Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Arturo Solís Heredia

Canal Privado

* Cursilería paradójica

Confieso, estimables 26 lectores ya certificados de este espacio, que la primera vez que vi el nuevo comercial de Coca Cola, me emocioné hasta el puchero lacrimoso. Por suerte estaba solo, sin testigos incómodos ni críticos socarrones de mi culposa sensibilidad.
Lo cuento aquí para compartirlo con ustedes, dada la confianza que me inspiran, aunque con la súplica atenta de que aquí y entre nosotros quede, y a pesar de que, seguro, uno, la mitad, o todos se burlarán, también socarrones, del motivo de mi puchero lacrimoso, señalándome con flamígero dedo, por cursi de pena ajena.
Lo sé, pero con todo respeto, debo decirles que… me vale.
Y me vale, porque yo, como decía Agustín Lara, alias El Flaco de Oro, “soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen… ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia”. (Revista Siempre, 1960).
Sin embargo, también confieso que a diferencia de Lara, a mí sí me da penita ser cursi en público, pues, como dije antes, la cursilería es uno de mis placeres  culposos. Por eso trataré de rescatar un poco de dignidad, describiendo brevemente el mentado nuevo comercial de la Coca.
Lo ideal sería que los que no lo han visto, lo vieran, y que los que ya lo hicieron, lo revieran (Youtube, Cámaras de seguridad -Coca Cola), antes de seguir leyendo esto. Pero como lo más probable es que ni unos ni otros lo hagan, mejor se los resumo (sin albur, aclaro), antes de seguir escribiendo esto.
El comercial abre con imágenes breves de calles, avenidas, plazas y espacios colectivos, intercaladas con tomas de cámaras de seguridad, públicas y privadas. Sobre ellas, se lee “las cámaras de seguridad alrededor del mundo… también capturan…”.
En seguida, aparecen breves escenas y sobre cada una, su respectivo título. Por ejemplo: “Ladrones… de besos”, sobre la imagen de una pareja romántica sentada en la banca de un parque; de pronto, él le roba un beso a ella. “Adictos a la música”, sobre el video de un chavo bailando alegre en la banqueta, al ritmo de un par de músicos callejeros. “Carteristas honrados”, sobre el video de un joven que recoge una cartera de la banqueta, y corre a devolvérsela a la mujer que se le cayó.
Luego, una sucesión de cuatro clips, bajo los títulos: “Ataques de amistad…”, con un par de amigos que se abrazan efusivos al encontrarse casualmente en alguna esquina; “… de amor…”, sobre una pareja comiéndose a besos en un elevador; “… y de amabilidad”, sobre un señor que corre para ayudar a otro que cruza una calle cargando un sofá.
Más adelante, “pandillas amistosas…”, sobre unos chavos empujando el automóvil de un señor desconocido; “… bomberos espontáneos…”, sobre dos jóvenes ayudando a sofocar el fuego del auto en llamas de una chava; “… rebeldes con causa…”, sobre un solitario manifestante que enseña a la cámara un cartel con la consigna “no al racismo”; y “… y guerreros pacíficos”, sobre un grafitero escribiendo “paz” sobre una barda.
En seguida se lee “y algunos héroes locos”, sobre una rápida sucesión de clips con un tipo que empuja la camioneta de un desconocido, antes de que la arrolle un tren; un chavo en una tienda que somete a un asaltante enmascarado; y un joven que salva de ser atropellada a la mascota de un anciano.
Para cerrar, sobre un mosaico de imágenes similares, se lee “miremos al mundo de manera un poco distinta”, y luego, el mosaico se convierte en la silueta inconfundible de una botella de Coca Cola, con el eslogan “destapa la felicidad”.
El principal acierto de los creativos y responsables del comercial, es que construyen el guión a partir de una paradoja (figura retórica, por cierto, usual en casi todos los mejores mensajes publicitarios). Es decir, a partir de un hecho o dicho contrario a la opinión general de la gente, o que encierra una contradicción. O, como dicen los diccionarios, a partir de una “aserción inverosímil presentada con apariencia de verdadera”.
Y el comercial de la Coca lo hace con la misma claridad y contundencia que sustenta la opinión general que contradice (hay mucha gente mala que hace cosas malas), con los mismos recursos: hay mucha gente buena que hace cosas buenas, y hay videos que lo demuestran.
En efecto, la percepción generalizada en sociedades como la nuestra, es que la realidad es más negativa que positiva, más pesimista que optimista, más peligrosa que segura, más pecaminosa que virtuosa, más funesta que esperanzadora.
Creemos más en las evidencias de la inmoralidad, el crimen, la violencia y la muerte, que en las que evidencian lo contrario, por una razón muy sencilla: porque los medios y la prensa se concentran en el lado oscuro de la realidad, porque venden más las malas noticias que las buenas.
Creemos que la mayoría de la gente es indiferente, pasiva, cobarde, egoísta, fría, calculadora, y que sólo la minoría es gente comprometida, bondadosa, solidaria y compasiva, porque la percepción de la mayoría de los ciudadanos depende más de lo que miran en los medios, que de sus experiencias y vivencias personales y directas.
“Miremos al mundo de manera un poco distinta”, propone el nuevo comercial de la Coca Cola, y uno, la mitad, o todos los respetables lectores de este espacio, me miran sin verme, brincotear alegre sobre una pradera florida –cual voladora novicia–, oyéndome sin oírme, canturrear feliz la clásica rola de la Coca, esa de “quisieraal muun-do yo-en-señaar, la per-fec-taármonía, sembrar mil floores de colooor ¡y de-fe-li-ci-daad!”.
“Cursi”, me criticarán socarrones, a pesar de mis esfuerzos dignificantes; “manipulable consumidor de publicidad barata, esclavo sumiso y enajenado de  ‘aguas negras del imperialismo yanqui’”, sentenciarán implacables.
Y yo, con todo el debido respeto que me merecen, repetiré: me vale, o para decirlo tan elegantemente como Clark Gable, aunque menos respetuosamente, parafrasearé: frankly my dears, I don’t give a damn.
Porque la cursilería es la belleza fallida, a la que todos aspiramos; porque cristaliza el sueño de los héroes sin patria, los que aún suspiran por la hazaña que los pondrá en el candelabro de lo social –conocidos como candidatos; y porque la academia (lo opuesto a la cursilería) es el mejor recurso para mantener paralizadas a las ideas.
Me vale, y como decía El Flaco de Oro, “no voy a renunciar a ella (la cursilería) para ser, como tantos, un hombre duro, un payaso de máscaras hechas, de impasibilidades estudiadas. Vibro con lo que es tenso y si mi emoción no la puedo traducir más que en el barroco lenguaje de lo cursi, de ello no me avergüenzo, lo repito, porque soy bien intencionado”.

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