Arturo Solís Heredia
Canal Privado
* Allá, en aquel Acapulco
En dos ocasiones y momentos distintos, el gobernador Ángel Aguirre Rivero ha sido claro en su rechazo al modelo de desarrollo urbano del Acapulco turístico en las últimas décadas. Palabras más, palabras menos, ha criticado públicamente el crecimiento inmobiliario de los grandes condominios y plazas comerciales (“nos atropelló el cemento”, lamentó), que “le robó identidad y carácter al puerto”.
Pero el lunes pasado, además de claro, fue tajante: “Quien no quiera invertirle a sus hoteles les vamos a poner un plazo, y si en ese plazo no se hace nada, entonces tenemos que hacer una acción más enérgica. Por decir algo, el hotel Caleta tienen que cambiarlo, pero si hoy los dueños no lo venden está bien, lo reparas o modernizas y si no, pues véndelo”.
Al menos a mí y a muchos que conozco, las declaraciones del gobernador nos ponen particularmente felices y locos de contentos, pues con mis muchos conocidos no podríamos estar más de acuerdo con la opinión del gobernador, el primero que recuerde y haya oído atreverse a criticar el avasallamiento del capital inmobiliario y el descuido grosero e irresponsable de la franja turística.
Por el contrario, recuerdo haber oído a gobernadores y alcaldes porteños exaltar y presumir la presencia e influencia de las inversiones privadas, la enorme mayoría externas, en el crecimiento urbano y turístico de Acapulco.
“En Acapulco nos dicen inversión privada y nos bajamos los calzones antes de que nos las pidan”, dice un buen amigo, mejor arquitecto y ácido cronista de los mejores y peores episodios de la historia acapulqueña a partir de 1950.
Aunque suena cruel y cruda la metáfora del susodicho arqui, no por eso deja de ser justa y certera, porque muy poco, poquísimo, queda en el Acapulco de hoy, de todo, todísimo, aquello que había en el Acapulco de ayer, ese paraíso que enamoró al mundo entero.
Si no tuviera grabada en mi memoria la silueta de su bahía, los oasis de sus playas, el sonido de sus mareas y el olor de su brisa marina, pensaría que la ciudad de hoy es otra, no el Acapulco que conocí de niño y adolescente.
Ojalá y me confundiera sólo el paisaje, tan distinto hoy al inconfundible de ayer; ojalá y las diferencias fueran sólo cuantitativas, más cemento, más edificios, más vehículos, más gente, más ruido y olores mecánicos que marítimos.
Porque hoy me confunde casi todo. Y es que son muchas las diferencias, y los cambios demasiado profundos. Esta ciudad se parece a muchas ciudades, aquel puerto no se parecía a ningún otro. Este sitio turístico tiene el mismo estilo de muchos, en México y en el mundo, cuando aquél tenía un estilo único y singular. Este pueblo tiene acento y cultura chilanga, aquel hablaba costeño y pensaba guerrerense.
Como dice el gobernador Aguirre, y dice bien, aquel Acapulco tenía identidad y carácter. Hoy no me siento como me sentía antes… ¡acá, en Acapulco!




