Federico Vite
¿Como una masturbación a larga distancia?
Hot line: historia de una obsesión (Tusquets, 1997, La sonrisa vertical), novela de 96 páginas en la que Francesca Mazzucato muestra el talento verbal de Lorena, profesional de una hot line, mujer joven y de familia adinerada (un monumento al lugar común que facilita el avance de la trama), quien se obsesiona por el sexo porque no posee ningún recuerdo que le cause placer físico y decide explorar el deseo con palabras y se clava literalmente en la creación de situaciones imaginarias, satisface a sus interlocutores en turno. Ejerce su labor con sorprendente alegría, pero la constante llamada de un desconocido (otro lugar común de la novela erótica) genera en ella la intriga y el deseo de conocer a ese hombre que parece sentirse completamente satisfecho sólo con oír los relatos de Lorena.
Los clientes que la conctactan son incapaces de lidiar con la soledad; se comportan de maneras normales para una hot line: exigen ternura, violencia, recato, premura en las escenas de ayuntamiento carnal. Esos clientes llaman a Lorena desde diversos sitios: bares, cuartos a media luz, centros comerciales, estaciones del metro y zonas marginales, comprueban que en Italia la sexualidad también es un artículo de primera necesidad.
Lorena imagina a sus interlocutores a media luz, en la penumbra que facilita el coqueteo con un desconocido. Esas voces, personajes en la sombra, van alternando experiencias que transitan desde la violencia hasta el llanto, son fantasmas que potencian el interés de la protagonista por Gabriele, su cliente recuerrente, a quien ella define como un verdadero enigma con voz seductora. No sabe cómo dotar de corporeidad a este tipo, pero esa es la parte más significativa de la novela, el hecho de que Lorena arme y desarme a su antojo el cuerpo de ese tal Gabriele.
Al igual que la protagonista de su novela, Mazzucato trabajó durante tres meses en una línea telefónica erótica de Italia. Por lo tanto, sabe de qué habla cuando nos cuenta esta historia, símil de un cruce de caminos, enmarcado por la soledad comunicada vía telefónica. Pero el asunto es que Mazzucato no hace florecer el deseo, retrata la necedad de Lorena (quien cree que al ver a Gabriele tendrá la certeza de que puede experimentar placer físico), pero no el deseo, esa sensación llameante que calcina y evita incluso la respiración normal de cualquier humano. Ya lo decía Pessoa, sentir es estar distraído y eso es justamente lo que no pasa con este documento: todo parece tan racional y calculado.
La intensidad del libro debería verse traducida justamente en su título: historia de una obsesión, pero esa obsesión ingresa a vericuetos manidos; por ejemplo, el padre de Lorena se opone a que ella trabaje en una línea erótica, los motivos de esa negación irán revelándose con poca técnica. El final de la novela tiene una elaboración pobre, descuidada incluso, pues la autora parece decirle a los lectores: Miren, los engañe. Cuando en realidad el desenlace es predecible, pero la única que no lo nota es la autora. Con todo y estos detalles, destaco en este libro la tesis, lograda en varias estancias de Hot line, de que la imaginación es el motor perfecto para propiciar la sensualidad.
Tengamos presente que en 1997 había muy pocos documentos acerca de los clientes y trabajadores de las “líneas candentes”. Mazzucato se vio muy hábil en contar su experiencia laboral, pero no pasó de ahí: nos puso en un libro el fenómeno de las líneas eróticas, pero se limitó a darle una fecha de caducidad a la novela, no se arriesgó a reflexionar realmente sobre las prácticas sexuales del fin del milenio.
El problema con Hot line, quizá como la gran mayoría de los libros eróticos, radica en la consumación de los hechos, en la intención extravagante de ser espectacular en actos normales como el coito. Las mejores escenas eróticas de la literatura se han dado por detalles, no por los reflectores puestos en las zónas erógenas de los personajes.
Por cierto, hace años el entonces editor de Planeta, Andrés Ramírez, peguntaba a varios escritores mexicanos, ¿por qué no había una colección de novela erótica en México si es un tema muy rentable? Parece que los frutos de esos comentarios comienzan a cobrar sentido: recientemente se publicó Brama, de David Miklos, y Teoría de las catástrofes, de Tryno Maldonado, dos libros que apuestan por el erotismo, dos libros publicados en sellos distintos (Tusquets y Alfaguara). Ojalá que se abra esa veta en la mercadotecnia editorial del país.
Yo sólo digo que Hot line no es mejor que una masturbación vía telefónica, porque así anunciaba su novela la italiana, pero sí creo, parafraseando al poeta Ramón López Velarde, que para hablar de erotismo se necesita crear algo como la helada virtud de un seno blando.
Y ya.




