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Jesús Mendoza Zaragoza

Reconstruir el país

La recepción de la presea Sentimientos de la Nación dio la oportunidad al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano para exponer su punto de vista con respecto a la situación del país y a los grandes desafíos que hay que afrontar. En estos términos, habló de la necesidad de reconstruir el país. La autoridad moral que el ingeniero Cárdenas ha acumulado por su congruencia ideológica y política da a su planteamiento una importancia tal que merece ser recogido, ponderado y asimilado.
El contexto de la conmemoración del primer Congreso de Anáhuac es elocuente, puesto que éste fue un evento fundante de la Nación durante la guerra de independencia de México. Allí, en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Chilpancingo, José María Morelos describió en los Sentimientos de la Nación los trazos de un país que se construiría a partir de los valores de la libertad, la equidad y la justicia. A doscientos años, persisten situaciones dolorosas que no han permitido ese país que soñó Morelos y los diputados del primer Congreso de Anáhuac.
Si Morelos hablaba de construir el país, ahora necesitamos plantear su reconstrucción en términos contundentes. Aún reconociendo los logros habidos durante estos dos siglos en los diversos horizontes como el social, el cultural y el político, no podemos admitir que la construcción del país es ya un hecho. Cárdenas habló de las tres últimas décadas de depredación del país a partir de la imposición de un modelo neoliberal en la economía. A esto hay que añadir la descomposición política que ha desvinculado a las instituciones públicas de las necesidades del país y de las necesidades de los pueblos.
¿Qué significa, en nuestro contexto actual, reconstruir al país?
En primer lugar, significa reconocer que tenemos un país sin condiciones para el desarrollo de las personas y de los pueblos. No contamos con la garantía de los derechos humanos, los civiles, los económicos, culturales, sociales y de los pueblos porque el garante –el Estado– no tiene capacidad para hacerlo. Este hecho trastoca las bases mismas del país puesto que manifiesta una situación de crisis del Estado de derecho que propicia condiciones de desigualdad, de pobreza extrema, de injusticia, de violencia y de abusos.
Significa, por otro lado, reconocer que el Estado mexicano no ha funcionado en favor de la Nación, respetando su soberanía. La Nación es una realidad sociocultural que incluye a un pueblo que ha desarrollado un proceso histórico en el marco de un territorio bien determinado y que es anterior al Estado. Este se entiende como subordinado a los intereses de la Nación y no al revés. En México, las instituciones del Estado tienen una dinámica diferente a las necesidades de la Nación porque aquéllas se han vinculado fundamentalmente con las dinámicas del mercado representadas por los grandes consorcios y monopolios, por los organismos bancarios y financieros y por los sectores privilegiados del país.
La violencia y la inseguridad que atraviesan al país y lo han convertido en un verdadero infierno, en palabras de Javier Sicilia, son la expresión más grotesca de la descomposición social y de la ineficacia de las instituciones del Estado. La violencia, que ha causado graves daños al país en general y a cientos de miles de familias en particular, es un claro indicador de las condiciones deficientes del Estado para poder incluir a todos en los beneficios del desarrollo y para proveer de justicia a quienes son agraviados. Con las actuales condiciones, tenemos un país sin futuro, visibilizado ya en la ingobernabilidad de amplias regiones de nuestra geografía nacional.
Reconstruir el país requiere zafarse de esa trampa que lo estropea todo cuando no nos escuchamos ni acogemos a la diversidad de ideas, sensibilidades, posiciones e intereses. La confrontación como método, el enfrentamiento como estrategia, el autoritarismo como estilo de relación han hecho mucho daño al país. Pareciera que la inseguridad permea el pensamiento y la cultura porque construimos trincheras ante posiciones e ideas diversas. Simplemente tenemos que preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué la izquierda se fragmenta cada vez más por la incapacidad de abrir canales de comunicación y de construir puentes? Para reconstruir el país tenemos que abandonar posiciones fundamentalistas, ya de izquierda o de derecha, tenemos que fortalecer una cultura que nos haga capaces de reconocernos todos sin excluir a nadie y menos a los más vulnerables.
Si la reconstrucción que requiere el país implica a las estructuras y a las instituciones, incluidos los cambios culturales necesarios, también implica cambios profundos en las personas, en sus relaciones y en los entornos comunitarios. El tejido social está seriamente lastimado y la sociedad civil no está aún en condiciones de hacer contrapesos al poder de las instituciones públicas, sobre todo cuando tienen dinámicas disolventes y dañinas. Sin la participación de comunidades, grupos, organizaciones y toda clase de espacios colectivos en la base de la sociedad, no puede darse una reconstrucción que se precie de tal porque no cuenta con el ingrediente social que es indispensable.
El gran sujeto de la reconstrucción del país tiene que ser la sociedad civil. Es alentador el hecho de que haya dinámicas sociales en las que ciudadanos y ciudadanas reaccionan constructivamente con su participación para atender asuntos públicos puntuales con gran responsabilidad. Si el interés de la reconstrucción del país está en fortalecer a la sociedad a partir de una concepción del Estado que lo ponga en función de la Nación, tendría que expresarse en la vinculación directa de los gobiernos con las necesidades de los ciudadanos, de las comunidades y de los pueblos.
Esto es lo que deseamos muchos ciudadanos y es el gran desafío de todos.

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