Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* El libro que todos escribimos

En 1972, don Bulmaro Tapia y Terán ordenó sus apuntes personales y los mandó imprimir bajo el título de El libro que no escribí, Recuerdos de una vida intrascendente. Confía don Bulmaro, de entrada, en que mis historias reales y en ocasiones realzadas por la emotividad del momento, quedarán perdidas en el Viento del Espacio, o tal vez se detengan en ustedes, o en sus hijos, o en los que aún llevan sangre de mi sangre y (quizá) aparezcan un día, en el que del anecdotario sentimental de su espíritu brote prístino el relato que dejé disperso en las tertulias, en la reunión de un café, en el ámbito de una cantina o en el regazo de nuestras reuniones familiares santificadas por la bendita placidez de su presencia, y entonces llegue… ese Libro que no escribí.
Los hay, desde luego, en cada región del estado de Guerrero. O no los conocemos o todavía no escriben el libro que no escribieron. No platican de Joyce, ni de Proust, de Kafka creen haber leído el libro del joven que se vuelve cucaracha, si de hecho no dedican tiempo a la literatura, menos andan exigiendo becas para escribir, pero muchas personas escriben poemas a su esposa, a sus hijos, pensamientos y recuerdos, que suelen leer en “reuniones familiares santificadas” o con los amigos, entre brindis profanos, con un aire de sencillez aparente. Digo “sencillez aparente”, porque sabemos que el acto de la escritura creativa casi siempre es complejo y, por otra parte, para el autor siempre resulta trascendente. Cuando se dan cuenta, en la etapa de madurez, maestros, funcionarios, amas de casa, políticos, secretarias, militares, ya tienen un libro de poemas, de mensajes amistosos, familiares y sociales, ya tienen un libro de su vida.
Entre los libros de autores guerrerenses que he presentado en público, hay muchos con esta veta familiar y ciudadana que pudieran llamarse como el de don Bulmaro, El libro que no escribí. De un altor de papeles, entresaco comentarios sobre dos libros: Reflexiones, de Martín Méndez García –oriundo de Alcozauca (1945), dirigente sindical–, y Del valle de Iguala vengo, de Abel Guadarrama Hurtado –igualteco, general de brigada–. Los reseño ahora para luchar contra su destino casero y fugaz.

Reflexiones de un líder sindical

Dice el diccionario de la lengua que “reflexión” es el cambio de dirección de las ondas luminosas, calóricas o sonoras que inciden sobre una superficie reflectante: así, por ejemplo, se habla de reflexión de la luz… Reflexión es también la acción de reflexionar, la actividad mental en que el pensamiento se vuelve sobre mí mismo… Una tercera acepción corresponde al juicio, advertencia o consejo que resulta de ello: una reflexión moral, por ejemplo.
Colijo estas consideraciones del diccionario con mi propia experiencia como lector del libro así titulado: Reflexiones, de Martín Méndez García, y, aunque el título me parece demasiado serio, poco sugerente, sobre todo cuando encabeza un buen número de poemas, en cambio me resulta atinado en lo que toca al contenido y la intencionalidad del autor.
Y es que se trata, en efecto –excluyendo los poemas amorosos–, de textos que tienen como centro de gravedad la reflexión, el procedimiento con el cual el hombre toma en consideración sus mismas operaciones, procreando la autoconciencia de sí mismo y de sus problemas.
En la gran mayoría de los textos, por sobre la adjetivación que califica, matiza o enaltece, sobresalen los sustantivos que interrogan, recuperan o replantean los asuntos que habitan el entorno emotivo del escritor. Méndez García tiene la mira en la propuesta ética, en la reconstrucción moral de diversas instancias personales y colectivas, como la familia, el trabajo o la ecología, especialmente preocupado en la comunicación social, en la relación con dios y, en general, en el destino del ser humano.
El entramado de estas Reflexiones lo conforman la vida cotidiana, el medio social inmediato, y está sembrado de personajes y problemas familiares. En muchos sentidos, estas reflexiones me recuerdan los textos que suelen escribir padres, hijos y, en fin, individuos que, ante ciertas situaciones inestables o resquebrajadas, difícil de rehacer, han cometido errores, pero han sido capaces de autocriticarse y hasta de intentar enmendarlos, al menos en la escritura. Algunas formas utilizadas nos recontra-remiten a esta literatura “ciudadana”: hay una oración, por ejemplo, y un texto escrito a la secretaria a modo de Diploma de Reconocimiento, y también encontramos cartas e incluso varios textos que recuerdan las “Dedicatorias” con que los estudiantes secundarianos se despiden de un ciclo escolar, nostalgia anticipada de por medio.
Cierto que, a veces, en estas reflexiones, la objetividad se monta sobre la sinceridad de lo contado, y nos da textos de un realismo áspero, crudo, como el titulado “Ya nada es igual”, donde Martín da voz a un alcohólico, o como cuando escribe a sus hijos que no desperdicien su tiempo llamándolo por teléfono.
Muchos textos terminan con un consejo paternal o amistoso, y con una propuesta de desarrollo de la virtud individual, que implica la vuelta a la práctica social y a la cordialidad de las relaciones humanas, pues siempre existe “otra oportunidad”.
A veces el autor se desplaza del escritorio de la vida funcional al reclinatorio de la oración, al balcón de la amada o a la barra del bar solitario, y los poemas agarran más musiquilla, tienen una carga emotiva más… Cuando miro sus ojos soñadores / adivino caprichos reprimidos, / en su boca presiento mil sabores / y en su pálida piel, besos dormidos…
Un manantial de delicias / en un cuerpo sensible y armónico, / una piel sedienta de caricias / en éxtasis eléctrico y agónico.
Aparecen más adjetivos. Hay más nervatura amorosa e imaginativa: No habrá poder humano que me aparte / o me haga desistir de que te quiera, / si tú como reina no bajaste / yo no pude subir aunque quisiera, / si eres la perla que en el fondo estaba / o eres el astro que se encuentra arriba, / yo puedo bajar a donde andabas,/ o puedo subir adonde anidas.
Méndez García no se plantea como escritor oficioso especialmente dotado de recursos retóricos que ronda el mundo en busca de temas o motivos; este libro sugiere más bien a un sujeto de fuertes emociones, creyente a ultranza, a pesar de los desencantos y remordimientos, en sí mismo y en los demás (o en sí mismo, sindicalmente hablando, a través de los demás), que recurre a la literatura para comunicarnos su visión naturalmente sentimental de la vida que lo rodea; para expresar, junto a sus dudas, protestas y recriminaciones, entre plegarias y reafirmaciones de amor, su afanoso e interminable impulso hacia mejores relaciones humanas.
Reflexiones es un libro muy personal, un diario, semanario o mensuario quizá, en el que Martín Méndez García, dirigente sindical, alpinista, aficionado al futbol, nos habla de cosas que: a) tuvo que escribir; b) escribió sin reflexionar, y c) escribió después de reflexionar. Si es cierto que la reflexión no es más que atención a lo que está en nosotros, un estado del espíritu que propicia la conciencia, estamos en el caso. Martín dibuja un croquis de emociones significativas y que considera perennes, varias de ellas al borde de la literatura, algunas como meras coartadas estéticas del alma, otras como embozos del sentimiento de culpa, todas como un abrazo cordial.

Del Valle de Iguala viene el general

Advierte Abel Guadarrama Hurtado que en su libro de poemas titulado Del Valle de Iguala vengo ha incluido “una serie de temas de formatos distintos, ninguno de los cuales –afirma– pretendo dominar; no obstante –aclara–, me sirvo de ellos para expresar ideas y sentimientos, que de este modo pueden manifestarse, en vez de quedar por siempre reprimidos”.
Este párrafo es el primero de nueve (¡!) que don Abel dedica a explicar con claridad y modestia suma, cómo entiende el fenómeno de la creación poética, qué encontrará el lector en su poemario y sus temores de que éste no sea bien recibido por los lectores.
Don Abel puntualiza que se sirve de las formas retóricas para expresar lo que de otro modo no podría manifestarse y quedaría reprimido para siempre. Como quien dice, las palabras son el vehículo estético, terapéutico y comunicativo de las “ideas y sentimientos”, de la experiencia y la emoción. Luego, asegura que no pretende dominar lo que llama “formatos”, confiándonos poco después que la escritura se le da en forma natural e irrenunciable, haciendo suyo el epígrafe de Michel Tournier, que señala que muchos autores escriben con la misma naturalidad con que respiran, así como la abeja fabrica su miel, cumpliendo una función propia de su ser y tal vez necesaria a su equilibrio.
Es demasiado lo que don Abel dedica  a recordar que hay “algunos a quienes el formato” con que escribe “les parecerá acartonado y obsoleto” y que “la crítica contemporánea suele descalificar los moldes tradicionales”, pues en determinado momento tal cúmulo de aclaraciones surten el efecto de una justificación no pedida o, mínimo, de ganas de agarrar al lector por su más empático lado.
El mismo don Abel, que se nos adelanta en todo, dice que “una buena parte de este trabajo” reúne “temas alusivos al terruño y a la Patria, aunque también he incluido algunos que tienen que ver con el entorno social y natural, sin olvidar los reclamos íntimos del corazón, que también demandan su espacio”.
No creo que haya “formatos literarios” “caducos y obsoletos” de por sí, porque “ya pasaron sus épocas” o porque lo usual es el verso libre. Luis Miguel Aguilar escribe sextinas y vilanelas, y tan suavecitos como impresionantes resultan los sonetos místicos del primer libro de Javier Sicilia. No me parece que el soneto sea un actor al que hay que tirarle huevos podridos sólo por aparecer en escena. Quizá no está en la forma retórica, sino en el nivel de la mirada poética, por una parte, y en la autenticidad con lo que dice, por otra, donde advertimos si se trata de la literatura como accesorio social de un fulano o de la palabra sincera de un poeta.
Nostálgico, tradicional, a don Abel le gusta desplazarse por la rima con la naturalidad que ya nos dijo. Sus versos son dúctiles y se desgranan sin ripios en seguimiento de un ritmo, de una intención inmediata y de una unidad final. En buena onda, don Abel no es ningún novato (como insiste en mostrarse), conoce muy bien el oficio de la escritura. No simula formas, no rellena moldes. Lo que escribe es él, con su individualidad sentimental, con su regionalismo orgulloso y placentero, con su convicción histórica emotiva e institucional.
Poemas épicos que recuerdan ya viene el cortejo, ya viene el cortejo, de Darío, añoranzas de Ayutla, una oda al pozole, homenajes al maestro, a familiares y amigos, un soneto emparentado con el que Violante mandó a hacer a Lope de Vega, por ahí un poema didáctico sobre el mestizaje, otro a la lluvia, a la ventana, al perro, al ego y a muchas cosas más del Valle de Iguala de donde viene Guadarrama Hurtado.
Don Abel debería estar seguro, al menos, de que tras la franqueza de sus versos aparecen las diversas imágenes terrestres que ha podido tener: padre, esposo, abuelo incluso, estudiante, enamorado, Soldado de la Patria, Hijo del Terruño, con la justeza que suele tener una vida vivida y archiescribida.
A Abel Guadarrama le gusta cerrar bien el círculo. De ello habla la publicación, por su cuenta, de su libro, y desde luego las dos primeras páginas de éste, rebosantes de dedicatorias sentimentales y místicas. Así que sobre el uniforme verde olivo del general de carrera prende un corazón de papel colorado, que parece haber sido hecho por un niño.

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