas, parte a enfrentar su destino: iniciar el movimiento revolucionario, que le daría la independencia a nuestro país.
* Presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI.




