Humberto Musacchio
LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS
Lydia Cacho se va de México
Es lamentable que el Estado mexicano sea incapaz de cumplir con su primerísimo deber, que es garantizar a los ciudadanos la integridad de sus personas y de sus bienes. La llamada “guerra contra el crimen organizado” es uno de los mayores desastres en la historia de México, pues lejos de abatir la delincuencia ha propiciado su multiplicación y la presencia cada vez mayor de los criminales en la esfera del poder, donde aparecen retratados junto a figuras de nuestra vida pública. Una consecuencia de la creciente inseguridad es el asesinato de decenas de periodistas, la agresión contra empresas de la comunicación, como las que ha sufrido el diario El Norte, y las amenazas contra los colegas por parte de los delincuentes que se consideran “ofendidos”. Ahora es Lydia Cacho la que, ante las reiteradas amenazas contra su vida, ha decidido emigrar y establecerse en otro país. Como es obvio, los amagos contra la valiente colega sólo pueden provenir de quienes han sido afectados por sus denuncias, de los delincuentes como Mario Súccar Kuri o de sus impunes amigotes del mundo de la política y los negocios. Se confirma así que en México el periodismo es una profesión de alto riesgo y que el Estado es incapaz de protegerla.
El caso de la revista Playboy
La semana pasada apareció un desplegado de la revista Playboy, edición mexicana, que denuncia “constantes amenazas de muerte” contra su director, Gabriel Bauducco. Al parecer, los siniestros amagos –por lo menos los más recientes– tienen origen en un texto de Olga Wornat que publica la citada revista en la edición de agosto. El autor de esta República no tiene simpatía alguna por el “periodismo” de esa señora, ex colaboradora de la dictadura militar argentina, quien en el sexenio pasado se metió bajo las sábanas de la pareja presidencial. Ahora embiste contra la real o supuesta afiliación de Felipe Calderón y Margarita Zavala a un grupo evangélico que encabezan el director del Inapam (Instituto Nacional para la Atención de los Adultos Mayores), Alejandro Lucas Orozco Rubio, y su esposa, la diputada Rosa María de la Garza, más conocida como Rossy Orozco. Según Wornat, ambos se han enriquecido gracias a esa relación con el Ejecutivo, a lo que se atribuiría la posesión de la residencia que habitan en las Lomas de Chapultepec y otras propiedades. Al parecer, los Orozco presiden una fundación de ayuda a niñas violadas, las que, señala, lejos de tener una atención adecuada padecen la actitud absurdamente arbitraria y dañina de la tal Rossy.
César Nava, otro involucrado
De acuerdo con el texto de la señora Wornat –parte de un libro que está por aparecer–, también Josefina Vázquez Mota ha participado en ceremonias de la iglesia de los Orozco, a quienes César Nava y un tal Hugo Erick Flores les debieron entregar 30 millones de pesos de las arcas del PAN, lo que autorizó “presionado” Manuel Espino, según confesión propia. “Un importante dirigente del blanquiazul que prefiere el anonimato”, dice la autora de la truculenta historia, “me relató que (Gerardo) Ruiz Mateos le dijo a Flores Cervantes que el dinero venía del empresario Zhenli Ye Gon”, pues según Flores Cervantes “todos sabían que Ruiz Mateos, el ex coordinador de la Presidencia de la República, “era cuate del chino”. El resto de la historia va por ahí, con declarantes que no se identifican, los consabidos “me dijeron”, inferencias dudosas y basura de ese tipo. Si alguien se considera difamado podrá recurrir a los tribunales, aunque dudamos que se atrevan a propiciar mayores investigaciones. Lo que de ninguna manera resulta aceptable es que se amenace a los editores, ni siquiera a la señora Wornat. Se supone que hay leyes y las autoridades son las primeras obligadas a respetarlas y hacerlas valer.
“Contra los curadores”
En el número 242 de Confabulación Periódica, revista de internet que se edita en Bogotá, aparece un texto “Contra los curadores” cuyo autor es Armando Villegas, quien escribe “con la autoridad” que le concede “ser uno de los precursores del temible, necio y grandilocuente oficio de curador”, nombre “de pedante connotación médica”. Don Armando aborda “la tiranía impuesta por estos despiadados personajes que han pretendido convertir lo que era una deliciosa actividad estética en una burda y fría técnica” y que en su afán de “unificar todo en el mundo”, exigen a los creadores “temas obvios, ritmos predecibles y motivos falaces” según “los intereses de una sociedad frivolizada”, lo que lleva a proteger “las obras y los artistas que pueden ser un espectáculo”, pues consideran más importante “exponer una colección de botellas de Coca Cola que la obra de algún artista esencial”. El autor agrega que “los curadores imponen todas las manifestaciones pasajeras que generan riqueza o que logran captar la atención de nuestros mediocres medios de comunicación excluyendo las búsquedas decisivas”, pese a que “el arte, su gestación y su realización, es una experiencia de libertad” que debe “alentar todo el proceso creativo, incluso hasta su fase culminante, la de elegir las obras, ordenarlas, colgarlas, logrando la tensión adecuada, un diálogo fecundo con la arquitectura y la iluminación del lugar donde serán expuestas”, para concluir que “el arte debe estar demasiado enfermo” para que existan tantos curadores.
Sobre El arte de insultar
Mañana, martes 14, a las 20 horas, en el teatro Coyoacán de Eleuterio Méndez y Héroes del 47, en el barrio de Churubusco, se presenta el libro El arte de insultar, de Héctor Anaya, a quien acompañarán como comentaristas de la obra el compositor Sergio Berlioz, ese actorazo que es Héctor Bonilla, el crítico literario Evodio Escalante, el músico, poeta y coco (de la tristeza) Eduardo Langagne y Paco Prieto, escritor, comentarista taurino y profesor universitario. La obra le llevó a Héctor Anaya más de diez años de investigación y toda una vida de estudio en vecindades, cantinas, cabarets, cárceles y otros lugares igualmente recomendables de donde el autor extrajo el valioso material que dio por resultado una obra interesante, educativa y muy divertida sobre las injurias, leperadas, vulgaridades, malas palabras o como se le quiera llamar a esos términos que componen lo más sabroso de lo que el propio Anaya designa como “bocavulgario”.




