Admite la Academia Mexicana de la Lengua al primer indígena que se asume como tal
Jorge Ricardo / Agencia Reforma
Ciudad de México
En 137 años de existencia la Academia Mexicana de la Lengua (AML), creada en 1875, ha admitido sólo a dos autores de origen indígena. Los dos díidxa záa (o zapotecos). El primero fue Andrés Henestrosa, en 1964 (aunque no se asumía como indígena), y de ahí ha tenido que pasar casi medio siglo para que el próximo martes, a las 19:00 horas, Víctor de la Cruz Pérez presente su discurso como miembro correspondiente y como primer escritor que se asume como indígena.
De la Cruz nació en 1948 y aprendió a leer y a escribir. En el caso de un indígena, este dato es muy importante. A diferencia de quienes pueden volver romántico el momento, él se atiene a lo básico: “Comencé a escribir cuando fui a la escuela: miles de indígenas todavía hoy no pueden ir”, dice.
Del otro lado de la línea telefónica, en algún lugar del istmo de Tehuantepec con mucho viento, parece que se cortará la llamada. De la Cruz se apresura a decir lo que le parece su ingreso: “Creo que es una apertura de la sociedad hispanohablante racista”.
A los 11 años, Víctor de la Cruz se encontró leyendo en voz alta la Marcha triunfal, de Rubén Darío. “Y me atrapó ese alarde de sonidos, ¡Ya viene el viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! ya se oyen los claros clarines, esas hermosas aliteraciones que llegaban a mis oídos vírgenes del español y empecé a tratar de imitarlos”.
Tiempo después escribía una tesis –“de lo más exótico posible”– con autores como el finlandés Georg Henrik von Wright. Alguien le dijo que había un zapoteco que escribió nada más en zapoteco y que nadie sabía qué decía. Entonces se dedicó a traducir a Pancho Nácar (1909-1963), y en 1973 publicó Diidxa. “Regresé a mi lengua –dice–, y sentí una desilusión al darme cuenta de que el español no me basta para decir las cosas”.
En uno de sus poemas más conocidos, el cofundador de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas, se pregunta: “Quien trajo la segunda lengua/ acabó con la nuestra, y nos mató,/ vino a pisotear la gente del pueblo/ como si fuéramos gusanos/ caídos del árbol, tirados en la tierra./ ¿Quiénes somos, cuál es nuestro nombre?”.
Para De la Cruz ser escritor indígena incluye un proceso de reconocimiento. En su discurso de ingreso hablará sobre la literatura en lenguas indígenas y de las dificultades que han tenido. A inicios del siglo XIX quedaban 110 lenguas indígenas en México. En 2008 se contabilizaron 68.
En Juchitán, donde nació, adonde va a pasar algunos días, se oye gente que grita en zapoteco. El nuevo integrante de la AML dice que la literatura indígena no ha tenido un mismo desarrollo. Que el maya, el nahua o el díidxa záa tienen una tradición muy amplia, pero que en otras aún no se empieza a recabar su tradición oral. “Si toda literatura es la continuación de la que le precede, ¿que hacemos con aquella que todavía no está escrita?”, se pregunta.
Entre lo que planea trabajar en la Academia se encuentran las aportaciones que la lengua díidxa záa ha hecho al español. Sin embargo hay otros aspectos sobre los que reflexiona. Por ejemplo: ¿cómo juzgar a lo indígena ante la falta de crítica literaria generalizada? ¿Cómo generar una crítica literaria especializada en lo indígena que entienda que géneros como la novela no existen en esa tradición, o que no se pueden componer sonetos en zapoteco debido a que sus palabras siempre terminan en vocal? ¿Cómo poner en un mismo nivel la obra de Alfonso Reyes, que creció viajando y mirando a Grecia, y la de los autores indígenas que viven dedicados a la subsistencia?
“Las literaturas indígenas se encuentran entre el nacimiento y el renacimiento”, dice. Pero de lo que está seguro es de que a los escritores indígenas –“los que escriben originalmente en su lengua”– los une un mismo sentido: “Resistir a la uniformidad cultural que impone un modelo de vida y que destruye al nuestro. No resistimos contra Bach o Beethoven o contra las grandes obras literarias, sino contra un modelo que nos integra, no a una cultura sino a un mercado. El escritor indígena representa una resistencia en contra de eso, queremos seguir siendo escritores, no consumidores”.




