Recrea Scorsese la magia de Georges Méliès en su cinta La invención de Hugo Cabret
Noé Sotelo / Agencia Reforma
Ciudad de México
Hacer cine es hacer magia. Eso es lo que pensaba uno de los padres de la narrativa cinematográfica, el mago Georges Méliès, cuya idea tiene una asombrosa continuidad en La invención de Hugo Cabret, la más reciente entrega de Martin Scorsese, que hoy llega a las pantallas capitalinas precedida por el Globo de Oro a Mejor director y 11 nominaciones al Oscar.
Mágica fue y sigue siendo aquella película considerada la primera obra de ciencia ficción cinematográfica, Viaje a la Luna (Le Voyage dans la Lune), dirigida por Méliès en 1902, que contiene una de las escenas emblemáticas del cine mundial: un cohete estrellándose en el satélite terrestre, el cual tiene la forma de un rostro humano; en una secuencia que incluye el que es quizá el primer intento de travelling (desplazamiento de la cámara) de la historia.
Fue precisamente esta película la detonadora de la magia creativa para el escritor Brian Selznick, autor del libro homónimo en el que se basa la cinta de Scorsese.
En ambas obras, el proceso de creación de Viaje a la Luna es uno de los ejes de la trama, en una suerte de metaficción. El arte hablando del arte, de una disciplina que en sus inicios, como se ve en La invención de Hugo Cabret, sólo necesitó de ingenio y de unas tijeras para hacer magia.
Y es que, a partir de la historia de Hugo Cabret, un niño huérfano que se encarga de dar cuerda y reparar los relojes de una estación de tren parisina donde vive oculto, Scorsese se las ingenia para “recitar” una carta abierta de amor al séptimo arte, a partir de múltiples referencias a los pioneros y figuras del cine mundial.
Entre ellos están, por supuesto, Méliès y los Hermanos Lumiére, a quienes cita recreando la famosa primera proyección cinematográfica que incluyó La llegada del tren a la ciudad (1896), cuyos espectadores se asustaron ante el arribo de la máquina que parecía salirse de la pantalla, ¿a caso no fue ese un momento mágico?
Seguramente una sensación similar podrán experimentar los pequeños espectadores con La invención de Hugo Cabret, ya que se trata de la primera cinta que Scorsese filma en 3D, recurso que le ayudó a profundizar el espacio escenográfico para meter de lleno al espectador en la historia.
Lo genial del asunto es que Scorsese utiliza la moderna tecnología para rendir homenaje al precursor de los efectos especiales: Georges Méliès.
“Lo que es asombroso sobre Méliès”, dijo Scorsese en las notas de producción de la cinta, “es que exploró e inventó casi todo lo que hacemos ahora. Está en línea directa con las películas de ciencia-ficción y fantasía de los 30, 40 y 50, hasta lo hecho por Harryhausen, Spielberg, Lucas y James Cameron. Méliès hizo en su estudio lo que hacemos ahora con las computadoras, las pantallas verdes y las cámaras digitales”.
Pero además de ese sentido homenaje a la magia del cine mudo, Scorsese ofrece en La invención de Hugo Cabret la que probablemente sea su percepción sobre el cine: un arte que puede suturar heridas como la pérdida de los padres, del hogar o el olvido. Por algo, el pequeño Hugo es bueno reparado cosas relacionadas con el tiempo.
Es como si Scorsese propusiera que cada individuo tiene su película especial para reparar esas heridas del alma a partir de la magia y el carácter onírico del cine.
De hecho, hacia el final de la cinta, antes de una función de gala de cine, el presentador -que bien podría ser el alter/ego de Scorsese- dice: “ven a soñar conmigo”. Así pues, la invitación está hecha.




