Federico Vite
Cursos de verano II
Babylon revisited (Regreso a Babilonia, 1931), cuento de Scott Fitzgerald, es uno de los textos más conocidos de este adinerado escritor exitoso, quien se dio el lujo de escribir sobre su gente, los bellos y malditos de Estados Unidos. El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti refería que Regreso a Babilonia es un cuento que sacó de su casa porque lo hacía sufrir mucho. Onetti encontraba en esta narración la pérdida de la infancia, la pérdida del asombro, el ascenso a la hostil madurez.
A Fitzgerald le gustaba su fama y deseaba triunfar como guionista para Hollywood, aunque detestaba a muchos de los guionistas con los que colaboraba. Y, siempre dolido o incómodo, presumía de poseer una excepcional facultad para ser feliz, tan anormal como el periodo de prosperidad que atravesó Estados Unidos en los años 20; también era excepcional su capacidad para hundirse: tan anormal, decía Fitzgerald, como la desesperación que sepultó a Estados Unidos al final de los años de opulencia. Parece que el dolor de Fitzgerald fue siempre el dolor del tiempo. Hay en los cuentos una mezcla de descreimiento y emoción, como si la vida fuera una comedia de señoritas modernas que aspiran a ser mantenidas por caballeros modernos que tienen o aspiran a tener mayordomo y criado negro, pero una comedia que se representa por última vez mientras los operarios desmontan los decorados y el teatro. La sensación del tiempo en fuga es pasión por el mundo, pasión por vivir. Vivir es una demolición, pero, mientras los martillos pegan y destruyen y pulverizan, toca la orquesta y resplandecen miles de luces, aunque sean luces de luminosos que se funden con los días.
Tienen los mundos de Fitzgerald un temblor de inestabilidad, de felicidad que viene y va pero nunca vuelve. Es el placer y el dolor de la fugacidad de las cosas: qué se hizo de los héroes de la guerra, de las mejores fiestas, de las mujeres y sus trajes de noche, de la belleza y del amor, de las canciones de moda, de las casas y los hoteles de lujo, del dinero y su brillo. El dinero, esa fantasmagoría, moldeaba la realidad: la nieve de 1929 no era real, desaparecía si pagabas lo necesario. Así lo contó Fitzgerald en Regreso a Babilonia, donde puede notarse con claridad la imagen fija y obsesiva en la mayoría de los cuentos de Scoty: el fulgor. El fulgor es la luz, los neones de la publicidad, los anuncios luminosos de los hoteles y los bares, las gasolineras y los cines, los faros de los coches, la luz en la cabellera de las mujeres y en la pechera y las solapas del esmoquin, la luz en los cocteles de colores y la luna y el sol sobre piscinas y mares y copas de champán, la luz de las pistas de baile, el fulgor del dinero, el brillo, el resplandor, los destellos, una luz casi sonora, una luz que tintinea en el oro y las pulseras de las mujeres, la luz a punto de apagarse. Dicen que Fitzgerald copiaba sus luces de los anuncios de lámparas eléctricas. Cuando Juan Ramón Jiménez vio la luna de Nueva York en un viaje de novios, escribió en su diario: ¿Es la luna o es un anuncio de la luna?
Regreso a Babilonia tiene una trama simple: Charlie vuelve a París para recuperar a su hija, pero antes deberá demostrar que la merece. Aunque no sólo presenciamos los intentos de Charlie por ganarse el cariño de su hija, conocemos la época gloriosa de París, contrastada con la realidad de la primera mitad del siglo XX. Guerra, desolación y miedo. París ya no es lo que era, pero queda la esencia de todo ese oropel en este cuento de veinte páginas. Sobre Regreso a Bibilonia, Scoty escribe en su diario: “Algunos críticos consideran Regreso a Babilonia como mi mejor relato; yo no puedo ser objetivo al respecto ya que hay demasiado de mí en él. Supuso el intento de reflejar mi vida tal y como había sido y de proyectar sobre ella un futuro como el que deseaba. Zelda había sufrido la primera de sus crisis nerviosas lo que la había re-cluido en un sanatorio, de modo que recuperaba una libertad de acción que no tenía desde hacía años. Superamos así las dificultades de nuestro matrimonio de un modo sencillo, quién sabe si hubiéramos continuado mucho tiempo de haber seguido atados el uno al otro de manera más estrecha. Siempre la amé, pero alejado de ella, con pocas visitas ya que los médicos no las recomendaban en la primera fase de su recuperación, nuestra relación se mantuvo a través de una correspondencia de compleja interpretación pero que nos permitió tomar conciencia de nuestra realidad personal.
“Mi nueva vida pasaba por recuperar mi prestigio de autor con una novela que creía la mejor de todas las que había escrito hasta la fecha pero que luego resultó inapropiada para la época en que se publicó (la Gran Depresión) y tratar de evitar las fiestas y desvaríos a que la intensa vida social que manteníamos Zelda y yo allá donde fuéramos, nos obligaba a asumir.
“El alcohol, como método para superar mi bloqueo de escritor, (¿o quizá fuera el alcohol lo que me bloqueaba como escritor?) acabó por imponerse apartándome definitivamente del sueño de una nueva vida. Pero eso aún no lo sabía aunque ahora todos digan que era tan previsible como inevitable. Quién sabe. Lo cierto es que con todos estos elementos amalgamé una hermosa historia con final amargo, como el sabor de la lima en un coctel.
Charlie Wales regresa a París, escenario de sus mejores días de juerguista, previo al crack del 29, y donde vive su hija –Honoria–, al cuidado de su cuñada (Marion) y su marido. Pretende recuperar la tutela de su hija ya que ha rehecho su vida en Praga, apenas prueba el alcohol (salvo como estímulo para su fuerza de voluntad, cilicio del converso) y para ello debe enfrentarse a la animadversión de Marion quien no puede perdonarle la muerte de su hermana de la que le considera culpable, pese a no guardar relación alguna con ella, al margen de haberse alejado en sus últimos días. Cuando sus planes parecen próximos a cumplirse, el pasado irrumpe en escena, como un enviado del demonio, para torcer la situación”.
Como podemos notar, no se trata sólo de un cuento, sino de una lección vital, una extraña forma de hablar de lo perdido, de arañar el tono sepia del pasado.




