Con su muerte, deja incompleta el cineasta Theo Angelopoulos su trilogía sobre Grecia
Redacción
Cruel paradoja. Theo Angelopoulos estaba enfrascado en la preparación de la tercera entrega de la trilogía iniciada con Eleni en 2004, El otro mar, una cinta sobre los efectos de la crisis económica en la vida diaria de los griegos y del que había dicho que sería su último filme.
Ahora, tras su inesperado fallecimiento, la obra póstuma se convierte en un sueño no realizado.
La eternidad y un día (1998), galardonada en Cannes y protagonizada por Bruno Ganz, era el ejemplar título de una de sus últimas películas. En ella se narran los días postreros en la vida de un escritor enfermo que decide comprometerse con los demás después de tantos años pensando solo en sí mismo.
La muerte sobrevolaba pesarosamente aquella hermosa película, una muerte asumida tranquila y libremente como el desenlace irremediable. La muerte ha sorprendido a Angelopoulos a los 77 años, en pleno trabajo, rumiando planos y encuadres, algo que empezó a hacer en la década de los 60 y que, poco a poco, le llevó a convertirse en uno de los artistas griegos más reconocidos y en uno de los cineastas universales.
Muchos filmes importantes avalan la trayectoria del director nacido en Atenas en 1935 y que llegó a estudiar primero en La Sorbona y después en la prestigiosa escuela de cine de París, IDHEC, aunque al parecer fue expulsado del centro por sus ideas más radicales.
El viaje de los comediantes (1975), en torno a una compañía de teatro que realiza una gira por el país durante la ocupación nazi en Grecia, fue su primera película importante a nivel internacional, y en ella ya volcó lo más representativo de su estilo construido sobre la pausa, el plano-secuencia, la contemplación, un cierto halo fantástico, metrajes extensos y, posteriormente, la relación con actores-estrella como Marcello Mastroianni –El apicultor (1986) y El paso suspendido de la cigüeña (1991)–, Jeanne Moreau o el citado Bruno Ganz.
En la línea de Manoel de Oliveira y el también fallecido Raúl Ruiz, cineastas con vocación igual de internacional que no dudan o dudaron en trabajar con actores de distintas nacionalidades, Angelopoulos requirió al norteamericano Harvey Keitel para encarnar al protagonista de La mirada de Ulises (1995), la obra esencial para entender en toda su magnitud las ideas y las representaciones formales y narrativas de Angelopoulos. Es la historia de un cineasta griego que recorre el pasado y el presente de los convulsos Balcanes, relatada como si de una versión moderna de La odisea se tratara.
Luto en Grecia
Grecia se había despertado el miércoles llorando la muerte del director de cine.
“El país, que pasa por un momento difícil, pierde a un gran creador”, afirmó el primer ministro, Lukás Papadimos, sobre la muerte de “una de las principales figuras del cine mundial”.
“El cine de Theo Angelopoulos es un punto de referencia no solo para sus colegas de todo el mundo, sino para cualquier persona que busque en el arte un impulso para el pensamiento y el sentimiento”, comentó en el ministro de Cultura, Pavlos Gerulanos, y aseguró que el director es “irremplazable”.
Todos los partidos políticos, sin excepción, lamentaron profundamente la muerte del director y enviaron sus condolencias a la familia del cineasta. El Festival de Cine de Salónica, el más importante del país y al que Angelopoulos dio gran apoyo, emitió un comunicado en el que muestra su pena por la desaparición del premiado director. “La alegoría de sus imágenes capturada a través de pequeñas historias humanas, habla de la Historia, de la memoria colectiva, de la política. Dio al cine emociones e ideas impagables. Fue un académico, un pensador, un poeta de la imagen. Nos hizo ricos con su trabajo, ahora quedamos pobres por su ausencia”, lamentó la dirección del festival.




