Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Eliana García Laguna

Octaviano, la verdad y la justicia

Finales de agosto de 1978. Faltaba casi una semana para empezar septiembre, había decidido irme a Acapulco como parte de la Unión Estudiantil Guerrerense. A nuestra llegada, casi en los primeros días, fuimos Juan y yo, con Rosita, a la vieja cárcel que, por esos años, estaba pegadita a la zona roja, a conocer a Octaviano, quien por razones de seguridad ocupaba en la parte destinada a las mujeres, una celda, la misma en la que había estado la famosa pintora surrealista Sofía Bassi.
Octaviano era ya, en ese entonces, un ícono de la lucha de la izquierda guerrerense; desde joven, casi niño, se vinculó con el profesor Lucio Cabañas Barrientos y otros simpatizantes del Partido Comunista Mexicano. Después de la masacre de Atoyac en mayo de 1967, Lucio se remontó a la sierra costeña, y Santiago Dionicio se incorporó al movimiento de autodefensa armada que luego conformó el Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.
A partir de que conocí a Octaviano, cada jueves y domingo de, al menos, los siguientes doce meses, iba a visitarlo al penal.  Ahí estaban también Amado Larumbe, gran amigo posteriormente asesinado; Arturo Gallegos y Juan Islas, también compas presos. Épocas difíciles y fundacionales; época de presos, desaparecidos y ejecutados sumariamente; época del priismo primitivo –¿algo ha cambiado?– protegido por el recientemente asesinado, el que a hierro mata a hierro muere, Arturo Acosta Chaparro; época forjadora de profundas convicciones.
Octaviano era, lo saben muchos de ustedes, un gran contador de las historias que le tocó conocer, reconocer y vivir.
De niño, oculto tras una jardinera, fue espectador directo de la masacre del 18 de mayo de 1967 en la plaza de Atoyac. Recuerdo su vívida narración de lo que ahí sucedió como si yo misma hubiera estado agazapada en la plaza: las imágenes de la mujer embarazada muerta por una bayoneta; las campesinas escondiendo bajo sus enaguas a Lucio para sacarlo de la plaza; la rabia de todos contra la policía judicial de Abarca Alarcón que dejó una cifra, incluso ahora, imprecisa de muertos.
Sus palabras para explicar el secuestro de Rubén Figueroa padre el 30 de mayo de 1974, –candidato a senador y posteriormente gobernador autoritario del régimen clásico priista que ensangrentó y dejó estelas de inmenso dolor aún no reparado– las tengo grabadas como si me las hubiera contado ayer: cómo lo secuestraron, cómo estuvieron las negociaciones, por qué no lo mataron, cómo se escapó y lo atraparon, cómo fue la persecución que resultó en el rescate de Figueroa el 8 de septiembre en un cruento enfrentamiento en el que murieron 23 guerrilleros.
Después de esa fecha, Lucio anduvo a salto de mata hasta el 2 de diciembre de 1974 en que murió en un intento por romper el cerco que los militares colocaron contra él y otros diez compañeros en El Ocotal, municipio de Tecpan de Galeana.
Y así cientos de historias contadas en el comedor, en su celda, en los pasillos, del penal de Acapulco. Octaviano fue mi gran maestro. Chamaca de grandes pasiones, yo como esponja absorbía las anécdotas, las historias, las causas y reivindicaciones del movimiento armado guerrerense. Historias fundamentales para mi formación, yo pequeño burguesa radicalizada, cautivada por la historia de la izquierda guerrerense de los años 60 y 70, prendida de las luces que emanaba un protagonista directo de estas historias.
Le ayudé a transcribir, de sus apuntes a mano hacia un folleto escrito a máquina, la historia de la lucha armada y la lucha social estudiantil guerrerenses, que confluyeron hacia mediados de los 70 en el proyecto que llamamos Universidad-Pueblo. Extendamos la universidad hacia todo el estado de Guerrero, llevemos el conocimiento hasta la más remota esquina del suelo sureño, “desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, allá por el horizonte”, era la consigna.
Al año, mi presencia en Guerrero fue consolidándose y también mi amistad y respeto por mi maestro Octaviano, al que seguí visitando hasta que en 1982 se acogió a la amnistía decretada por Alejandro Cervantes Delgado, gobernador que paradójicamente con su aparente sino liberal, fue el que reprimió el 15 de noviembre de 1983 al movimiento popular que nos llevó a la cárcel durante casi dos años a un grupo de luchadores sociales y políticos.

Del PRD hacia el gobierno zeferinista

Con Octaviano nos seguimos viendo con intervalos a veces largos a veces cortos.  Al conformarse el Partido de la Revolución Democrática, fuimos coincidiendo más y más.  Encuentros cortos de pláticas largas en las reuniones diversas en el estado, pláticas cortas de largos encuentros en el Consejo Nacional del PRD y los consejos estatales. Siempre coincidiendo, siempre compartiendo, hasta que llegó el gobierno de Zeferino Torreblanca de tristísima memoria.
Octaviano le creyó a su promesa de que iba a crear la Comisión de la Verdad, le apostó a esa confianza y empezaron nuestros desencuentros firmes, duros, invariablemente amistosos. Algunos no sólo no le creímos a Zeferino, al contrario, cuando nombró a su gabinete de seguridad supimos que habría continuidad y profundización de la impunidad.
El gobierno zeferinista fue una gran traición a los guerrerenses y esta traición la resintió Octaviano. No sólo no hubo verdad ni justicia, sino más sangre perredista: más de 26 compañeros, el presidente del Congreso del Estado, Armando Chavarría, entre ellos, fueron asesinados y sus muertes siguen impunes. Casi al final de su gobierno, el 11 de enero de 2011, Guillermo Sánchez Nava fue arteramente agredido por priistas en campaña y Torreblanca se lavó las manos, y aunque se atrapó a unos chivos expiatorios que se declararon autores “materiales” a los que ahora se intenta dejar en libertad con argumentos leguleyos, los autores intelectuales siguen camuflados en sus cargos públicos.
Lamentablemente, no nos equivocamos quienes desconfiamos de Torreblanca. Octaviano hombre honesto reconoció el engaño, y decidió no transigir en su exigencia de sacar a la luz los hechos ominosos de la guerra sucia en Guerrero, los delitos de lesa humanidad cometidos desde la protección del Estado y volvió a demandar la conformación de una comisión de la verdad al nuevo candidato que el PRD decidió postular.

Comisión de la Verdad

En el proceso de elección del gobernador en 2011, Octaviano, Arturo, Eloy, con su fuerza y autoridad moral insistieron en la obligación ética de cualquier gobierno emanado de las siglas perredistas, de conformar una Comisión de la Verdad que, independiente y autónoma, trabajara por el derecho a conocer la verdad, por el derecho a acceder a la justicia, por lograr la reparación integral que sentara las bases para garantizar la no repetición de los hechos terribles que enlutaron y lastimaron cientos de hogares guerrerenses ya sea por las ejecuciones extrajudiciales o por las desapariciones forzadas o la tortura o la persecución.
Nos volvimos a juntar, discutimos bis a bis y en grupo los retos y alcances de una comisión de la verdad, de la memoria, acercamos opiniones diversas de especialistas en derechos humanos, en derechos de las víctimas y en reparación, disentimos sobre la ruta, conocimos su propuesta base para la Comisión; y al igual que toda su vida, Octaviano con su terquedad de revolucionario, y con la voluntad del colectivo de compañeros y compañeras comprometidos con esta causa, lograron en abril de este año, la instalación de la Comisión de la Verdad.
La Comisión de la Verdad tiene la responsabilidad de ofrecer resultados a Guerrero que desde los 60 viene exigiendo conocer del periodo del terrorismo de Estado: qué pasó, quiénes fueron los responsables materiales e intelectuales, quiénes fueron las víctimas, dónde están los desaparecidos, cómo rescatarlos, cómo reparar el daño a sus familias; los nombres de todas y todos los ejecutados sumariamente; conocer para acceder a la justicia, investigar a los perpetradores y sancionar a los delincuentes de lesa humanidad aún vivos y también a los que están muertos. Reparar integralmente, no sólo ni principalmente con recursos, sino con la recuperación de la memoria, de la dignidad, de la identidad de las víctimas, y también de garantizar que nunca más vuelva a ocurrir. La Comisión de la Verdad le debe a Octaviano su mejor esfuerzo.

9 de agosto, 2012

Suena el teléfono alrededor de las 7 y media de la mañana y asustada contesto; no podía ser una buena noticia. Era Rosita. Con su voz tranquila y dolida me dice que recién en la madrugada había muerto Octaviano. Sentí el golpe en el pecho, la ilación, la angustia, no sabía que estaba enfermo, mi amigo nunca me lo dijo; nuestras últimas conversaciones no fueron sobre nosotros, sino sobre la ingente urgencia de aprovechar el momento histórico para la verdad y la justicia.
Yo le debo a Octaviano haber sido una fuente de mis más profundas convicciones, y por ello sé que no se ha acabado la impunidad ni la exclusión ni la desigualdad ni la demanda por la presentación de los desaparecidos de hoy como Eva y Marcial; de los reprimidos de hoy como los estudiantes de Ayotzi.  Sé que la lucha “sigue y sigue”; que se cumplen ya tres años del asesinato impune de Armando; que las causas siguen ahí al parecer inmutables; que para la izquierda, y en mi corazón, la guerrerense, sigue latente una pregunta: ¿para qué queremos gobernar? Gracias Octaviano, aún nos debemos esta respuesta.

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