José Maclovio Sautto Vallejo
La pesadilla que estamos viviendo y la educación
El pasado jueves me informaron que el alumno de primer ingreso de la Unidad Académica de Ciencias y Teconologías de la Información de la UAG –escuela de la que soy director– Oliver Lorenzo Santibáñez Carbajal, había sido secuestrado y estaban pidiendo 700 mil pesos por su rescate. La última vez que se le vio fue ese mismo día cuando después de comer se despidió de sus amigos y se fue en dirección del centro. Él vivía en La Mira. El domingo me informaron que Oliver apareció en el Servicio Médico Forense, que lo estaban velando y lo enterrarían a las 4 de la tarde.
Solo pude darle el pésame a uno de sus hermanos, y el dolor producido a los padres, hermanos, amigos es difícil de expresar en unas líneas, un dolor que produce dolor a quien lo observa. No es solo el dolor mismo de la muerte, sino también de la impotencia, de no poder hacer nada y de la casi certeza de que no se hará nada por castigar a los responsables.
Llevaron el cuerpo a despedirse de su casa, donde los vecinos dieron muestras de solidaridad. A mí me abrieron una cochera para dejar mi carro, otros llegaron cargando sillas para los dolientes, todos los vecinos con una actitud solidaria.
Lo más fácil es echar culpas a diestra y siniestra. ¿Quién es el responsable? ¿El gobierno municipal del Acapulco, los priistas de diez? ¿El gobierno estatal perredista? ¿El panista gobierno federal? ¿O la famosa coordinación de justicia entre los tres niveles de gobierno? Echar culpas no resuelve el problema.
Esta violencia es la peor cara de la crisis, lo menos que se puede hacer es unir nuestras voces a la del poeta Javier Sicilia y gritar su ya frase célebre “estamos hasta la madre”. Lo menos que podemos hacer es denunciar estos hechos. Pero no podemos quedar tan solo ahí. Hay que entender la crisis y buscar soluciones.
Nunca vamos a salir de esta violencia si no resolvemos la crisis que estamos atravesando, una crisis de valores, de principios, la simulación de ocultar nuestros vicios y errores, nuestros excesos, no solo personales, sino institucionales.
Nuestro sistema educativo (público y privado), deja mucho que desear, nuestra izquierdista universidad, solo de fama, lleva desde los años 80 una política de seguidismo a las políticas oficiales conducida por las principales fuerzas políticas, nuestros partidos políticos de la universidad. Pasamos de la política de puertas abiertas y grupos de 120 alumnos, a las escuelas de programas certificados y grupos de 35 alumnos, escuelas con jardineras bonitas, pero con los mismos maestros y los mismos productos, una alta tasa de egresados desempleados o empleados de taxistas, servidores públicos, sector de servicios, en actividades que nada tienen que ver con sus estudios. Esto es, con o sin estudios de licenciatura estarían donde están, desgraciadamente en precarias condiciones económicas para ellos y sus familias.
Las distintas secretarías –Economía, Sedesol, Sagarpa, Semarnat, etc. y sus correspondientes en el estado– se la pasan con programas de desarrollo, donde el dinero nunca llega a donde debe de llegar y cuando llega, lo hace ordeñado y no alcanza para lo establecido. Pero eso sí, cuando hacemos evaluaciones todo sale muy bien. Y cuando hay evaluaciones externas, internacionales todo sale muy mal, como la famosa prueba ENLACE. Pareciera que vamos en caída libre y la mejor solución, propuesta por la izquierda es que no se haga la prueba.
Cuando nos evalúan nuestra actividad docente, hay como 200 puntos de evaluación, que el temario, apuntes, traducciones, cursos extraclases, asistencia a congresos, etc. Pero no hay ningún criterio donde se evalúe a nuestros alumnos sobre los cursos que impartimos y se demuestre qué aprendieron o para no ofender a los educólogos del oficialismo, si alcanzaron las competencias establecidas en nuestros programas. Eso no se evalúa, y ni siquiera se plantea hacerlo.
De los programas de nuestras secretarías, nos informan del número de proyectos apoyados, pero no dicen cuántos de ellos fueron exitosos y cuántos fracasaron; y, lo más importante, las causas del fracaso y las experiencias de éxito.
Mientras no resolvamos estos problemas de fondo, poco o nada podremos hacer para solucionar este clima de violencia e inseguridad que nos consume a todos.
Mi más sentido pésame a todas las familias mexicanas, que como a la de Oliver, han sido víctimas de esta pesadilla que estamos viviendo.




