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Los mexicanos del mañana

 Arturo Solís Heredia

A menudo olvidados, los niños mexicanos recibieron una atención inusual el pasado 30 de abril, día en que en este país decidimos recordar sus derechos, desde el 20 de noviembre de 1959, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas tuvo una reunión en la que se trató la necesidad de reafirmar los derechos de los niños.

Fiestas, regalos, reunión en Los Pinos con Fox, instalación de congresos infantiles en muchos estados y hasta en el Congreso de la Unión. Y, signo de nuestros tiempos, también fueron tema de estudios de opinión, un par de ellos difundidos por los medios de comunicación. Entre otras, realizados por empresas como Demotecnia y Consulta Mitofsky.

En apretada síntesis, los resultados de algunos:

  1. Al 42 por ciento de los niños mexicanos le cae mejor el PAN; al 25 el PRI y al 18 el PRD.
  2. El 93 por ciento confía mucho en su familia; el 68 en los doctores; el 59 en los maestros; el 54 en los sacerdotes; el 44 en los policias; y apenas el 16 en los politicos.
  3. Cuando sean grandes, el 65 por ciento quieren ser empresarios y el 25 políticos.
  4. Los niños entre las edades de 8 a 12 años dijeron que sus modelos a seguir eran: la madre, el 23 por ciento; el padre, el 17; las celebridades de deportes y espectáculos, el 8; mientras que el 13 no estaba seguro.
  5. Los niños entre las edades de 13 a 17 años dijeron que sus modelos a seguir eran: la madre, el 13 por ciento; el padre, el 11; las celebridades de deportes y espectáculos, el 12; mientras que el 13 no estaba seguro.
  6. El 70 por ciento de los niños mexicanos le creen más a actores, deportistas y cantantes que a los políticos.

Era de esperarse. Lo que los mexicanos hemos vivido en los últimos años ha afectado también a nuestros hijos, niños como nunca antes expuestos a enormes cantidades de información, mensajes, ideas y estímulos de parte de los medios de comunicación y, por supuesto, de sus también mediatizados padres.

Sus ideas nacen no sólo de las pláticas de sobremesa familiar, en las que muchos mexicanos se quejan amargamente del nivel de nuestros políticos y de nuestra política; también de revistas, periódicos, noticiarios, comerciales, programas y películas en los que a diario pueden leer, escuchar y ver críticas, denuncias, escándalos, peleas, crímenes, delitos, abusos, impunidad y corrupción.

A través de esas dos vías, padres y medios, los niños son obligados a ser testigos y protagonistas de nuestra obsesión por los valores posmodernos: belleza, fama, popularidad, riqueza, poder, consumismo, sexo y, en cada día mas casos y regiones, hasta violencia y narcotráfico.

El fenómeno sería menos grave si los niños tuvieran a su alcance modelos, valores y roles que fueran contrapeso suficiente y si, al menos, tuvieran la oportunidad y la posibilidad de decidir, combinar y discurrir cuáles asumirán como propios y de qué maneras.

Ahí, el problema mayor. Porque los niños descubren que un entorno en el que los políticos son corruptos, mentirosos y liosos; los policías abusan, se corrompen y protegen a delincuentes; los maestros se pelean entre ellos y se manifiestan de manera violenta y con pocas ideas; y los malosos triunfan y muy rara vez son castigados. Los niños de hoy entienden que mientras los maestros, policías y obreros ganan muy poco, muchos artistas, deportistas y cantantes son ricos y están rodeados de lujos y admiración.

Bajo esta perspectiva, sinceramente, si usted fuera niño otra vez, ¿qué desearía ser de grande? La respuesta no necesita pensarse mucho, especialmente si se hace con la inteligencia ingenua, franca y sin rodeos de los niños.

Hace menos de tres meses, Carlos Slim, no recuerdo en que contexto, dijo que “no debemos pensar solamente en dejarles un mejor país a nuestros hijos, también pensemos en dejarle mejores hijos a este país”.

Pero Slim es un empresario y en México a los políticos, sobre todo a los liberales de izquierda, estos asuntos les parecen secundarios, románticos, burgueses y hasta cursis. Para ellos son más relevantes y prioritarios los que consideran grandes temas de “su” agenda nacional: el rumbo y proyecto económico, los asuntos electorales, las disputas por el poder y la estabilidad de sus futuros políticos personales.

Pero el tiempo pasa y nada pasa que mejore sustancialmente la situación y la calidad de vida de la enorme mayoría de los mexicanos. Han transcurrido ya dos décadas en las que el tema central ha sido el debate sobre el proyecto económico nacional; poco más de veinte años de política neoliberal que ha conquistado buenos resultados a nivel macroeconómico pero ensanchado la brecha entre ricos y pobres; dos décadas en las que los demás asuntos han quedado pendientes, desatendidos.

Al menos una generación completa de mexicanos ha vivido en una sociedad inestable, en crisis económica, volátil y abundante en conflictos sociales y carencias; una generación ha crecido en un contexto de descomposición social y política, de impunidad y tolerancia a la corrupción; una generación de mexicanos se ha formado en una educación pública deficiente, arcaica, viciada y desigual; y peor aún, una generación de ciudadanos que no leen, que no participan, que prefieren sumisión e indiferencia a participación y compromiso.

Para muchos de los que nos gobiernan, el futuro de México sólo se construye fortaleciendo y modernizando nuestra economía. Pero por ahora la deuda crece, el empleo escasea, los que trabajan ganan poco, los bancos ya no son mexicanos y la desesperanza cunde.

Nuestros jóvenes, su educación y su futuro laboral y humano apenas son retóricas en los discursos políticos: “Los jóvenes son el futuro de México”. Mentira, el futuro de esos jóvenes ya llegó y luce mal. Ojalá y a esa generación perdida de mexicanos no se les una la de los niños que este 30 de abril fue centro efímero de la atención política.

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