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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Escritores de Tierra Caliente

En la siempre insuficiente perspectiva que tengo de Tierra Caliente y de su desarrollo cultural y literario, Agripino Hernández Avelar aparece como el poeta fundamental, el maestro por vocación terrenal, y por antigüedad y naturaleza el gran animador cultural de esa región de Guerrero denominada a semejanza de su temperamento climático y humano. Así que cuando me invitaron a comentar el libro colectivo Con las alas abiertas, Escritores de Tierra Caliente, donde de entrada apuntan que el recopilador es Hernández Avelar, acepté de inmediato.
De hecho, con su cordialidad y un capuchino de 19 pesos, Marco Antonio Damián ya me había convencido no sólo de leerlo, sino de leerlo “lo más rápido posible”. Poesía aparte, Agripino es cuentista y parece que también ensayista, y como “recopilador” (no se pone antologista) resultó buenísimo. Vamos a ver si no.
A excepción de Gregorio Urieta Rodríguez, que nació en 1957, los escritores antologados en Con las alas abiertas nacieron en los años 30 (de Antolín Orozco Luviano no hay datos). Juan Albarrán Castañeda publica relatos, Abel Galarza Aguilar y el propio Agripino Hernández poemas, Antolín Orozco cuentos y poemas y Gregorio Urieta relatos, en ese orden.

Los poetas

El hálito metafórico de Pablo Neruda está presente no sólo en la amplia y feliz obra de Agripino sino también en la de Abel Galarza Aguilar (1936), Sueños de invierno, en cuya emotiva glorificación de la mujer amada se cuelan sin embargo ciertos ecos sentimentales vallejianos: El reloj es piedra enmohecida / y en silencio o en multitud / siempre nos estorba el cuerpo…
Por ese camino, Galarza consigue versos de excelente factura, como: Duele la luz, mitad de sombra, / el cuerpo con pasos de media arena, / los brazos en el exilio,/ el parpadeo del relámpago ciego / y su mañana con sus remedos de luz.
O: …la brisa es canto de silencio, / tu piel eleva mi sangre / y me siento pavorreal / meciéndome en tu cintura de trigo.
El libro sigue con Agripino Hernández Avelar (1930). Bajo el título de Suriana de los cántaros divinos, el autor de Vigilia en la tierra publica aquí dos tandas de sonetos y una de versos libres, donde encontramos a uno de los mejores Agripinos: Tus miradas no pesan / y tus muslos son peces / y toda tú que sueñas, / me pareces un sueño / si despierto, por ejemplo.
Bajo el título de “Como esperando el alba”, Antolín Orozco Luviano publica poemas y tres relatos. De los siete poemas, me quedo con tres: Tiempo, Visita y Fundición. El primero me gusta porque en él hay justeza pictórica y poética: nos deja leer un cuadro auditivo, visual y sensorial semejante a un bodegón campirano y existencial, en el que el punto de fuga es la nostalgia: es más, aquí les va el poema, con toda su elegante sobriedad:

En el silencio de recuerdos lejanos
se quedó a reposar el tiempo
junto a tinajas viejas
y vientres de tecomates resquebrajados.

Entretenido con letargos sofocantes
no se dio cuenta de que el polvo encumbró hasta sus
sienes
enmohecidas
y entre remolinos de vientos enmarañados
escuchó el canto de chicharras que, sedientas,
murieron abrazadas a las ticuches sin hojas.

Si Visita equivale a una rápida pasada de fría luz solar por fugitivos espacios de la vida, en Fundición Antolín Orozco constata la Falla de San Andrés histórica y entre sueños se queda con lo fundamental, el campo, la pureza de “los días de Tlalchapa” y la pasión, “el exquisito aroma de los bosques tropicales” de Graciela… Al final, como Fausto, exclama: ¡si me hechiza la / humedad salvaje de tu piel, qué / me importa, Graciela!… / ¡Detendrá el tiempo / en el preciso instante de éxtasis / supremo!…

Los cuentistas

El primero de los relatos de Antolín Orozco, Revelación, viene siendo un texto con espíritu didáctico y colectivo. Mucho mejor resulta  Día conmemorativo, quizá porque su moraleja cívica se percibe sin ser explícita, con lo que ofrece a los lectores la sensación de que si bien estamos ante un alegato cívico hasta con visos de enseñanza éste es más que valedero como mera literatura. El tercer relato, Relevos, vaga entre la síntesis histórico-poética (los amigos del nuevo sol, ancianos cacarizos de sabiduría desbordante, que sobrevivieron al mal de la viruela negra y al naufragio de la revolución…) y persiste en la enseñanza social.
Juan Albarrán Castañeda (1935) publica en este libro, con el título de Los signos del barbecho, tres cuentos. De hecho, El tesoro de Pedro Ascencio me dejó muy grata impresión. Parece un reclamo histórico, una mera anécdota sacada de las entretelas de la conciencia popular y/o un sueño enigmático que implica una crítica y un acertijo.
El día de San Juan es otra versión de los encantamientos del día de San Juan, que en el estado han recogido el tixtleco Celestino Vargas y los chilpancingueños Enriqueta Cuevas de Romero, Rodrigo Vega y Félix J. López Romero. Se trata de una puerta del tiempo y la bonanza que se abre una sola vez al año, el Día de San Juan. La novedad del relato de Albarrán es que personaliza la popular leyenda, el narrador se pone en la piel de un personaje y cuenta el encantamiento como sucedido a él mismo, consiguiendo un efecto cautivador.
Por cinco pesos cero siete veinte cuenta una historia aparentemente entresacada de tiempos prerrevolucionarios, en el que el ejercicio del poder se expresa a través de la violencia y en el que cada situación habla de profunda injusticia social.
Ahora que tengo más hambre, de Gregorio Urieta Rodríguez (1957), es un relato tan de la realidad inmediata que hasta parece fantástico. Tema: la zoofilia. Asunto: la resolución, en una bronca de rebuznantes coceos, por un lado, y de leñazos en la trompa y en el lomo, por el otro, para ver quién –si el hombre o el burro– se queda como el mero mero de un harem de burras “buenísimas”. De lo que a primera sospecha parecería sólo una anécdota más o menos cotorra, Urieta hace un relato consistente y eficaz. Hay humor, pero al mismo tiempo suficiente grosor psicológico de los personajes como para que el relato trascienda la caricatura o el hecho zoofílico grotesco y se quede en la dimensión simpática y verídica propia de la literatura.
En Chana hay un realismo social crudo y perdurable, personajes de a devis, humorismo y talento. En Él murió feliz resaltan las referencias más concretas a la realidad social conocida, como en Ese hombre es mío, historia de amor y sangre, de pasión controvertida, de nota roja. Aquí el narrador muestra la sabiduría de un director de cine, que (por ejemplo) liga lo que pasa en la tarde borrascosa, en el cielo inquieto donde se escuchaba “un ruido fuerte como si las nubes se estuvieran peleando entre ellas”, con lo que está sucediendo con los personajes, como si (por decirlo así) escribiera con una cámara cinematográfica.

Con las alas abiertas

Una hojeada rápida a Con las alas abiertas arroja, antes que nada, la impresión de que se trata de un libro casero, editado entre cuates sin subsidio institucional alguno, una edición producto de la organización civil, por eso sus fotos quemadas, dice uno, por eso la portada tan convencional y cuadrada con sus pájaros entre nubes sugiriendo (Con las alas abiertas) la libertad de Juan Salvador Gaviota, de ahí la currícula de los autores con datos profesionales tan prolijos como innecesarios, o el simple título de cada conjunto de textos acompañado por una pintura con la que nada lo une (unas están tan oscuras que no se distingue nada), además de otras minucias insustanciales… y otra no tanto: al final, como queriendo “enseñar todo”, en forma absurda los editores entrometieron una galería de pinturas en blanco y negro (con fotos de los pintores) de temas diversos, entre las que destaca la imagen de René Juárez Cisneros.
No asiento lo anterior peyorativamente… Entiendo que los libros misceláneos aparecen sobre todo en cierta etapa de una generación, que por lo general es joven, o (y entonces la recopilación admite autores de diversas edades) en una etapa de la sociedad que en los diversos ejercicios del espíritu vislumbra espejos simbólicos vitales en los que fluyen y perduran rasgos de identidad comunal. Esta vez, estamos ante un grupo de escritores organizados que, sin pedirle presupuesto a nadie, se juntó alrededor de Hernández Avelar y dieron una obra colectiva que lo mismo pondera las expresiones del terruño que los valores artísticos universales con tal vocación democrática que más bien parece devoción.
El detalle. En la presentación de Con las alas abiertas, que medio he contado, participó el maestro Arturo Nava Díaz, quien dedicó buen rato no ha destruir los sonetos que aparecen en el libro, sino nomás a explicar lo que era escribir un buen soneto. Empezaba a informar sobre los sonetos que había escrito Sor Juana y Quevedo, cuando de entre el público se levantó una señora que pidió al maestro ser más breve y “por favor no salirse del tema, ya que estamos hablando de nuestros paisanos”. La protesta de la señora fue airada, pero al último tiró por la ironía cordial: “Otro día nos enseña a escribir”, le dijo a Nava.
Por allá levantó la mano el maestro Ignacio Mena Duque, El Coleguita, como le decían sus amigos y admitía que le dijéramos sus alumnos de secundaria y prepa. Su participación fue breve y latigueante: una joya retórica sincera e ingeniosa que empezaba con Yo acuso a Agripino de y terminaba con Yo acuso a Agripino de, hasta hacer de Agripino responsable de perpetrar poesía y de ser, en pocas palabras, un amigo pocastuercas y un maestro genial.
La parte palabrística de la reunión terminó felizmente (a pesar de que estábamos en la Sala de los Gobernadores) y enseguida se sirvió vino en el corredor (del Museo Regional de Guerrero). Salí junto a Nava Díaz, y, antes de que pudiéramos entrarle al vino blanco, el maestro ya tenía enfrente a la señora calentana que le pidió concentración. Ella ya traía su copa y yo me lancé por las que faltaban. Cuando regresé, El poeta Nava sonreía. Le entregué su copa y brindamos, los tres. La señora seguía sonriendo cuando se despidió de Nava Díaz: “Usted es un gran maestro, le dijo, pero tiene el defecto de que no sabe cuándo enseñar”.
Salió Agripino, y lo saludé. Tras él venía Mena Duque. Éste fue mi maestro de historia universal en la secundaria y de historia mexicana en la prepa, como ya sugerí. Apareció entre Agripino y yo y le dije: Acuso al maestro Ignacio Mena Duque de recurrir a tormentos escolares para que me llevara a casa a Agripino Hernández Avelar.
–¿Es en serio? –preguntó el Coleguita.
Un impulso imaginativo desmadroso (que de seguro viene de la secundaria) me está obligando a decirle al maestro: no aprendí nada de historia mexicana y menos universal, pero –pero pues no se lo digo. “Muy en serio: Yo acuso al profesor Mena Duque –declamé– de haberme prestado Laurel de los amantes, y de obligarme así, como su alumno de secundaria que era, a conocer la poesía de ese terrible exterminador de la naturaleza llamado Agripino Hernández Avelar”.
Algún tiempo después, los calentanos me invitarían a presentar Voces del viento, de Lorenzo Esteban Juan Palacios, en el que también participa Agripino Hernández Avelar. Pero ese es asunto de otro Pozole Verde.

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