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Federico vite

Su alma es el paisaje

 

 

Y de pronto me acuerdo que hoy cumple años Cees Nooteboom, polígrafo holandés, autor de Perdido el  paraíso (Siruela 2006), novela de 184 páginas en la que narra la historia de una mujer que fue violada en las favelas de Rïo de Janeiro y tras ese quebranto emocional decide viajar, con una amiga, a Australia donde, vestida de ángel, conocerá en un festival de literatura y teatro a un amargado crítico literario, Erik. El encuentro de estos dos personajes dota de una ternura inmensa al lector: él cree que ella es realmente un ángel; ella, que ha llegado al paraíso para estar en paz.

Perdido el paraíso refiere constantemente la obra capital de John Milton, El paraíso perdido, pero Nooteboom ofrece una visión mucho más mundana del tema angelical. El libro de Milton aborda la caída de los ángeles y, en consecuencia, el destierro de los hombres; Perdido el paraíso cuenta la ascensión de Alma, esa brasileña mancillada, quien adquiere un estado de liberación tras asentarse en Australia. Nooteboom no habla del mito, sino del espejo del mito, muestra cómo esa mujer alcanza la conciencia de un ángel.

La protagonista viaja desde Brasil hasta los grandes desiertos de Australia, donde sus ancestrales habitantes, los aborígenes, viven entre dos mundos y no pertenecen a ninguno de ellos. Alma conoce a un artista aborigen, personaje que sirve de catalizador para el auto-conocimiento, quien propone la tesis de esta novela: “El triunfo se encuentra al descubrir que eres mortal e inmortal a la vez”. Ambigüedad atractiva que sirve de telón para que Cees nos confiese al oído que en todo libro, como en la vida, siempre llega el instante en que algo normal se torna misterioso sólo porque es parte de lo humano. Nooteboom advierte que los ángeles están en todas partes, que es posible encontrarlos cuando uno atiende con suficiencia los detalles. Por ejemplo, Erik refiere en el libro: “Me invitaron a un festival literario en Perth, al sureste de Australia. A la vez se desarrollaba un festival de teatro donde daban un itinerario por la ciudad (entrar en bancos, iglesias o casas) para encontrar ángeles escondidos, que eran como nosotros, pero con alas”. Y Erik se desboca en ese juego. “Era fascinante entrar en un lugar y no saber si bajo la mesa había un ángel aguardando”, confiesa el crítico literario de la novela y agrega: “Después de hora y media de búsqueda, en una casa vacía, vi en un armario abierto a una mujer con alas. Tenía la cara contra el fondo y la consigna de no moverse ni contestar”. Es ahí cuando Erik, ese hombre envejecido y domesticado por la vida, cambia su perspectiva del mundo. Conoce a la brasileña Alma en esa visión casi evangélica: mujer con alas en armario. Años después el engranaje del destino se pone en marcha y esos personajes vuelven a unirse en un balneario austriaco. Erik, tras ese reencuentro, se plantea una cuestión: ¿es posible el amor entre un ángel y un hombre? Pero el viejo crítico literario amarra sus ansias y se convence de un aspecto contundente: “Los ángeles no pertenecen a este mundo, tienen otra conciencia”.

La novela ofrece una mirada refrescante a ese símbolo poderoso que modificaba la realidad de los hombres. Si antes esos seres alados planeaban el cielo para llegar hasta nosotros, ahora sólo los consideramos elementos decorativos, productos de amplio espectro (igual que los medicamentos actuales, placebos y panaceas).

Perdido el paraíso es la novela de una mujer que intenta revertir los traumas de la violación, una chica que reinicia su existencia en un lugar donde la imagen de los ángeles contribuye a reiniciar el vuelo y la pasión por vivir plenamente. Quizá esa sea la conciencia de un ángel.

Noteboom ha comentado con cierto humor en algunas entrevistas –varias de ellas pueden consultarse en youtube– que creció lejos de sus padres en escuelas católicas, sitios espléndidos, afirma, para ser un escritor. “Hay una nostalgia del paraíso. El hombre necesita creer que el ángel está cerca de él y le protege, aunque en realidad no existan”, dice Cess y agrega que por ese motivo escribió Perdido el paraíso, para sentir que su alma también es un paisaje que añora las visitaciones de los ángeles.

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