Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* El legendario López Romero

 

Desde que (siendo muy joven) don Félix J. López Romero se inició en el periodismo, se ha distinguido por su entrega profesional y su profundo cariño por Chilpancingo, donde nació en 1931. Esto lo ejercita metódica y sabrosamente a través de sus columnas periodísticas, donde, junto a su opinión política, cotidianamente ofrece a los lectores los resultados de su investigación en archivos y la minuciosa reelaboración de sus recuerdos. A estas alturas en Chilpancingo ya todos sabemos que en el canasto periodístico-literario de don Félix hay pan bueno, sencillo, substancioso y calientito, como Los días de ayer, Cosas  del ayer, Chilpancingo: Los pueblos del municipio, Del mundo chilpancingueño y Personajes de Chilpancingo, libros en los que la historia social se entrelaza con los recuerdos felixianos íntimos, a los cuales los chilpancingueños de hoy debemos haber entendido mejor y llegado a querer más a nuestro pueblo grandote.

De la atención que don Félix ha puesto en el estado de Guerrero nació Guerrero antaño y hogaño, amplísima reunión de textos sobre diversos asuntos y personajes de la historia regional, y Leyendas, Cuentos y Tradiciones de Guerrero. Éste es el libro  que comentamos en este Pozole.

Por el momento no es necesario detenerse, diccionario en mano, a apuntar las características que particularizan como género literario a la leyenda, las “tradiciones” y el cuento, ni qué separa a cada uno de ellos de los otros dos. Quedémonos con que se trata de géneros populares colindantes, que bajo la pluma de don Félix J. López Romero se entrelazan y (con)funden; como en el resto de sus obras se entrelaza el rescate de archivo, el recuerdo personal y la mera ficción, de donde nace el ya famoso estilo felix de López Romero.

De cualquier manera, gracias a ese estilo tan sencillo, comprometido y vital con que se mete en cada asunto, como en sus demás obras, todo en Leyendas, Cuentos y Tradiciones parece provenir de la memoria privilegiada –hasta el encantamiento– de don Félix, la que en sí misma ya constituye un hito dentro de las tradiciones vivas de Chilpancingo y –a partir de esta obra y de la citada Guerrero antaño y hogaño– del estado.

Ya en Los días de ayer, su primera obra (que reseñé hace años en El Sur –y que por cierto no logro encontrar en internet), don Félix nos mostró su efectiva forma de proceder con los materiales del pasado inmediato que extrajo de archivos municipales, de calles, jardines y demás espacios de la ciudad, de héroes y vecinos, y de su propia emotividad literaria y conmemorativa. A partir de entonces, la obra de don Félix se ha desbordado en una cornucopia de datos concretos que abarca los aspectos más destacados –pero también los más nimios e íntimos– de los aconteceres míticos, históricos y sociales de Chilpancingo –y ya dijimos, de Guerrero.

En muchos sentidos, la obra de López Romero guarda gran semejanza con la de los tixtlecos Florencio Encarnación Ursúa (Anécdotas y Leyendas Guerrerenses, 1983) y Celestino Vargas Carranza (Cuentos, pasajes y leyendas, 1984), y con la de los chilpancingueños Enriqueta Cuevas de Romero (El Avispero, 1989),  Rodrigo Vega (Voces y cantos del camino, 1984) y Manuel Linares (Chinchorro, 1944, reditado por el Ayuntamiento de Chilpancingo en 1990). Amplias crónicas de su pueblo realizaron también y un poco antes, los calentanos Tomás Arzola Nájera (Cómo se formó un pueblo. Tlapehuala, 1992), Teobaldo González (Cosecha de recuerdos, sobre Zirándaro) y Alejo Montes de Oca Navarro (Cuiyucan, 2008), entre otros.

A primera vista, a todos los une la temática, que en pocas palabras trata de las cosas del pueblo, las prácticas y las mágicas, las cotidianas y las que van pa’ eternas, las históricas y hasta las botánicas, las políticas y las meramente anecdóticas, todas ellas recuperadas como paraísos perdidos del Ser Regional.

Son obras testimoniales escritas en su madurez por personas profesionalmente destacadas, que han vivido varias épocas y transiciones políticas y sociales y que quieren dar fe del patrimonio histórico y cultural que sustenta nuestra conciencia colectiva, en el intríngulis globalizador que anula la vida campirana y la tradicional y en el que se juntan casi todos los modos y valores culturales.

Sus textos no siguen metodologías modernas ni pretenden resultados “científicos”, “objetivos”. Su mirada es subjetiva, su expresión suele ofrecerse en primera persona y lleva el sello auténtico y veraz de quien dice: “Eso yo lo viví”.

El testimonio de don Félix destacó de inmediato por su organización temática y su dinamismo narrativo. Sin duda, don Félix, que tanto se ha quemado las pestañas en los archivos, sabe que muchas historias viejas se parecen a rosas marchitas que se deshojan al menor contacto, pero ha sabido evadir ese riesgo con la sensata combinación de datos verídicos, con la comprensión de una especie de proceso del “alma popular” y la sencilla elegancia de su estilo literario, que antes que tratar de “pasarse de rosca” se ciñe en forma natural a las expectativas de los relatos.

En el fondo y como principio vital y ético, los libros de López Romero tienden a la recuperación de la identidad y, de ahí, recalco, nos impulsan a querernos más como pueblo. Pero los libros de López Romero son bonitos y atractivos por la autenticidad de sus datos, de sus intenciones y de su manera de contar. Caldo de pollo para el alma popular, lo que escribe don Félix.

En este libro López Romero nos ofrece 48 leyendas, 15 cuentos y 20 “tradiciones”, es decir: 83 –¡nada menos que 83!– relatos. Yo digo: nada menos que 83 relatos, pero alguna vez don Félix me reveló que en realidad es parte de un conjunto ¡siete veces mayor! que lleva varios años preparando.

Mientras tanto, la recuperación de 48 leyendas guerrerenses ya me parece abundante. El autor suele proporcionar datos sobre dónde y cuándo (y aun en qué contexto político o social) sucedió lo que cuenta, lo mismo en las leyendas que en los cuentos y las tradiciones. Muchas de las leyendas tienen un trasfondo histórico objetivo: temas que los lectores curiosos pueden ampliar si acuden a Guerrero antaño y hogaño del propio escritor chilpancingueño. Cuando se lo contaron, don Félix dice quién se lo contó, con pelos y señales.

De oficio periodístico de casi toda la vida –empezó a escribir en periódicos hace más de sesenta de años, se le vincula con la planilla que fundó de El Diario de Guerrero allá por 1947–, don Félix de a tiro se soltó el pelo narrativo y su forma de contar es más lírica y emotiva. Con facilidad describe paisajes plácidos y suspensos terroríficos. Si consideramos que, en general, la leyenda tiende a enaltecer ciertos prototipos y valores colectivos y a controlar los impulsos antisociales o autodestructivos, a modo de advertencia extrema y ejemplar, en las leyendas de don Félix no falta el mensaje o la moraleja respectiva.

Las leyendas provienen de todo el estado. Pasan lista Tepechicotlán, Azoyú, San Luis San Pedro, Chilpancingo, Agua de Obispo, Rincón de Alcaparroza, Petatlán, Coyuca de Benítez y otros pueblos de la Costa Grande, y otros de la Montaña, e Iguala, Huitzuco, Taxco, Cutzamala, Buenavista de Cuéllar, Zumpango, Apango, Acatlán, Colotlipa, Mochitlán, Huamuxtitlán, Chilapa, Tixtla, Xochistlahuaca, Ometepec y Acapulco. En estos lugares ubica don Félix los encuentros con el diablo, la fortuna y la muerte, las apariciones fantasmales, los malentendidos fatales, el descomunal cerdo negro y la mujer que se volvió sirena, y La Danza del Cortés, y cómo hicieron vírgenes y santos para quedarse en equis pueblo, y muchas mujeres quiméricas.

Hay historias bastante simples, como la de El Profeta (Leyenda de Costa Grande), y al menos una –El marrano negro (Tradición de Chilpancingo)– parece sacada de la manga. No es extraño que encontremos “repeticiones” o, mejor dicho, versiones locales de leyendas muy conocidas, como es el caso de La Llorona y de Los destrozos de tu hijo, texto al que don Félix subtitula Tradición chilapeña pero de la que hay versiones en muchos lados (feligreses van a pedir a la Virgen que les preste a su hijo, para que éste haga que llueva; llueve a torrentes y se echa a perder la cosecha. Los feligreses regresan con la Virgen, la quieren a ella, para que vaya a ver los destrozos que causó su hijo). La estructura de Las Cihuateteyotas de Celestino Vargas Carranza se empalma con la de La Cihuatatayota de López Romero, aunque difieren en ciertos detalles (las primeras tienen garras asesinas, las segundas no, por ejemplo). Ambas son una versión “original” de la Xtabay, la seductora de jóvenes impulsivos y descarriados.

Hay leyendas redondas: El cerrito rico (Leyenda de Chilpancingo), que también cuenta, por mencionar a alguien, Rodrigo Vega, y La Estacada (Leyenda del poblado de ese nombre), que tiene formato de cuento. Mi preferido es El Aparecido de Tepango (Leyenda de Chilpancingo), a pesar de que la anécdota y la trama aparezcan en una leyenda colonial de las que recopiló Vicente Riva Palacio en el siglo XIX.

La tradición es un término de connotaciones socioculturales. Es, también, un género literario romántico, que floreció, como la leyenda, en el contexto nacionalista decimonónico de muchos países de América Latina, que puso a muchos escritores a revisar historias cotidianas y sucesos extraordinarios, en aras de la “originalidad”. Las historias de la literatura otorgan el título de inventor de la tradición como género literario a “un solo hombre”, a Ricardo Palma, quien para escribir sus Tradiciones peruanas (1872) recurrió a un lenguaje muy coloquial “y permitió así a la narrativa de tipo histórico elevarse por encima de la mediocridad”.

Don Félix pone en un mismo renglón cuentos y leyendas con “tradiciones”, porque los tres participan del arte del relato oral y del cuadro costumbrista. No sé si López Romero revitaliza la vibra fantasmagórica literaria o popular, ni si su manera de manejar archivos y testimonios les sugiera algo a los historiadores científicos, sólo repito que este libro es pozolito verde salido del horno. Como dice el arquitecto José Antonio Ayala, “Don Félix… es sin duda un erudito, pero, sin duda también, es un erudito non, pues está despojado de soberbia, dado que su espíritu guerrerense está enraizado hondo en la búsqueda, reconocimiento y transmisión de las creencias y circunstancias de todo un pueblo que por mucho tiempo y en muchos lugares ha ido creando y recreando su propia cultura, él, Félix J. López Romero y su noble espíritu apuesta con su obra contra el olvido”.

 

 

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