Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco, música y poesía VII
No moriré, trascenderé: Chavela Vargas (1919-2012)

El Acapulco de Chavela Vargas

Ponme la mano aquí,
Macorina,
Ponme la mano aquí.

Chavela Vargas llega al hotel El Mirador del brazo de Teddy Stauffer –ella lo llamará cariñosamente “pinche güero cagaleche”. El músico suizo la ha descubierto cantando en Garibaldi y su sexto sentido de entretenedor le aconseja contratarla. Está seguro de que su presencia y sus canciones serán un poderoso atractivo para la parroquia gringa del bar.
La mujer poseía una mata de pelo negrísimo cayendo sobre sus hombros. Unas veces lo recogía formando un enorme chongo y otras lo trenzaba con lazos multicolores. Vestía de pantalón y blusa de manta y calzaba huaraches. A la hora del espectáculo se arropaba con hermosos jorongos multicolores y elegantes capas artesanales. Los ¡oohs! y los ¡beautifuls! de admiración no se hacían esperar por parte de la audiencia. Dicen adiós los años 50 de la guerra fría y el triunfo de la revolución cubana.

Veinte años y entre palmeras
los cuerpos como banderas
noche guateque y danzón
la orquesta tocaba un son
de selva ardiente y caprina
y en el cielo gran frenesí

Aunque costarricense, la dama poseía un estilo singular para cantar la canción bravía ranchera: intenso, apasionado y a veces desgarrador. Se sublimaba particularmente con la obra de José Alfredo Jiménez, quien será su compañero de noches de briaga sin fin. Fue una madrugada, al término de una de aquellas farras de pupila fija: José Alfredo pide a Chavela una pluma para escribir aquello de Te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido. Más tarde, al conocer que su compadre estaba desahuciado por la cirrosis, ella colegirá que le cantaba a la muerte. Entonces hará suya Las ciudades.
Alvaro Carillo formaba el trío con aquellos dos irredentos. Un trío empeñado en provocar la crisis nacional del agave azul tequilero. La dama admiraba al oaxaqueño-guerrerense como un poeta auténtico, fino y en dos palabras: muy chingón. Ella será sin duda la mejor intérprete de El Andariego y pedirá con Alvaro: ahí junto a mi cruz, tan sólo quiero paz. A propósito, Chavela Vargas presumía, entre serio y broma, haber consumido en su vida de “peda” un millón ochocientas mil botellas de tequila. “Se quedó corta la vieja tránsfuga”, opinaban quienes nunca podrán, como ella, dejarla.

Tus pies dejaban la estera
y se escaba tu saya
buscando la guardarraya
que al ver tu talle tan fino
las cañas azucareras
sellaban por el camino
para que tu las molieras
como si fueses molino.

Muchas de aquellas botellas de tequila las consumirá con cargo al hotel El Mirador, desvaneciéndose el argumento triunfal de Teddy Sttaufer. El de haber contratado baratísima a una cantante ranchera que no necesitaba mariachi, ni ningún otro acompañamiento. “Si, Teddy, pero como bebe resultaría más barato contratarle una orquesta sinfónica”, debatía don Carlos Barnard, el dueño.
Para el cineasta español Pedro Almodóvar, a quien Chavela Vargas llamaba “mi esposo”, no hubo razones económicas y sí profundas en el hecho de que la mexicana prescindiera del mariachi. “Al hacerlo, ‘mi esposa’ eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando en toda su desnudez el dolor y la derrota de sus letras”.
Chavela Vargas se hospedaba en el hotel El Faro de Rosita Salas pero se la pasaba en el lobby de El Mirador chacoteando con huéspedes y empleados. Serán sus grandes cuatachas, como ella las llamaba, Victoria Sabah, Isalia García, Adalilia y María López, Raquel Güera Fox, Vilma Villalvazo, Aidé López y Alma Rebolledo Ayerdi, entre otras. El grupo festeja el cumpleaños de esta última, hermana del escribano, y asiste Chavela Vargas con jorongo y guitarra.
–Qué feo canta esa vieja, parece marimacha, opinó el chavo suscrito quien será mucho más tarde su ferviente admirador.

Tus senos carne de anón
tu boca una bendición
guanábana madura
y era tu fina cintura
la misma de aquél danzón.

Algunas de las cuatachas de Chavela se extrañarán luego de que en su biografía artística no figuren sus noches tórridas de Acapulco. Noches irrepetibles de éxito, amor y tequila junto a La Quebrada. Simple olvido, quizás. ¿O es que al dejar para siempre el tequila quiso borrar el pasado borrascoso en que fue su esclava?
–¡Jamás! –afirmaba categórica una de aquellas cuatachas. Chavela vivió aquí la que fue seguramente la pasión amorosa más intensa de su madurez. Una de esas pasiones perras que te hacen llorar sangre, te cortas las venas y que nunca se olvidan.
Ninguna de aquellas mujeres aceptará recordar el nombre de una estrellita de Jólibut, alojada en El Mirador, filmando en escenarios del puerto. Chavela Vargas se convirtió en su inseparable chaperona y a ella le dedicaba todas las noche Luz de Luna de su cuatacho Alvaro Carrillo. El día en que la hermosa mujer tenga que partir, Chavela llorará a escondidas y beberá y beberá. Durante la despedida le hará a su amiga extranjera un obsequio no identificado pero su valor sí valorado. Las cuatachas lo calcularán sólo por el tono, frecuencia e intensidad de las expresiones de la gringuita agradecida:

¡oh my god, oh my god!,
oh my god!
Después el amanecer
que de mis brazos te lleva
y yo sin saber qué hacer
de aquél olor a mujer
a mango y a caña nueva
con que me llenaste al son
caliente de aquél danzón

Las noches de Chavela Vargas*

–Buenas noches, pasen pasen! –gorjeaba alegremente Chavela Vargas a turistas bovinos quienes respondían con afables gestos de contento.
–¡Qué linda pareja, por aquí hijitos de la chingada!
–A ver tú –se dirigía a una mujer de ojos azules y arrugadita. Si tú, pelos de elote tan cabroncita. ¡Ah!, pero también pendeja, pendeja –añadía entre risas acariciadoras–. Órale, cabroncita, asienta la nacha acá, al lado de tu marido.
A continuación iba al estrado y cantaba Macorina, de Alfonso Camín, para empezar, con tal picardía e intención que hacía bramar al auditorio. ¡Oh, sí mucho bueno Macorina!

Ponme la mano aquí
Macorina
Ponme la mano aquí.

Termina la canción y Chavela da la bienvenida a nuevos visitantes.
–¡Entren güeyes güeros! ¿A qué chingaos vienen, hijos de la tiznada?. Siéntense güevoncitos.
Y a su sonrisa ellos sonreían. Chavela volvía a la guitarra conmoviendo a todos con su canto poderoso.
–¡Voy a cantar un corrido, sin agravio y sin disgusto…!
Mientras por un lado su arte nos cautivaba y gozábamos La Churrasca, Negra María, Aquél amor y muchas canciones más, las majaderías de Chavela nos mataban de la risa a los escasos mexicanos presentes en la función dse aquella noche apacible y fresca.
Para el final de fiesta, los tequilas ingeridos antes y durante el show ya habían hecho su efecto demoledor en aquella aparente vigorosa humanidad. Resultaba propicio un último grito:
–¡Ayayay , pinches gringos, ojalá y se los lleve la puritita chingá!

Ponme la mano aquí
Macorina
Pónme la mano aquí

* (Crónica de María Luisa Villarreal Cervantes, reproducida en el libro Perlas Japonesas de Nikito Nipongo (Lectorum, 2001).

Acapulco y Los Monkees

Los Monkees, el grupo angelino de rock nacido en 1966, es un caso extraordinario de supervivencia y vigencia musical. ¿Quién con la edad suficiente no recuerda el grito de “¡ahí vienen los Monkees!?”
Una banda de rock de cuatro elementos sólo dos de los cuales eran músicos, los otros aprenderán sobre la marcha.
Como para los productores de Los Monkees importaba más la imagen de los alocados muchachos que sus conocimientos musicales, contratarán a gente muy calificada para hacerles aparecer como geniales. Entre ellos-–compositores y cantantes estadunidenses–, estarán Carole King, Neil Sedaka y Neil Diamond. Solo dos años más tarde los dejarán valerse por sí mismos.
No habrá, sin embargo, deslinde entre los temas propios y los ajenos figurando todos como éxitos de ellos. Algunos I’am a Believer, She, I wanna be free, sweet young thing y Acapulco Sun. Tema este que implicaría una visita del cuarteto al puerto, no documentada en ninguna parte.
Este el Acapulco de Los Monkees (una aproximación, desde luego), insospechable en un grupo tan alocado e irreverente. Bien por ellos:

Sale el sol en Acapulco, dejemos todo por hacer
Soñemos con la noche que pronto llegará
Ella toma mi mano y caminamos juntos
Escuchamos la canción del mar
Canción dulce de amor
Las palabras de ella son simples, sencillas,
Te amo, realmente te amo.

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