José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Guerrerenses con Barba Jacob
Porfirio Barba Jacob llegó a Chilpancingo en 1933. Lo trajo a dar cátedra en el Colegio del Estado y a editar una revista Alejandro Gómez Maganda, quien fungía como secretario particular del gobernador Gabriel R. Guevara. Sobre su paso por el estado de Guerrero, Barba Jacob escribió un texto titulado Mirajes de Guerrero, que desafortunadamente no pude conseguir ni en la hemeroteca nacional, y en el que es probable que el poeta colombiano aclare algunas cosas o al menos manifieste su sentir sobre esta parte del sur que un día le dio cobijo… y otro lo despidió. En cambio, conseguimos localizar y fotografiar furtivamente los dos artículos que Gómez Maganda dedicó a Barba Jacob en la revista mensual Todo (1971), en la que el político guerrerense era infaltable colaborador. Antes que a Gómez Maganda y a Gabriel R. Guevara, el poeta conoció a otros guerrerenses: el tixtleco Adolfo Cienfuegos y Camus y el acapulqueño Donato G. Alarcón.
Donato G. Alarcón
En El mensajero, el novelista colombiano Fernando Vallejo se refiere a “los eminentes doctores Fernando Rébora y Donato G. Alarcón, neumólogos, tan repetidamente mencionados en las últimas –pobres, tristes, desconsoladas– cartas de Barba Jacob, y que en los treintas y cuarentas y cincuentas, en el oscuro cielo de las dolencias humanas, eran estrellas”… Vallejo relata que, durante la investigación que realizó y que lo llevó a escribir un librote de 450 páginas, encontró que mu-chas personas cercanas a Barba Jacob que quiso entrevistar ya habían muerto. Un día se tropezó con una carta que el doctor Donato G. Alarcón envió a “Foro” del periódico Excélsior, quejándose “amargamente” de que el servicio postal mexicano le había cobrado “como correspondencia de primera lo que en su concepto era de tercera (más barata): el envío de un tratado de neumología, de la cual era autor, a una universidad de Barcelona. En lugar de alegrarse, Vallejo, que no tarda en revelar el origen de su profunda antipatía por el doctor Alarcón, dice que la noticia le cayó “como un balde agua fría”. Se sintió “fantasmal, un espectro en la noche de los muertos vivos. Conque el ilustre doctor vivía, el que dirigía el hospital de tuberculosis de Huipulco en los últimos años del poeta…”, escribe, como si empezara a cobrar una venganza. “Yo lo daba por muerto desde hacía veinte o treinta años y en consecuencia no me había tomado el trabajo de buscarlo.”
La dirección del médico venía en Excélsior, al pie de su queja, y dice Vallejo que “le hablé en el acto. Y le pregunté por Barba Jacob. Sí, vagamente lo recordaba… Yo en cambio a él, al doctor Alarcón, sí que le recordaba, y muy pero muy bien: su negativa obstinada a recibir al poeta en el Hospital de Huipulco alegando que no era mexicano, que estaba muy viejo y que era incurable. Que no era mexicano acepto, Barba Jacob fue en todas partes extranjero…”
Donato G. Alarcón ya era un médico muy destacado cuando (1936) fue designado director del Sanatorio para Tuberculosos de la SSA de Huipulco, donde se mantuvo durante once años. Ante su rotunda negativa, dos de sus alumnos, David Guerra y Gabriel Guerrero, “intervinieron ante su maestro para que aceptara al poeta en su Hospital de Huipulco; y el doctor les contestó que estaba al tanto del caso y que según la ley mexicana no era posible recibir en los hospitales a los enfermos desahuciados.”
Los cuatachos de Barba Jacob se movilizaron, el ministro colombiano Zawadsky le habló a secretarios de Estado, pero ni así fue posible conseguirle tratamiento médico al poeta. Era la época terrible en que Barba Jacob declaraba que cambiaba “toda su obra poética por una cama de hospital”. Escribe el poeta, en una carta: “yo luché también por ingresar a Huipulco, pero su director, el eminente doctor Alarcón, no obstante que había sido mi médico particular, me dio una negativa rotunda, fundándose en estos tres hechos: que soy extranjero, que tengo más de cincuenta años, y que mi enfermedad es de evolución lenta…” Por ahí dice que tiene afectado el pulmón derecho y que “me han tratado los más eminentes especialistas de esta metrópoli, entre ellos el famoso doctor Alarcón, director del hospital de Huipulco. Este médico declaró hace un año que mi mal no era curable ya por ningún recurso terapéutico y que lo único que podía salvarme era la operación llamada ‘apicolisis’; pero tuve informes de que tal operación es tremenda y de que obliga al paciente a permanecer en el lecho a veces hasta un año, inmóvil, boca arriba y sin almohada, pues el menor movimiento causa insoportables dolores”.
Vallejo le leyó lo anterior al doctor Alarcón “para refrescarle la memoria” y el doctor respondió: “Imaginación de poeta”. “Entonces recuerda que sólo vio una vez a Barba Jacob en su consultorio, y que luego éste no entró a Huipulco por no tener que dejar de tomar y fumar. Que la apicolisis no era tan terrible como escribía y que en una semana sus pacientes sometidos a ella estaban fuera de problemas”.
Poco después Vallejo consiguió entrevistar al doctor Rébora, quien aclaró las cosas: le dijo que “en Huipulco sólo se recibía a los enfermos curables, no a los muy avanzados que incluso debían ser operados en otros hospitales. Tal la razón de que el poeta no entrara a Huipulco, y no por ser extranjero”.
Donato G. Alarcón, originario de Acapulco, hijo de chilpancingueño y zumpangueña, era el hermano menor de Alfonso G. Alarcón (nacido en Chilpan-cingo), poeta y desde luego otro médico ilustre de Guerrero. La biblioteca municipal de Acapulco se llama Alfonso G. Alarcón y el nombre de Donato lo llevan el hospital de Ciudad Renacimiento y una calle de Acapulco.
Adolfo Cienfuegos y Camus
Barba Jacob no tiene dinero y anuncia que quiere partir de Cuba, de donde ya había salido unos diez años atrás. Sus amigos juntan dinero para el viaje, pero él se lo gasta “en tres deliciosas francachelas”. Vuelven a reunir dinero pero le designan un tesorero, que le habrá de dar la feria cuando el poeta parta a donde haya de partir. Un 15 de septiembre, “dejando a (su hijo adoptivo) Rafael de rehén en el Hotel Crespo ‘en prueba de que volvería a pagar la cuenta’, en un barco de nombre ignorado se marchó”…
Y volvió a México, del que ocho años antes había sido expulsado por el secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles, por los “virulentos editoriales” (en Cronos) que escribió contra él y su equipo. Esto fue posible gracias a que “las gestiones del embajador mexicano en La Habana Adolfo Cienfuegos y Camus ante la Secretaría de Relaciones Exteriores le abrieron de nuevo las puertas de la república”.
Adolfo Cienfuegos nació en Tixtla en 1889. Maestro distinguido, militar obregonista, diplomático de catego, también escribía poemas, y como embajador de México en Cuba le echó ganas al asunto y gracias a él Barba Jacob pudo volver a México. “Ya en México y años después –señala Vallejo–, Barba Jacob habría de tener elogiosas palabras para ese embajador en sus ‘perifonemas’ de Excélsior”, que de seguro sí están en la hemeroteca.
Ah: ya andaba enfermo Barba Jacob cuando, según un testigo apellidado Servín, “el licenciado Ezequiel Padilla, Secretario de Relaciones Exteriores y hombre riquísimo que hasta llegó a ser poco después presidenciable, pagó el apartamento” de López. Padilla, Octavio Béjar y Manuel Gómez Morín fueron “los últimos generosos protectores del poeta”.
Algo sobre el periodista
Barba Jacob anduvo diciendo poemas y haciendo periodismo en muchos países de América. Sus Perifonemas iniciaron (en el vespertino Últimas Noticias de Excélsior, de las que se le considera fundador) otra forma de hacer crítica política en México y, cuando tuvo que dejar de escribirlas por enfermedad, la columna así llamada fue retomada por Salvador Novo.
“Diez años –apunta Vallejo– me he pasado hurgando bibliotecas y archivos para captar fugaces e inseguros detalles de las gentes y las cosas que fueron: de él. De él, de Barba Jacob, que tenía adivinaciones asombrosas: que previó desde El Espectador de Bogotá el asesinato de Sandino, y desde sus Perifonemas de Últimas Noticias el de Trotsky; que anticipó desde esa misma columna, con lucidez portentosa, lo que iba a ser por décadas el destino de Cuba y Nicaragua, sus sucesivas tiranías… Como augur penetraba las brumas del porvenir.”
Barba Jacob “iba, venía, subía, bajaba, escribía, formaba los encabezados, pedía almuerzos y coñac, eliminó los sociales de la primera plana y los anuncios, modernizó el formato, introdujo el reportaje y la entrevista, los grandes titulares llamativos”… Gracias a su incansable labor El Imparcial se convirtió en el gran diario guatemalteco”. El Imparcial y muchos otros diarios de América Central, el Caribe y México.
Chambeaba duro y talentosamente, presumiendo recursos: el primer número de El Porvenir de Monterrey empieza no por el número uno, sino por el 1001, ya que al redactor responsable, Barba Jacob, se le ocurrió que así el diario adquiría antigüedad. Los problemas venían después, de mano del director o del mero jefe de gobierno del país donde estuviera. En Honduras obtuvo magnífico sueldo y mejor trato del dictador en turno, hasta que éste le pidió que escribiera su biografía, propuesta que el poeta aceptó. El gobernante le sugirió que escribiera sobre él como si lo hiciera sobre Bolívar, lo que a Barba Jacob le pareció exagerado, y los problemas empezaron. Así dejó Honduras. Y por el estilo le ocurrió en Guatemala, en Perú, en El Salvador, en…
Precedido por su buena y mala fama, Barba Jacob llegó a Chilpancingo a realizar una revista: Germinal, como también llamó a otra revista que hizo en Honduras.
Alejandro Gómez Maganda
Dos artículos dedicó Alejandro Gómez Maganda a Barba Jacob en la revista Todo: el primero imita el título de Rafael Heliodoro Valle: El hombre que parecía un caballo. Tras reafirmar que, en efecto, Barba Jacob tenía un perfil equino, Gómez Maganda cuenta que conoció al poeta circunstancialmente, en el despacho de Miguel Medina Hermosilla, y remite a lo que el propio Porfirio escribió sobre dicho encuentro: “Gómez Maganda, quizá porque mucho había oído hablar sobre mi vida pecadora, fijó su mirada en mí, y sólo faltó la contracción de un obturador para que allí hubiese nacido un retrato mío…”
Ya entonces ex gobernador de Guerrero, don Alejandro reconoce la certeza descriptiva del que llama Maestro: “Porque si era verdad que mucho había escuchado por aquí y por allá de su vida anárquica y torturada, no era menos cierto que jamás me hubiese atrevido a calificarla de pecadora, sintiéndome, como me siento, a una distancia estelar de las virtudes teologales. Y alérgico a instituirme inautorizadamente en juez de los ajenos dislates y, consecuentemente, de las flaquezas del prójimo. Toda vez que, ya presentados, ¡le admiraba!, con previo examen de conciencia y firme convicción”.
Gómez Maganda lo describe desgarbado y de febriles ojos, las mejillas hundidas y la piel tan quemada como el alma, dueño “sin embargo”, de una insólita y fluida elocuencia. “Había que verlo entonces –nos hace saber–, con sus largos brazos, tajar el aire al sacudir el bastón de contera metálica. Cruzadas sus huesudas rodillas a más y mejor, transfigurado, lumínico”.
“Y había que escucharle –sigue– entre chasquido y chasquido de su nihilista lengua, disertar con apasionada entrega alrededor de sus tres temas principales: la poesía, la política y el periodismo. Cuando no se enzarzaba el Maestro en una alucinante charla sobre culinaria y todos sus timistiquis inherentes. ‘Porque yo, mi querido amigo, he dedicado un noventa y cinco por ciento de mi talento a la gula y en consecuencia, un cinco por ciento a la poesía’”.
En el próximo Pozole Verde veremos cómo fue que Gómez Maganda jaló a su Maestro a Chilpancingo, y cómo le fue al poeta antioqueño y su “conducta inusitada” en la “recoleta y precaria, estricta y cazurra” ciudad de Chilpancingo.




