Eduardo Pérez Haro
Economía y democracia I
Para Eduardo Pérez Aguilar
El mundo globalizado no convulsiona pero se agita en medio de una gran crisis que destaca como una dificultad económica para los dueños del dinero y por supuesto de efectos dramáticos para los que no lo tienen o los que lo tienen con escasez y dificultad. No obstante esta crisis en apariencia solo económica, es una crisis en otras dimensiones de la misma realidad, son varias crisis que al sucederse al mismo tiempo y sobre el mismo escenario nos colocan en una encrucijada.
Crisis energética frente al petróleo como recurso no renovable y cada vez más escaso en el que se soporta la mayor parte del movimiento productivo y de los servicios de transportación humana y de mercancías; crisis del medio ambiente que ha dado lugar al calentamiento de la Tierra y la alteración del régimen de lluvias provocando eventos extremos de sequías e inundaciones con efectos de inestabilidad en la producción de alimentos que arremete con altos precios sobre los pobres y las clases medias; crisis de los recursos naturales de los que dependen minerales estratégicos para la industria y los servicios ligados a la generación de los nuevos productos de la era global y el agua, permítanme repetirlo, el agua. Y crisis de la democracia y su entramado institucional. Una crisis múltiple.
No es una exageración ni suma simple de problemas tradicionales que se resuelvan con el voluntarismo de “redoblar esfuerzos”, tampoco se trata de “ahora sí hacerlo bien porque los que preceden en el mando lo han hecho mal”, ni tampoco será la consecuencia de los cambios que se han venido dando a satisfacción de la “disciplina ante la ley porque eso es lo civilizado”, “lo decente”. Reacciones y actitudes, posturas y posiciones, que no alcanzan para responder a una crisis atorada por el temor de perder lo que se tiene entre aquellos que poseen, sea a la manera de grandes fortunas y privilegios o de sencillas propiedades, conservadurismo entendible pero inservible para reembobinar la historia que exige el progreso que exige el avance incesante y rápido de la nueva era tecno-productiva del conocimiento y la información.
En Estados Unidos como en Europa, en tanto que áreas de concentración de los síntomas presentes de la crisis y de desequilibrio internacional, a cuatro años de haber emprendido las medidas anticrisis no han salido del atolladero, no han bastado los programas de ayuda financiera y las bajas tasas de interés, ni los severos programas de ahorro en el gasto público y el sacrifico de crecer. Los índices de disminución relativa del crecimiento económico decaen y los pronósticos se tornan tímidos y pesimistas, los inversionistas, se retraen y se refugian en los mercados de alimentos, minerales y de dinero, rehuyendo la producción de manufacturas y los servicios colaterales de almacenamiento, envase y transportación, tan sólo se asoman temerosos a los tableros de las apuestas bursátiles, generando volatilidad de precios y desconciertos, pero a final de cuentas son reacios a imaginar otras formas que no sean las de doblegar a las naciones, por la vía de los estados nacionales y desde las cúpulas de los organismos multilaterales, con políticas reiterativas de los mismos mecanismos que desembocaron en la crisis.
Su necedad no es lo que sorprende. Lo que asusta es la idea de afanarse en los esquemas que no sirven o su bélica indisposición a abrirse al imaginario de los colectivos emergentes, creativos y dispuestos a tomar la iniciativa de un nuevo arreglo político con la consecuencia de nuevas reglas de participación y del orden institucional, factores que por supuesto pasan por flexibilizar la gran centralización financiera y la colocación del financiamiento al servicio de una era productiva caracterizada por una nueva generación de productos en la energía, los servicios ambientales, los alimentos, la tecnología de la información, las comunicaciones, la vivienda, la salud, la educación, el recreo, la cultura y el conocimiento mismo, fuentes de empleo y de multiplicación de las empresas y el capital.
De eso, hasta ahora, nada. No quieren arriesgar, no quieren perder, se aferran y no quieren cambiar, creen que aun se puede hacer de los términos una realidad. Esgrimen “elevar la competitividad”, “estabilidad macroeconómica”, “disciplina fiscal”, “modernización”, “respeto a la legalidad”, y hasta “responsabilidad social”, “desarrollo sustentable” y “democracia” que se acuñan con signos de viejos pesos y divisas.
El reclamo de estas líneas, sin embargo, no se dirige a una toma de conciencia por parte de la generación actual de los conservadores dueños del sistema financiero y de las grandes corporaciones internacionales de la economía real –que ahora sólo es señuelo del propio sistema financiero– un pleonasmo de la realidad por no decir un despropósito del sistema financiero frente a las necesidades materiales –tangibles e intangibles– de las sociedades de hoy en las diferentes latitudes del planeta, pues a cambio de los bienes y servicios que se nos otorgan por nuestro dinero, en última instancia sólo estamos pagando los costos financieros de origen especulativo.
Un ejemplo; un kilo de café cuesta actualmente el doble que hace cuatro años, lo que en la lógica de la competencia de mercado equivaldría a que se ha aumentado la demanda al doble o se ha reducido la oferta a la mitad, pero en la realidad ninguna de las cosas ha pasado, lo que sucede es que los inversionistas acaparan las existencias futuras del café creando una escasez virtual y por tanto una alza de precios del café que físicamente circula en el momento actual, así se gana sin producir y se gana al 100 por ciento o se pierde al 100 por ciento como usted prefiera leerlo. Perdone usted lector la desviación de este párrafo, regreso al punto.
Esto no es un juego ni de palabras ni de niños, es una bomba de tiempo. En la ruta adoptada tanto en el plano internacional como en el nacional no hay salida, es decir, no hay solución a la crisis de crecimiento ni del empleo, ni en ninguna de las vertientes de la crisis multidimensional. La lógica de operación de las políticas para superar la crisis y dar cauce a una etapa superior del desarrollo no está en los dueños del capital ni en los gobernantes crédulos de sus mejores lecciones académicas o en el ejercicio simple de reingeniería por parte de las firmas de consultoría sino en transformaciones de raíz en la antípoda de los poderes establecidos, esto es, en las sociedades de base, que se abren paso antes de sucumbir y que tienen en el reclamo generacional del ímpetu vital y el derecho a ser y estar, la sociedad de los profesionistas y las clases medias, de los trabajadores del campo y la ciudad, del sector popular y de los pequeños y medianos empresarios, principal fuente de florecimiento de las alternativas en las estrategias de desarrollo y de cambio en la correlación de fuerzas del sistema de decisiones.
No es que las sociedades de base sean ilustradas en las ingenierías de las macro y microeconomías, de la planeación o la gerencia, sino que son especialmente sensatas en la definición de lo que hace falta para que podamos todos seguir la travesía de la historia y evitar la explosión y el colapso antes de sacrificar a la presente generación, –el riesgo de una recesión mundial no está despejado.




