Brindan homenaje póstumo a Ernesto de la Peña en el Palacio de Bellas Artes
Jorge Ricardo / Agencia Reforma
Ciudad de México
Quizás nadie había visto llorar a un director de la Academia Mexicana de la Lengua como ayer a Jaime Labastida en el Palacio de Bellas Artes durante el homenaje a Ernesto de la Peña, fallecido el lunes de un paro respiratorio, a la edad de 84 años.
Segundo en el turno, usó 21 adjetivos durante siete minutos para describirlo. De amigo entrañable y hombre insustituible e insólito, a políglota insaciable y especie de dios-niño que jamás conoció el aburrimiento. “Fue un sabio, humilde y sereno (…) El país ha perdido a un hombre insustituible e insólito”. De vez en vez, Labastida pedía perdón por estar llorando.
Nadie pensó que exageraba. El halo de sabiduría sobre Ernesto de la Peña Muñoz se alimentaba de muchas formas. A los tres años escribió su primer verso, a un tranvía que veía por su ventana (“Mis cantos, lamentos en flor: la vida, tristeza, pasión”), a los seis aprendió a leer en griego, después latín, ruso, sánscrito, chino, arameo hasta llegar a 33 idiomas.
Cuando murió había traducido los Evangelios, leído la Biblia en sus tres lenguas originales –hebrero, arameo y griego–, y llegado a la conclusión de que la vida no tenía sentido
“Vivir no tiene sentido –dijo en 2005–, si acaso para mí el único sentido que tiene es vivir el momento ¿Usted cree que Beethoven o Bach sintieron algo porque sabían que estaban haciendo obras geniales? Sintieron desde luego, pero no por eso dejaron de morir, y morir es perderlo todo”.
En 2005 De la Peña presentaba en Bellas Artes Palabras para el desencuentro, un libro que hacía públicos por fin varios de poemas que llevaba años escribiendo. Con Tal vez esto es la muerte, por ejemplo, se tardó 50 años: Así es la muerte:/ una planicie fatigada que se irisa de imágenes/ una gota en la nada,/ un eco sin origen,/ una caída a plomo por el borde del aire.
En el homenaje de ayer no se formaron las largas filas que este año ha habido con las muertes de Chavela Vargas o de Carlos Fuentes. Pero Fuentes en 2005 dijo: “A los 19 o 20 años parecía que Ernesto ya lo sabía todo”. En ese sentido la presidenta del Conaculta, Consuelo Sáizar, recordó a De la Peña como el maestro que varias generaciones de mexicanos tuvieron, incluso sin saberlo. “Se va ahora a poblar con sus palabras y su entrañable presencia el paraíso de la sabiduría”.
Con todos estos reconocimientos era posible mirar la foto de Ernesto de la Peña y encontrar un parecido mayor con esos hombres medio calvos y de barba que se asocian comúnmente con la sabiduría. El catálogo electrónico de bibliotecas de la UNAM arroja 20 resultados. El primero es de 1985. De la Peña aprendía pero no quería publicar hasta que el temblor de ese año le destruyó su casa. Repartida su biblioteca con sus amigos, sumido en la tristeza su mujer, María Luisa Tavernier, lo animó a escribir. Publicó Las Estratagemas de Dios y ganó el Xavier Villaurrutia, el primero de muchos premios, el más reciente en este año, el Internacional Menéndez Pelayo.




