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Jaime Castrejón Diez

La transición egipcia

Después de la primavera árabe y la caída de Hosni Mubarak el mando egipcio quedó en manos de los militares por 16 meses, quienes establecieron una junta y convocaron elecciones. En las elecciones los dos candidatos con más votos fueron a una ronda final y el ganador fue Mohammed Mursi, que compitió con Ahmed Shafik, el candidato apoyado por los generales. Mursi es un ingeniero educado en Estados Unidos que recientemente ingresó a la política y fue con la primavera árabe cuando empezó a conocerse en los medios públicos.
La Hermandad Musulmana en apoyo de Mursi llenó la Plaza Tahrir, que se ha convertido en un símbolo de la Revolución de la primavera árabe y vitoreó el resultado de las elecciones cuando se anunció que Mursi había ganado con el 51.7% de la votación. El apoyo popular es al mismo tiempo un aviso a la otra fuerza de poder, que es el ejército, de que tendrá que haber una negociación en que tomen parte las dos principales fuerzas del país, el ejército y la Hermandad Musulmana.
En realidad la elección fue la confrontación entre la Hermandad Musulmana y el apoyo del ejército. Mursi al ganar se enfrenta a problemas grandes, por un lado tiene que buscar también el apoyo de la minoría cristiana copta, que por lo menos formalmente ya le ofreció su apoyo. Pero por otro lado la junta militar deshizo el Parlamento que fue electo y continuó haciendo la Constitución sin la consulta a un Congreso. Esto naturalmente vino a poner a Mursi en una seria dificultad. Su posición de presidente democráticamente electo tiene también la presión de la Hermandad Musulmana que en estos momentos dentro del Parlamento existente tiene una mayoría que pudiera significar un apoyo a Mursi, que tiene los mismos ideales de esa organización. Sin embargo los militares a través del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas desplazó al Parlamento en la toma de decisiones. Su objetivo era que la nueva Constitución fuera redactada por la Corte Constitucional Suprema, creada por los militares y que aparentemente limita los poderes del Presidente y generaría un nuevo Parlamento.
Tiene también que conciliar con los otros partidos políticos, tanto el izquierdista, los liberales, el ejército así como el otro líder de su misma Hermandad para que trabajen juntos, para unificar el gobierno con el apoyo de los partidos nacionales. De otra forma el gobierno de Mursi sería muy endeble.
El problema se hizo más crítico porque también hay inconformidad dentro del liderazgo de la Hermandad Musulmana porque había otros líderes tal vez con un mayor derecho de participar en la elección y fue la popularidad de Mursi la que lo llevó al triunfo, ya que dentro de su misma Hermandad no es el hombre más fuerte. Esto puede ocasionar muchos problemas en el futuro cercano. Tal vez el electorado se decidió por Mursi por ser un musulmán moderado en contraste con el líder que es más radical.
Ahora viene el período de transición, Mursi ha dicho que renunciará a la Hermandad y al Partido Libertad y Justicia que es el brazo político de los Islamistas. Esta es la primera medida de reconciliación que hace el nuevo presidente. También viene la parte más difícil de negociar, el nombramiento del Primer Ministro que ha dicho no será un miembro de la Hermandad.
El 30 de junio los militares entregaron el poder a Mursi, sin embargo hicieron valer la decisión de la Junta Suprema para abolir el Parlamento. Pero Mursi repuso el Parlamento y convocó a que asuman su papel de organismo electo. Para los militares esto supone una confrontación, pues este organismo tiene una mayoría de diputados de la Hermandad Musulmana y son opuestos al ejército. Lo cierto es que la pugna es por la redacción de la nueva Constitución.
Finalmente Mursi cedió, aceptó el fallo de la Corte Suprema de abolir su decreto y que el Parlamento fuera disuelto. Esto pone de nuevo en manos de los militares la redacción de la nueva Constitución y el nuevo presidente queda entre dos fuegos: los militares y la Hermandad Musulmana. La situación del presidente es difícil pues queda entre el ejército y quienes quieren una República Islámica.
La visita de la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton fue un buen apoyo para el nuevo gobernante, pero suscita problemas con la Hermandad, porque saben que el gobierno americano no simpatiza con la idea de una República Islámica ni el control del ejército. Mursi tendrá que mostrar sus talentos diplomáticos para sobrevivir.

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