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Reviven académicos en el Colegio Nacional el terremoto de 1985

“Fueron los damnificados de siempre, la gente que siempre muere en el anonimato: los desheredados, los pobres, los que no tuvieron educación, las mujeres explotadas…”, señaló Cristina Pacheco

Yanireth Israde / Agencia Reforma

Ciudad de México

Las estampas del terremoto de 1985 pulsaron diversas cuerdas emocionales: de la indignación a la rabia, del orgullo a la tristeza que añadió, en el Aula del Colegio Nacional, algún pañuelo blanco para borrar lágrimas tan pronto como aparecían.
Fueron narradas por el arquitecto Teodoro González de León, el politólogo José Woldenberg y la periodista Cristina Pacheco, entre otros asistentes al ciclo conmemorativo organizado por Jaime Urrutia Fucugauchi y José Ramón Cossío.
“Este es un penoso ejercicio de memoria”, dijo González de León, quien criticó que los daños en la ciudad no se tradujeran en transformaciones.
“Se dañó la ciudad pero su desarrollo no se transformó, como aconteció en las ciudades japonesas que después de sus terremotos renacieron con áreas renovadas y nuevos edificios. Es lo que algunos esperábamos preocupados por el sismo, pero la realidad fue otra: 30 años después existen, según la prensa, más de 350 edificios dañados, inhabitables y abandonados en el área central”.
Relató que el Presidente de la República, inexplicablemente, visitó los sitios dañados nueve días después, además rechazó la ayuda internacional y encargó al ejército las tareas de salvamento.
“Se desató una penosa ola de corrupción, se habló del despojo de cadáveres. El presidente se arrepintió y aceptó la ayuda de muchos países, ayuda que retuvo el gobierno y muy poco llegó a su destino”.
“Vimos cómo se vendían en los puestos callejeros las tiendas de campaña, las cobijas: no dábamos crédito”.
Woldenberg retrocedió más de 30 años, hasta los tiempos de la reforma política de 1977, germen de una transformación que permitió a la oposición acumular fuerza.
“Fue un movimiento lento pero constante; los partidos con registro se empezaron a convertir en parte del paisaje nacional, no eran ya plantas exóticas sino corrientes políticas asentadas y legitimadas”.
La diversidad política del país no cabía –ni quería hacerlo– bajo el manto de una sola organización partidista, explicó el ex presidente del IFE, quien ponderó también otra diversidad, la ciudadana, que actuó ante el desastre.
“Ante el vacío (institucional) familias completas, grupos de amigos, vecinos, ciudadanos del común entraron en acción y se hicieron cargo de muchas de las tareas más urgentes, como el rescate de sobrevivientes”, señaló.
Se despertó entonces un espíritu participativo entre no pocos habitantes del DF, dijo, entre ellos los damnificados.
Pero no puede hablarse de las víctimas sólo como damnificados del 19 de septiembre de 1985, previno Cristina Pacheco.
“Los que vimos, fueron los damnificados de siempre, la gente que siempre muere en el anonimato: los desheredados, los pobres, los que no tuvieron educación, las mujeres que tenían que dejarse explotar para ganar 25, 30 o 40 pesos al día, a veces menos; empleados que trabajaban en fábricas sin ventilación. Esos damnificados llevaban siglos, cuatro por lo menos, tratando de sobrevivir”, apuntó.
Canica, el perro heroico, también era de los que nada tenían, recordó.
“Cuando llegaron las brigadas internacionales trajeron perros muy elegantes, bien entrenados, fuertes, pero no podían tomar agua de la llave ni comer huesos o basura; trabajaban media hora y descansaban tres horas”.
“Pero Canica, que era un perro amarillo, todo jodido, podía meterse entre los escombros todo el tiempo, tragaba lo que le dieran, rescataba gente y no ‘hablaba’ ni francés ni alemán; a los otros había que darles órdenes en esos idiomas”, evocó la periodista, quien preservó un puño de tierra del desplomado hotel Regis. Lo guarda en una maceta.

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