Unen box y literatura y muestran el carácter peleador del mexicano
Jesús Pacheco / Agencia Reforma
Ciudad de México
Decía Salvador Novo en sus sugestiones al boxeo que suele suceder que aquellas actividades que fueron un día parte de la vida y que la civilización ha borrado de su agenda, pasan ornamentadas al dominio del arte. ¿En qué momento nos encontramos hoy respecto al boxeo?, ¿sigue vivo allá afuera o estamos en un momento de verlo a la distancia y rodearlo de ornamentos?
Diversos libros sobre protagonistas del pugilismo y sobre su constante vínculo con la literatura, además de una publicación mensual consagrada exclusivamente al boxeo, harían pensar en un periodo de menos deporte y más ornamento en el caso de México. Para indagar en ello hemos buscado a Alejandro Toledo y Mary Carmen Ambriz, responsables de la antología Historias del ring, que da una muestra abundante y sorprendente de narrativa, ensayo, poesía y periodismo que han estado dedicados al pugilismo en diversas épocas, así como a Mauricio Salvador y a Rodrigo Márquez Tizano, dos de los seis artífices de Esquina Boxeo, una publicación mensual gratuita que se pretende la primera de una serie de actividades culturales consagradas a ese deporte.
“Por unos años se perdió el boxeo, porque se creó el pago por evento, porque la Coliseo y la Arena México dejaron de presentar funciones de buen nivel y porque hubo corrupción en el medio que terminó por hundirlo”, sostiene Alejandro Toledo, coautor de Historias del ring. “Ahora hay una especie de rescate, hay chispazos de que pudiera repuntar”.
“En décadas anteriores, el futbol lo opacó, al igual que a los toros, incluso el beisbol. Es sano que se tienda a un equilibrio, que el espectador no se dedique a un solo deporte, pero que se le dé el valor que pueda tener. Quizá se vuelva a la época de las grandes glorias, de figuras como Olivares o Julio César Chávez”.
Lo cierto es que México acumuló una sustanciosa historia boxística en aquellos buenos años. A decir de Márquez Tizano, se trata del segundo país del mundo en títulos profesionales. Por ello, le resultaba difícil de creer que no existiera una revista respetable sobre el tema. Coincidían con él Mauricio Salvador, Rodrigo Castillo, Juanjo Güitrón, Luis Carlos Hurtado y Luis Felipe Ortega.
Entonces, decidieron dar vida a Esquina Boxeo, publicación mensual que pretende ser la primera actividad de un esfuerzo editorial dedicado por completo al boxeo, con libros originales y traducciones.
“Además de todo lo que la Secretaría de Turismo afirma que somos”, dice Mauricio Salvador, “México es también una cultura de peleadores, en muchos sentidos. Lo que buscamos con Esquina Boxeo es celebrar esta cultura y ofrecer, poco a poco, una escritura deportiva de calidad y también un acercamiento al tema desde el punto de vista de otras artes, fotografía, dibujo, pintura, que son también parte de la revista”.
Según Márquez Tizano, las publicaciones deportivas suelen dar muy poco espacio al boxeo.
“Acaso se ocupan de dar los resultados de la cartelera y poco más; hay un gran desconocimiento sobre nuestras figuras, sobre la historia del boxeo en general”.
Ante ese panorama, ellos se propusieron crear una revista de boxeo que no dependiera del tema del momento.
“O de la típica nota morbosa sobre algún bofe en desgracia”, explica.
Historias del ring
Cuando era niño, Alejandro Toledo vivió una tradición: la de los sábados de boxeo en la televisión.
“Era como una fiesta, había comida mientras esperábamos que comenzara la pelea. Todo era siempre en torno a Muhammad Ali”, recuerda.
Pero, luego, esa imagen de la infancia se difuminó. Más tarde, se dedicó a la literatura y al periodismo cultural hasta que se convirtió, en un periodo de 10 años, en cronista deportivo.
“Naturalmente me dirigí a los gimnasios, y aquella memoria de la infancia revivió, iba al Nuevo Jordán, al Margarita o al Romanza. Ahí se dio mi redescubrimiento del boxeo. Empecé a ir a peleas en la Coliseo, era una época triste para el boxeo mexicano, lo mejor no ocurría ni en la Coliseo ni en la Arena México, sino en Estados Unidos, y había ya la costumbre del pago por evento, lo que restó afición al pugilismo”.
Cuando fue cronista deportivo, pronto vio que cada deporte exigía distintas formas de mirar.
“No es lo mismo ir al futbol como aficionado, que ver el partido mientras haces anotaciones y describes el partido técnicamente. Igual, ver el boxeo con este sentido de la escritura, de convertirlo en una crónica, te exige un trabajo de educación de la mirada. Acudí, por un lado, a los mánagers para que me explicaran lo que era el boxeo, y, por otro, acudí a los libros, a los escritores, y así fue como junté el asunto literario con el deportivo”.
Los primeros acercamientos de Mary Carmen Ambriz al box también sucedieron en la infancia.
–¿En qué momento ven converger en su vida el box y la literatura?
–Toledo: Quizá el primer texto fue el de Cortázar, aquel en el que recuerda cuando era niño y escuchó la pelea en la radio entre Luis Ángel Firpo, El Toro Salvaje de las Pampas, y un peso pesado en el Madison Square Garden. Ese texto me gustó. Y es fácil irse de ese texto a los cuentos que dedica a este deporte. Buscaba en las letras la forma técnica de contar una pelea. Esa fue mi primera necesidad.
–Ambriz: Yo estaba leyendo a Roberto Arlt, y en ese momento me interesaron muchos cuentos… El Jorobadito y otro que está en sus cuentos completos. Ahí da una especie de lección del boxeo, pero relacionada con la escritura; es de él la famosa frase: “para qué nos sentamos a hablar de literatura si no vamos a dar ese cross en la mandíbula”. Me interesó esa comparación que también Novo ve en alguno de sus ensayos. Esas reflexiones fueron interesándome. Esa lucha contra la hoja en blanco, decir que no hay más rival que yo, y si el lector no ve que uno se esforzó por tener ese cross en la mandíbula, de nada sirvieron esas horas frente a la computadora. En el deporte, ver esos altibajos es muy interesante, esas vidas que transcurren vertiginosamente.
–¿Descubrieron algo que el box hubiera aportado a las letras?
–Toledo: La comunicación es constante. El cine de boxeadores, por ejemplo, tiene su crecimiento particular en cuanto a elementos visuales. En El ring, Hitchcock crea esta metáfora de la evolución del peleador a través de los carteles. El peleador empieza desde abajo y va subiendo hasta que tiene la pelea estelar. En el cine hay momentos como Campeón sin corona, que está a la altura de Toro Salvaje. Claro que el cine te da la pelea en vivo, ves el golpe o te pone en la perspectiva del peleador, pero la literatura tiene su discurso en lo que llamo la pelea literaria, cómo contar, porque las pausas del movimiento, la cadencia de la pelea, pasan a la prosa y dan un vigor nuevo. En el camino, encontré un disco de Miles Davis con dos piezas de 20 minutos que se llama Tributo a Jack Johnson, que te hace sentir en el gimnasio o en el ring, te hace moverte como se mueve un peleador.
–Ambriz: El texto de Juan Villoro es un ejemplo de ese ritmo que hay en el ring. De repente es una prosa acelerada, de pronto hay esos tropiezos y luego te regresa. Es un cuento a destiempo, una lucha de alguien que conoció esa fama efímera y ahora está enfrentándose a su presente. En cuestión de ensayo está Joyce Carol Oates, una escritora norteamericana que ha reflexionado sobre el boxeo, ella lo ve como algo voyeurista. En el ensayo también hay dos reflexiones que hacen Guillermo Cabrera Infante que coincide con Eliseo Alberto sobre un cubano, Kid Chocolate, un campeón que tenía un brazo más grande que otro, y eso le daba cierta ventaja con su oponente para triunfar en las peleas. Este cubano tenía fama de muy galán, él llevaba la cuenta de las peleas y de cuántos acostones. Era un personaje muy interesante. Cabrera Infante lo retrata como un icono del boxeo cubano.
–¿El boxeador es siempre un personaje en espera de ser narrado?, ¿o también los hay inenarrables, tal vez por anodinos?
–Toledo: Uno de los textos que se incluyen es una entrevista de Ramón Márquez con Muhammad Ali. Es uno de los rescates. Y Ramón siempre me ha dicho que cada vida es una novela si se sabe contar. Si cada vida, por más anodina que sea, puede contarse, estas vidas llenas de aventuras o de episodios se prestan al relato. Hay todo tipo de historias en el boxeo, como aquello que decían del Chango Casanova, que cuando el rival le hablaba en inglés se descontrolaba. Cada boxeador es una muy buena historia por contar. Había un peleador, Víctor Rabanales, que fue vencido más por las cervezas que por sus rivales. La vida del boxeador suele ser interesante, ellos no la pueden contar, porque generalmente ellos sólo se dedican a golpear y ser golpeados.
–Ambriz: Es todo un reto, pero sí se pueden contar y hacer retratos efectivos. Si lees el texto de Ricardo Garibay, dices: “híjole, cómo en esos monosílabos y en frases de menos cinco palabras que le daba el Púas, construye un relato de esa naturaleza”. No se necesita alguien que te dé una disertación sobre el boxeo, sino más bien cómo llegaron al ring. Cualquier cosa que suceda mientras un par de seres humanos se están enfrentando entre iguales, está concentrando la vida.
Esquina Boxeo
El abuelo de Rodrigo Márquez Tizano fue torero en los años 40, una época en que, a decir suyo, los oficios de novillero y de boxeador tenían en común la marginalidad.
“En la peluquería que tuvo mi abuelo en la Tabacalera, además de antiguos toreros, se dejaban ver de vez en cuando figuras del ring, como Joe Conde o Kid Azteca. Lo tenían en gran estima”.
Esas célebres visitas al negocio familiar y la primera vez que vio pelear a Chávez fueron dos de los momentos fundamentales para que Márquez Tizano viera crecer su pasión por el box.
Para Mauricio Salvador, dos peleas estimularon su entusiasmo por ese deporte, ambas de Julio César Chávez: con Meldrick Taylor y con Greg Haugen.
“Lo tomé más en serio en la universidad, y creo que lo comprendí mejor cuando comencé a practicarlo. Para mí es un repositorio de emociones que no encuentro en ninguna otra disciplina, ni artística ni deportiva”, explica.
–¿Y en qué momento ven converger box y literatura?
–Márquez Tizano: No literatura, sino escritura: leía las crónicas del Esto y me emocionaba, porque casi no había peleas televisadas durante la sequía de los 90. O las narraciones de Sonny Alarcón en la radio. El primer cuento que leí sobre boxeo fue Fifty Grand, de Hemingway. Luego vinieron Mailer, Schulberg, Liebling.
–Mauricio Salvador: Existe la idea de que el boxeo es un deporte muy literario, por su estética y por el enfrentamiento básico de dos voluntades en un ring, y pareciera que cualquier literato que se anima a tocar el tema produce por fuerza algo dramático y entretenido. La verdad es que con excepciones del tipo Norman Mailer o Joyce Carol Oates, que conocieron el deporte de primera mano, es decir, yendo a las peleas, los literatos nunca han alcanzado la belleza y profundidad que periodistas como Hugh McIlvanney o Liebling lograron al hablar de boxeo. Además, cuando un literato habla de boxeo suele decir obviedades, o simplemente lo ataca por su parte más débil, la de la debacle de sus protagonistas, como si no hubiera nada más.
–¿Qué han hallado que el box aportara a las letras?
–Mauricio Salvador: Los escritores y los cineastas han sido los grandes usufructuarios del drama que provee el boxeo, pero en la mayoría de las ocasiones sólo tocan la superficie. Lo que se extraña es la tradición de una escritura deportiva, una escritura que sea capaz de traducir en palabras lo que sucede arriba y alrededor del ring.
–Márquez Tizano: La relación entre boxeo y escritura es muy antigua. Son los cronistas quienes fundan la tradición. Pierce Egan, por ejemplo, a principios del siglo XIX, hacía lo propio con textos sobre lo que él mismo denominó más tarde como “La dulce ciencia”.
–En la búsqueda de momentos en los que arte y pugilismo se encuentran, ¿cuál ha sido el hallazgo que más les ha sorprendido?
Márquez Tizano: No sorprendido, pero sí confirmado sospechas: que en boxeo, los literatos raras veces consiguen dar en el clavo. El literato y el intelectual casi siempre tratan de llevar el boxeo a terrenos salpicados de lirismo y categorías morales.
Mauricio Salvador: He encontrado que para escribir sobre boxeo se debe ser un escritor muy completo. Pareciera que no, que es fácil sobre el tema simplemente si se habla de algunos jabs y ganchos, de tragedias y microparadojas aderezado todo con un poco de poesía barata. Cada página de McIlvanney te muestra que escribir sobre esos hombres en esas circunstancias requiere de mucha seriedad y compromiso.
Dice Novo en sus sugestiones al boxeo que suele suceder que aquellas actividades que fueron un día parte de la vida y que la civilización ha borrado de su agenda, pasan ornamentadas al dominio del arte. ¿En qué momento nos encontramos hoy?, ¿el box sigue vivo allá afuera o estamos en un momento de verlo a la distancia y rodearlo de ornamentos?
Mauricio Salvador: Novo escribió un divertimento con el tema del boxeo, nada más. Fuera de eso no conozco una página suya que sea un ejemplo de comprensión o capacidad para describir lo que significa de verdad un combate de boxeo. En sus años escribía Liebling, y Liebling iba a las peleas, teorizaba sobre la psique de los boxeadores, los interrogaba, los seguía. Él fue un escritor verdadero de boxeo. Novo y sus sugestiones son una mala broma.




