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Federico Vite

Postales del puerto

Postales del ventrílocuo (Ediciones sin nombre 2011, 63 páginas), poemario del acapulqueño Abraham Truxillo en el que la modalidad de su escritura no evoca una causa vanguardista o un canon posmoderno, sino que propicia un estilo para observar el mundo, se retrae a lo propio con los pies en lo ajeno. Escribe desde su reino: el del abordaje, el imperio de lo interior, donde encuentra el pulso de lo cotidiano.
El montaje poético de Truxillo apuesta por versos cortos, poemas hermanados con la prosa para cantarle al recuerdo de la mujer amada, al clavadista esencial de Acapulco, a la zona roja de Amsterdam, a Michel Jackson, a los paseantes entre las sombras de una urbe y, por supuesto, a los protocolos domésticos de quien vive reconociendo el mundo y esas ceremonias ayudan a traducir en poemas breves los paisajes arrancados, a manera de instantáneas, del presente.
Postales del ventrílocuo no es una apuesta por lo inefable, sino una poética de lo rutinario. Truxillo descubre las arrugas de la existencia en los rituales específicos de quien se adhiere al mundo como ajeno. Testimonia, a veces con microscopio, las pulsiones vitales de la mitología personal que agrupa en este volumen. Poemas como Tarzán en la ciudad, Parábola del viejo viejo y Niños son una suerte inusitada de termómetros para gradar la soledad.
Invariablemente
se pone a revisar las fotos
de la semana en su memoria
para sólo conservar un negativo desteñido
que invariablemente
humilla su figura.
Truxillo recurre al uso de la tercera persona para mostrarnos lo deshabitado de los personajes que aparecen en estas páginas, y cambia su perspectiva para darnos cuenta, en primera persona, del eros taciturno que de pronto se yergue en textos como Púrpura o Word o Promesas, del que destaco las siguientes líneas:
en vano busque la función precisa
sobre la tangente de un cuello
la exactitud en el arco de unos hombros como puente
del cual saltar a las caderas
a ese abrazo de bahía cálida […]
fue así que quise volver a ti
como vuelve la luz rendida al hoyo negro.
El poeta registra su paso por geometrías sagradas y en siguientes páginas amplía o, mejor dicho, decanta otros paisajes que también le han cambiado la vida, por ejemplo, Red District, donde su lírica, y su sorpresa, se embelesan con la terrenalidad de Amsterdam, ahí persigue las andanzas de Rembrandt, de Van Gogh y ve cómo Ana Frank depositan su corazón abierto sobre tulipanes. El poeta sueña las estrellas, vialácteas de humo, en la fog ardiente del cigarro en una noche impresionista. Hay alcobas rojas, bicicletas rojas, como los ojos del poeta en la mítica zona roja de Amsterdam. El autor refiere la vivencia de un paraíso artificial y geográfico preciso, un escenario que matizado por el fog ardiente, explica Baudelaire en Paraísos artificiales, hace que los sentidos adquieran una finura y una agudeza extraordinarias; los ojos penetran el infinito y esa es la enseñanza del poeta, su meta: penetrar el infinito.
Truxillo no es un autor posmodernista que remedia el desacuerdo con el mundo, tampoco borda música otoñal en estas páginas ni apuesta por encumbrar el odio ante la soledad. Abre los ojos y adopta escenarios, los interviene, como el refiere en el poema Espejo, asumo la palabra de mi boca/como cincel para delinear las cuevas/las cien caras de mis polígonos latentes.
Si al fin y al cabo la poesía se trata del autoanálisis y la autorepresentatividad, el efecto consecuente es la autoexpresividad y en Abraham esta expresión o canto nace desde la interiorización, una vez que el mundo atraviesa la experiencia íntima, el ritual cotidiano pues. Para ilustrar esto, cito el poema Hiena:
soy la manchada la nocturna
la favorita de Cristo
tercas leonas vienen para insultarme
ven mi cuerpo de arriba abajo
me azotan con sus falsas melenas” […]
Denomina el mundo, renombra en su avizoro particularidades de un hombre que habita una aparente soledad, pero descubre en los objetos, animales y fantasmas de relaciones pasadas la sustancia de la vida, hace hablar, copiando el oficio de ventrílocuo, a lo esencialmente suyo.
Truxillo enfoca con el astrolabio lo que le cautiva para concretar una disección espiritual, lo que detona los motores de su memoria, porque la memoria es la materia del canto. Esa parece ser la tesis que explora en este libro: mostrar el pasaporte emocional, que parafraseando a Pessoa, sería viajar, pero viajar con todo, porque se viaja únicamente cuando se siente y sentir es estar distraído, porque vivir cansa, sentir duele y pensar destruye, decía el portugués. Esos son los ejes por donde transita, a su manera, el poeta Truxillo.

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