Eduardo Pérez Haro
Economía y democracia III
Para Leslie
México está en una encrucijada. Por un lado, amenazado por el escalamiento de una recesión internacional (crecimiento negativo con desempleo y alza de precios) derivada de la crisis de los países desarrollados (Japón, Estados Unidos y la Unión Europea); y por el otro lado, pendiendo de una frágil estabilidad macroeconómica pues se levanta sobre profundos rezagos en la capacidad de producir, vender y asegurar ingresos suficientes.
No fue gracioso que en el origen de esta crisis en el 2008 el entonces secretario de Hacienda, apoyado en el tan mentado “blindaje” de la economía mexicana dijera que la crisis de Estados Unidos a México le representaría tan sólo un “catarrito” pues en la práctica se tradujo en un decrecimiento superior al 6.0% del PIB, siendo nuestro país el más afectado en el plano internacional. Y menos simpático resulta que ahora, en medio de la crisis y como presidente del Banco de México, diga que si en las olimpiadas hubiese competencia de las economías “México ganaría medalla de oro.”
Aunque no es comprensible que un funcionario de este ámbito y nivel se pueda permitir esas extravagancias, lo malo no está en las chocarrerías de Carstens o de quien sea, sino en esgrimir el artificio del “blindaje” en relevo de una estrategia que reconozca la gravedad de la crisis y la debilidad de las condiciones nacionales para solventarla.
La contienda electoral no pasó por ahí, pues se impuso un concurso sin lugar al debate de los problemas nacionales. Discutir se censuró como sinónimo de “pleito” y se concitó a la “propuesta” porque eso es lo “constructivo”. Los medios de comunicación lo inducen en complicidad con los actores políticos en juego. La gente lo retoma y se crea un torrente de opinión pública que así lo consigna. Se despliega un concurso de promesas, y la crisis, la estrategia y los términos de un entendimiento y compromiso con los ciudadanos se hacen a un lado. Esta es la primera gran debilidad para afrontar los tiempos venideros.
Desechar la democracia como baluarte de la política y a la política como baluarte de la acción del Estado, del gobierno y del desarrollo, sencillamente es la peor idea. Existen insuficiencias profundas en el país, la pobreza sin duda su exponente más claro y doloroso, que proviene de la falta de trabajo y del trabajo informal o del trabajo formal pero mal pagado. La macroeconomía con su tasa de interés, su tipo de cambio, su nivel de inflación o las reservas internacionales no sirve a la nación cuando está alineada al servicio del 1% de las empresas. La democracia podría servir para crear una base que le dé fuerza al Estado y al gobierno para acotar los excesos de este pequeño número de empresarios-beneficiarios y así poder ampliar las capacidades de producción e ingreso nacional y de las personas.
Sobre esa base sería creíble que una crisis internacional pudiera resistirse y aminorar sus efectos negativos que son inevitables. En este momento ya se vislumbra un fenómeno de inflación que podría ser la vía de acceso al escalamiento de la recesión internacional, con la ya mencionada excepción de los países emergentes como los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) aunque no exentos de sufrir estragos.
Los partidos no están en esa lógica, construyen un discurso de bajo perfil y con ese cabalgan para hacerse del negocio de ser gobierno, que es un negocio en sí mismo para las elites burocráticas y al servicio del citado 1%. Los pobres venden su voto al mejor postor. No obstante, el mundo se mueve y en medio de esta debacle, emergen ideas y voluntades que también le dan la vuelta a esas cosas, a esas inercias, a esos poderes que nos venden como inmutables, como invencibles, pero que todos sabemos que no es así. Las hegemonías se mutan, en una y otra parte del mundo y en una y otra época se han generado los cambios, en los planos internacional y nacional. La historia no ha terminado. Empero, los partidos de hoy en México no están en esa lógica.
La democracia será consecuencia de la movilidad de gestión y de la acción política de los colectivos y la sociedad de base, el desarrollo consecuencia de la idea de las mayorías convertida en proyecto. La retórica no es filosofía, y el discurso no es proyecto. Hace falta algo más que la denuncia o la promesa, se necesita entender qué se quiere y esta discusión no corresponde a los que ya han dado por hecho que lo tienen claro cuando demuestran lo contrario.
Los jóvenes lo han expresado en su distancia crítica de los partidos, por lo menos ya saben que es lo que no quieren. Se reconocen en el movimiento y la política, pero no en los partidos; se reconocen en las redes soci@les y cuestionan el control y manipulación de la información; y no están conformes con los esquemas neoliberales empresariales y de gobierno que se tornan excluyentes, porque en ello les va la vida.
No están en condiciones de transformar a México de un día para otro, ni sus banderas agotan las exigencias del cambio, pero eso sólo es un decir desde la óptica tradicional sobre cómo imaginamos los cambios, pues desde ahí está en curso la transformación. Como se ha dicho, “no es una época de cambios sino un cambio de época”. No es un evento doméstico, pequeño, aislado y efímero como lo leen los tradicionales, es una expresión de cultura alternativa de carácter internacional y los cambios que ahora comentamos desde la plataforma de nuestro país, se están haciendo y sucediendo al mismo tiempo en muchos y diversos países. La crisis no es sólo del modelo económico, lo es del paradigma universal.
La democracia que se perfila no es la que proviene de una reforma electoral más, ni de una reforma política en adición a la recientemente aprobada en el Senado; los cambios constitucionales al derecho a la alimentación o a la obligatoriedad de la enseñanza media no alcanzan el cambio institucional necesario, precisamente porque la movilidad social no ha alcanzado una expresión democrática que le posibilite nuevos acuerdos y la representación de los mismos.
Se está forjando la idea y el movimiento, la democracia tendrá otros componentes y otro entramado, otros medios de comunicación y otro sistema de decisiones, y otra idea institucional acorde a un proyecto que pareciera lo mismo porque de superación del atraso y desarrollo se tratará y se volverán a escuchar palabras como equidad, derechos y libertades pero no será igual. La discusión ya no es sólo del cómo sino también del qué.




